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La buena mano de Dávila Miura

ZABALA DE LA SERNA,  publicado en ABC el 13-7-2003

Toros de Dolores Aguirre para Eduardo Dávila Miura, Alfonso Romero y Antón Cortés

La buena mano de Dávila Miura en los sorteos se correspondió esta vez con su buena mano en el hacer en el ruedo, que le situó a un tris de la puerta grande. La vida es suerte y saber aprovecharla, porque si la fortuna te pone en el camino un toro como el primero también hay que estar, cuando menos, con la cabeza y disposición de Eduardo Dávila, que supo trenzar una faena que creció conforme el atanasio de Dolores Aguirre se embebía tras los vuelos de la muleta mandona del torero.

«Comadroso», largo como un tren, negro y cornidelantero, respondió a la actitud fría de su encaste en los tercios previos, y, aunque empujó en una vara, terminó por soltarse del caballo, como en la siguiente. Todavía en los albores del muleteo le faltaba calentarse, y del planteamiento de rodillas en el tercio se escupió hacia toriles. Dávila se fue hasta allí, le enseñó la tela y el camino en unos derechazos aún de ajuste y se lo llevó a los medios. Desde entonces el astado sólo vio el paño rojo, que seguía con tranco y ritmo notables, humillado y fijo. Hubo generosidad en la distancia, dos pases de pecho de pitón a rabo, reciedumbre en los redondos, dominio en los naturales, tremendamente largos, con la figura muy hundida y atornillada en la arena y la mano baja, pero con un ceñimiento escaso que le resta emoción. Desbordaba nobleza el doloresaguirre por los cuatro costados, que no paró de repetir y obedecer a todos los cites, sin una mala mirada, ni en el circular invertido de epílogo que lo exprimió. Un pinchazo y una estocada muy tendida, de efectos retardados, la justa oreja y la más que merecida ovación a la bestia en el arrastre.

Dávila no levantó el pie del acelerador en el cuarto, que arrolló en el segundo par a Joselito Rus, que se había apretado valiente el fuerte arreón; las heridas, afortunadamente, se quedaron en puntazos, a pesar de la aparatosidad del percance. El matador sevillano se la dejó siempre puesta al toro, que desprendía mejor estilo a izquierdas. Verlo le costó al torero, que regresó absurdamente al pitón derecho tras un breve paso al natural en el que luego, con acierto, abundó. Al mérito de la faena se sumó la estocada cabal en la mismísima boca de riego; fue una pena que la tardanza de la muerte -el acero se hundió un poco pasado de la cruz- necesitase del verduguillo. El premio de la vuelta al ruedo tras una petición estimable esbozó cierto sinsabor en la sonrisa de Miura, que sabía haber puesto todo de su parte, hasta sus propios límites.

A todo esto, la corrida de Dolores Aguirre permitió estar, se dejó hacer bastante más de lo esperado y no se comía a nadie por delante. Pero Alfonso Romero, que sabe torear, no quiere batallas y, a lo peor, tampoco torear. El segundo, sin ser el que estrenó la tarde, ofrecía un lado derecho óptimo, aun sin romper por abajo. Romero pintó tres verónicas y media, unas dobladas y se parapetó en una técnica defensiva que continuó con el quinto, el más armado del sexteto, que se desplazó en los capotes, un tanto alocado, y que se estrelló en la muleta del pelirrojo murciano con constantes toques de expulsión. El personal se mosqueó ante su falta de ambición y poca sangre.

A Antón Cortés no le embiste un toro por derecho desde el día de su confirmación. Su lote fue el peor, desde el más recortado y rebotado tercero, al rajado y entablerado sexto, que se tragó un par de series diestras y punto. Merece otra suerte, que hablando de ella arrancamos.

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