Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Legítimo triunfo a la pamplonesa de Padilla, con una miurada de bandera

ZABALA DE LA SERNA,          Publicado en ABC el 14-7-2003

Toros de MIURA, para Estephàne Fernández Meca, Juan José Padilla y Ángel Gómez Escorial

PAMPLONA-. Todavía con el corazón en la boca y el alma en vilo por la estocada a cuerpo limpio de Gómez Escorial al pavoroso último miura de la tarde. Calló la plaza al unísono, sombra y sol, público y peñas, todos sin aliento. O loco o lo suficientemente cuerdo y encastado como para saber que la única forma de que ahora se hable de él era ésa, colgarse entre los pitones terribles para no pasar sin huella, sin nada. O sólo con un par de largas a portagayola en el esportón de la memoria.

Gómez Escorial entrando a matar sin muleta

Gómez Escorial entrando a matar sin muleta

El miura éste fue el único que se acordó de sus antepasados de negra leyenda y sangre en un conjunto notabilísimo, con dos toros, segundo y quinto, de alta categoría, con los que Juan José Padilla cargó las baterías de un triunfo legítimo, a la pamplonesa, de bullicio y algarada. Confraternizó con la personalidad de Pamplona y su idiosincrasia de fiesta, muy dispuesto y revolucionado. La calidad corrió a cargo de su lote, madera propicia para prender la llama de los tendidos, que conectaron con sus gestos, aspavientos y muecas, a veces obscenos, embutido en ese vestido rosa sedoso y sin apenas oro. Torear, lo que se dice torear, mejor en el quinto, más asentado, corriendo la mano, con más pausa y temple; la faena al anterior, más historiada e histriónica, embalada desde el tercio de banderillas, molinillo y violín incluidos y vendidos a la masa, enfervorizada y rendida al canto de «Illa, illa, illa, Padilla maravilla», un viejo recuerdo para los madridistas que coreábamos en el Bernabéu «Illa,illa, illa, Juanito maravilla», cuando en Chamartín imperaba el espíritu de la pasión y no el frío de un escaparate de tienda de camisetas.

Tres largas cambiadas de rodillas tiradas al quinto, un tren colorado y chorreado (atigrado, para los profanos). Y Padilla más en Ciclón de Jerez que nunca, con excesivo peonaje por todos los lados en el segundo tercio y un brindis a los mulilleros, que habían esperado en el segundo una eternidad por si caía la segunda oreja que se quedó en el bolsillo del presidente, nada contagiado del ambiente. A mitad de obra ya los derechazos se sucedían mirando al gentío, para que no se desinflase la cosa. Y las manoletinas. Y otra vez una resolutiva estocada y de nuevo el palco sobrio y en su sitio. ¿O no? Porque en Pamplona actuaciones así se recompensaron siempre con generosidad. Juan José Padilla paseó el justo trofeo que lo izaba en hombros en dos vueltas al ruedo.

Fernández Meca se frenó en una actuación aburridísima. No pasó de ahí. Terriblemente espeso con el miura que inauguró la corrida, que se dejaba a media altura mientras el francés parecía descargar una camión de pacas de paja, en un esfuerzo continuo y larguísimo, como si enfrente se hallase una fiera inmunda. Aquello pareció no tener fin, aunque, gracias a Dios, todo llega. Tampoco mejoró su imagen con el cuarto, de mayor motor y la agilidad de cuello que caracteriza a los hijos de Zahariche. Nada que no fuese imposible.

Escorial se tapó con el gesto de despedida. Tuvo más opciones con el tercero, que lo volteó absurdamente al entrar a matar a toro arrancado, aprovechando el viaje. Todo quedó redimido con la machada posterior, machada de verdad y no como la de los cobardes malnacidos que pretendieron volar ayer el hotel Maisonnave y teñir de muerte los sanos y alegres Sanfermines, donde los navarros demuestran su casta diferente y noble, que no cabe en ningún proyecto que no sea el de la Navarra foral y española de siempre.

Be Sociable, Share!
Etiquetas: , , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *