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Un toro fuerte, pero manso

Juan Posada

Diario de Navarra domingo 12 julio 1987

Un toro manso, pero fuerte, equivocó ayer a parte de la parroquia que llenaba la plaza de toros en la quinta corrida de feria. Admiraciones y estupores causó la reacción del segundo burel de Pablo Romero que sembró el desconcierto en el ruedo nada más aparecer. Miró desafiante a los tendidos y en cuanto tuvo ocasión saltó limpiamente la barrera por la parte del tendido uno. La siguiente escapada a lo que él creía el camino de la dehesa, le costó una tremenda costalada, lo que divirtió a gran parte del público. Hasta ahí la cosa iba por la parte risueña. Pero luego vino la trágica. Súbitamente se arrancó con la energía que le propulsaba sus quinientos cincuenta y un kilos, como un tren al picador, Manuel Cid, que hacía puerta en los terrenos de chiqueros. El topetazo fue estruendoso y la caída del piquero, espectacular.

Derribo de Chivito a Manuel Cid (M. Castell)

Derribo de Chivito a Manuel Cid (M. Castell)

Parecía que estábamos ante un toro muy bravo, potente y fiero al aguantar a segunda vara con cierto estilo, aunque al final cantara la gallina y amagara huida mansa. La tercera embestida, ya sin control, fue de parte a parte del ruedo contra el caballo montado por Victoriano Cáneva que derribó hiriendo de gravedad al montado. Salió suelto del puyazo y también en las dos o tres entradas siguientes. Por tanto su comportamiento fue de manso y así hay que catalogarlo, por mucha fuerza que desarrollara y a pesar de lo veloz que se arrancaba a los picadores. Pero la bravura consiste, no sólo en arrancarse vivo, sino quedarse en a pelea, cosa que el de Pablo Romero no hizo.

Parte del público se puso de parte del animal, supongo que solidarizándose con su demostración de fuerza y, en ocasiones, su fiereza mansa. Pero, repito, eso no es bravura. Comprendo la reacción de la gente al admirar la semivalentía del toro y más al estar un tanto harto de ver que durante toda la feria las reses lidiadas no habían apenas hecho demostración de bravura ni de energía. Por tanto, es plausible el arrojo del animal que, aunque huía al sentirse castigado volvía a repetir la aventura. Al fin y al cabo protagonizó un espectáculo vibrante que enardeció y amedrantó a muchos y a la postre divirtió a los presentes. No es corriente presenciar en estos tiempos derribos aparatosos de caballos y caballeros. Al fin y al cabo eso forma parte del espectáculo…

La acción de este toro sirvió para que el público volviera a respetar a los toreros, ya que por lo sucedido estos días pasados estaba perdiéndoles tal estimación. No hay mal que por bien no venga…

El matador Luis Francisco Esplá no quiso banderillearlo e hizo mal, aunque la estimación hacia él se mantuvo. Buena prueba de ello es que los muchachos de sol amonestaron duramente a uno que tiró un bote de cerveza, que pasó rozándole la cara al diestro alicantino y también se volvieron airados contra unos desalmados que, mientras todos aplaudían, arrojó al picador Manuel Cid -que se había portado valientemente- objetos contundentes. Un diez para las peñas que supieron entender el peligro que hubo en el ruedo y la gallardía con que se comportaron los dos piqueros, Cid y el herido Cáneva.

Fue también fuerte y reiteradamente aplaudido el toro cuando se resistía a morir. Agonía dura y rasgada la que mantuvo el animal que provocó la admiración de los espectadores enardecidos por el ardor de lo sucedido en el redondel que, aunque no fue bello ni artístico, sí tuvo garra y fuerza. Al fin y al cabo la fiesta de toros no sólo es composición, ritmo y estética, sino también rudeza, fuerza, riesgo, peligro, muerte y miedo. El respetable recordó sus ancestros, vibró ante el peligro, se emocionó ante la tragedia de la cogida del varilarguero y se conmovió al presenciar la dureza del toro a entregarse a la muerte. Lo que más me extrañó fue que a Lucio Sandín, que estuvo muy bien en el quinto toro: valiente, generoso y con muchas ganas de agradar, pocos se levantaron a aplaudirle al finalizar la buena faena que instrumentó al tercero de a tarde, mansote y poco apto para el toreo preciosista. Ahí falló el respetable. Quizá las merienda tuviera la culpa, pero tampoco fueron justos con el hombre…

En definitiva, un toro manso, pero fuerte y, digamos constante, sacó de la sensación del aburrimiento al público pamplonés. Al fin y al cabo de eso se trata: de entretener, emocionare, incluso, atemorizar al personal. Al menos ayer en la plaza durante veinte minutos hubo tensión, espectáculo y, desgraciada mente, sangre, que a pesar de todo es otro de los alicientes de esta fiesta nuestra, cruenta, pero no cruel, que sólo entendemos y sentimos nosotros.

Para bien o para mal. Pero así es. Y si no que se lo digan a los navarricos que hoy correrán el encierro. También se juegan la vida y también admiran al toro, como ayer al segundo de la tarde, manso, pero a ratos, valiente. ¿Cómo se entiende esto?

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