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Los toros con personalidad merecen todo nuestro respeto

Carlos Polite

Publicada en Diario de Noticias el 13 de julio de 2003

Toros de Dolores Aguirre para Alfonso Romero, Eduardo Dávila Miura y Antón Cortés

DOÑA Dolores Aguirre Ybarra pasará a la historia engrosando la noble nómina de ganaderas que a lo largo del devenir de la tauromaquia han dejado su impronta de impenitentes aficionadas compitiendo en un mundo controlado por el género de macho ibérico. Mujeres como Dolores Monje y Tomasa Escribano que dieron lustre a la casta Murube, Concepción de la Concha y Sierra que ennobleció la sangre vazqueña y mereció el respeto de por vida de Juan Belmonte, que cuando pasaba delante del portal de la casa de la ganadera, se destocaba el sombrero en señal de admiración. Esto es solamente un mínimo muestrario del poderío femenino en la crianza del toro de lidia. En la actualidad existen varias vacadas que se anuncian en los carteles con sonoros nombres femeninos, pero la criadora por definición es una mujer de Bilbao que se educó en sus años jóvenes en nuestra ciudad y de la que atesora recuerdos subliminales. Atiende por Dolores Aguirre Ybarra y es propietaria de una finca magnífica en el pueblo sevillano de Constantina. En aquel paraíso la ganadera ha vertebrado una vacada de acusada personalidad a partir de materia prima oriunda de Atanasio Fernández, reforzada después con sementales de la sangre original del Conde de la Corte.

Dávila Miura con Comadroso (Mercedes Irujo)

Dávila Miura con Comadroso (Mercedes Irujo)

La ganadera engrosa en la actualidad la nómina de los denominados hierros duros, léase aquello que los que se autoproclaman figuras no desean ver ni en retrato. Les recomendaría un gesto de cuando en vez para que toros como Cigarrero y Cubatisto no fueran desgraciados por matatoros como Alfonso Romero. El lote lidiado en la tarde de ayer fue el muestrario completo de la amplia gama de actitudes que el toro de lidia es capaz de desarrollar en el devenir de la misma. La gama incluyó posturas de bravura indómita, ataques fieros a los siniestros alanceadores sobre penco de raza no traccionadora y tan letales como  una banda de marines en pie de guerra. Así mismo alguien cantó la gallina y se rajó como un cobarde, pero procuró en todo momento desbaratar el ánimo de todo el lote de a pie, sabedor de que el encastado burel retenía en la memoria hasta el DNI de sus despavoridos enemigos. Incluyo también la puesta en escena de cazador al acecho en cuanto se observaba el mínimo error en las distancias y en los terrenos. Todo el sexteto necesitó toreros recios y con recursos, pero para decepción de la ganadera, de sus muchachos y de todo el coro multitudinario solamente un torero fue capaz de demostrar su valía.

Hablamos de Eduardo Dávila Miura, nieto del difunto mito de Zahariche don Eduardo Miura Fernández. El torero está educado en la reciedumbre campera de su familia y su toreo es una consecuencia directa de tal escuela. A Dávila no le exijan actitudes banales ni concesión alguna a la galería. Tiene como norma fundamental atornillar los pies en la arena, una vez tomada la distancia y el terreno correctos. Adelanta la muleta, pega el tirón y espera la embestida del burel impertérrito e intentando templar en todo momento el lance. Al intentar ligar las series, constriñe el terreno y sabe rematar con pases de pecho profundos de hombro a hombro. No es un torero angélico, ni puñetera falta que le hace. Suple ciertas carencias estéticas con entrega de torero bravo y de una honradez presumo que congénita. Uno de los deseos de Eduardo Dávila Miura era un triunfo redondo en los Sanfermines. Creo que se lo mereció porque la lidia que adecuó tanto a Comadroso y Pitillito fue la más adecuada a la vista de las características absolutamente antagónicas de sus dos antagonistas. Además se tiró detrás de la espada como un misil y despenó con galanura, aunque la tardanza en doblar de Pitillito le privó de una oreja que hubiera supuesto la salida a hombros por la puerta del encierro.l torero manchego Antón Cortés con sangre gitana en sus venas sólo consiguió mostrarnos pequeñas pinceladas del toreo que atesora. Su lote se lo comió con papas y sin adobo.
Alfonso Romero también se vistió de luces.

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