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El faenón de Julio Robles

Joaquín Vidal

Crónica  publicada en “El País” en 11 de julio de 1986

Toros de Cebada Gago / José María Manzanares, Julio Robles y Luis Francisco Esplá. Plaza de toros de Pamplona 10 de julio de 1986.

PAMPLONA-. Julio Robles se sacudió la desgana que a veces le deprime y toreó como los ángeles. No pone cara de ángel Julio Robles -las cosas como son- pero el toreo sí le sale de tan celestial guisa cuando la inspiración le llega al alma. A su primero le cuajó una faena de técnica depurada, embarcando la pronta y larga embestida. Al quinto le lanceó a la verónica con primor, ganando terreno, y luego le hizo el faenón.

Julio Robles, en Diario de Navarra

Julio Robles, Foto: Diario de Navarra

Cómo pasó del toreo bueno a la faena grande, podría explicarse por la calidad extraordinaria del toro, desde luego, aunque algo más debió haber. Quizá las motivaciones sean astrales, y entonces no cabrían explicaciones. El caso es que la faena fue faenón. La empezó torerísima, por ayudados hondos, y la siguió por naturales y redondos.

No es nuevo: los naturales y redondos son materia prima de cualquier faena. Sin embargo, Robles redescubría estos pases fundamentales, los ennoblecía, y hasta los interpretaba en distintas versiones, ora la suerte cargada, ora abierto el compás -que no es lo mismo-, ora juntas las zapatillas. Abrochaba las tandas con los de pecho, ceñidos, echándose todo el toro por delante. Y las ligaba. Julio Robles, en vena de inspiración astral, lo ligaba todo, incluso los muletazos de recurso y adorno.

El triunfo llegó a ser de escándalo. Hubo pasajes del faenón que provocaron el delirio. Los mozos de las peñas suspendían el yantar para corear olés, y algunos se quedaban petrificados de asombro, sin advertir que les escurría mansamente el aceitillo del ajoarriero por la sotabarba, cuando el diestro astral desgranaba fuljentes perlas toreras. Finalmente hubo triunfo, mas no de escándalo, porque el diestro se obstinó en matar mal, o los embrujos siderales le abandonaron en la suerte suprema. Claro que su toreo, el faenón, las desgranadas perlas, ahí quedaron, para la historia buena de les sanfermines.

Las peñas merendaron ayer por etapas, pues cuando salía Esplá le aclamaban. Esplá es ídolo entre el mocerío sanferminero. Alternando rítmicamente gritos y palmas, coreaban: “!Esplá, plas, plas, plas!”, y así cada vez que se iba al toro. Al primero lo banderilleó con gran tramoya y escaso acierto: en tres entradas sólo prendió dos palos. Se desquitó reuniendo por los adentros, pegado a tablas, y allí fue el apoteosis. Esta suerte, de enorme emoción, la repitió dos veces en el sexto, y puso al público en pie. Su primera faena, que inició sentado en el estribo, estuvo correctamente construida si bien le faltaba arte. La del sexto resultó encimista, reiterativa, vulgar e interminable. Además mató mal. Lo que no fue obstáculo para que las peñas repitieran lo de “!Esplá plas, plas, plas!”.

En la corrida del faenón astral, hubo antitoreo pedestre, a cargo de Manzanares. Fiel a su estilo, al primer toro lo toreó al revés. Ya se sabe: tumbado, la suerte descargada. Como el cuarto se le coló de terrible manera, optó por trastea breve y aguantar la bronca. Y se produjo virulenta a pesar de que, a esa hora, público de sol y sombra, unidos por una causa común, un sublime ideario, atacaban apasionadamente perolas de magras con tomate, bocadillos de lomo ilustrados con pimientos del piquillo, lo que cayera, y le daban a la bota amorosos tientos. Gracias a la merendola y al faenón de Robles, la corrida sanferminera de ayer fue una felicidad.

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