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Jandilla, la corrida del año

ZABALA DE LA SERNA/   Publicada en ABC el 13-7-2004

Toros de Jandilla para, Dávila Miura, Miguel Abellán y Matía Tejela. Plaza de toros de Pamplona 12 julio 2004

PAMPLONA. La corrida de Jandilla que sembró de caos y dolor el recorrido del encierro reivindicó el triunfo del toro bravo por la tarde. ¡Qué corrida! Probablemente la del año, seguro que la mejor de la feria. Es difícil que se reúnan tantas y tantas virtudes que saquen de la confusión a cuantos titubean sobre lo que es la buena casta y la bravura. Borja Domecq se erigió ayer en mago de la alquimia y los secretos fantásticos de un animal único en el mundo cuando responde a su génesis. A la postre el triunfo del toro es el triunfo de la Fiesta, la gloria de los toreros.

Eduardo Dávila Miura con el de Jandilla

Eduardo Dávila Miura con el de Jandilla

Los jandillas descolgaban con todo su trapío y con toda su nobleza, empuje, movilidad, recorrido y entrega, sí, ¡entrega! La codicia que persigue la muleta hasta el fin con el hocico por los suelos, con su peso en las embestidas, con la seriedad de fondo y formas, como el primero, un inmenso y musculado jabonero que por el pitón derecho quería el poder que Dávila Miura le otorgaba con tersura y mando, o como el templado y franco quinto, de exquisita calidad y justificada vuelta al ruedo en el arrastre, o como el cuarto, otro ejemplar de nota alta. Digo tres sin olvidar al descarado sexto o al facilón segundo, que entre todos hicieron olvidar al tercero, el garbanzo negro, pero que tampoco se paró ni aburrió con sus muchos pies y aviesas ideas. Cinco orejas se cortaron y podían haber sido más o al menos las mismas aunque repartidas de otra manera.

Por ejemplo, la faena inaugural de Dávila se perdió en una larga agonía.Pinchazo y estocada para una obra importante como importante era el jandilla. Tal vez el frío panorama del principio de la tarde… Se desquitó el recio sevillano con el cuarto, generoso como siempre con sus enemigos. Se fue lejos con la muleta en la izquierda, aunque la izquierda no era para tan temprano, y tras una serie enganchada le enjaretó tres tandas de larguísimos derechazos, alguno de ellos hasta formar el redondo completo con dos pases de pecho, uno por cada mano, monumentales; a izquierdas el toro soltaba un pequeño derrote al final de cada muletazo, aunque Eduardo lo templó más. El final se disolvió un tanto en unos quereres de circulares. Pero la estocada trasera fue fulminante.

A Miguel Abellán ya tenía ganas de que le recompensase la suerte lo que le negó en San Isidro y Beneficencia, aunque esto no fue la suerte. Sin lograr las cotas de mayo, tocó los resortes necesarios para desorejar a su último cartucho: una tanda de redondos de rodillas estrenó una labor que siguió con muchos metros de concesión para que el jandilla galopase y torearlo ligado y firme. En mitad de faena otra vez se hincó de hinojos, tocando los palos que suben aquí por la solanera. Oficio y listeza. La zurda ahondó poco en las calidades del gran jandilla, grande en todos los sentidos (625 kilos, para que luego digan). Los naturales venteños no se repitieron, mas esto es para listos y los molinetes y adornos varios se sucedieron con el consiguiente desboque de los tendidos. Compensó la oreja que podía haber logrado del noblote anterior, que quizá hubiese necesitado más los medios.

Tejela se comió el mencionado garbanzo negro. Feo, mal hecho, complicado, trajo a la cuadrilla de cabeza y al propio matador. Me reitero sobre lo escrito fechas atrás: se ha olvidado el verbo quebrar, romper, quebrantar. Se desquitó a última hora en una faena prácticamente basada entera al natural, en esa mano y en esa muñeca izquierda que posee, un don para aprovecharlo más todavía, para atemperarlo. Arreó en los molinetes de rodillas postreros para seguir la estela de sus compañeros. Hay que ahondar, hay que ahondar, porque usted tiene la moneda. Por si se le olvida.

Ni un alma se movió de su localidad hasta que Dávila, Abellán y el mayoral cabalgaron a través de la puerta grande. Y es que cuando la emoción y el interés inundan el ruedo Pamplona sabe volcarse.

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