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Castella, herido de grave, héroe imperturbable y triunfante

Barquerito

Pamplona, 11 jul.  (COLPISA)

Rara corrida de Osborne con un quinto toro complicado y a la defensiva, que pegó una cornada al torero de Béziers. Oscuro El Fandi. Más firmeza que ideas de César Jiménez

Seis toros de Osborne. Corrida de variada y rara traza. Muy en tipo clásico de la ganadería primero y tercero, pero sólo esos dos. Tercero, cuarto y sexto se emplearon y dieron juego. El quinto se defendió mucho. El primero no dejó de enredar pero sin asiento. Se paró el segundo.

El Fandi, silencio en los dos. Sebastián Castella, saludos y una oreja tras un aviso. Herido grave por el quinto que le pegó en el muslo derecho una cornada de 20 cms. César Jiménez, saludos tras un aviso y palmas.

Pamplona. 7ª de feria. Lleno. Nublado, templado, algo ventoso.

SEBASTIÁN Castella estuvo en Pamplona firme, terco, impávido. Un derroche de su primera virtud: un valor metálico, hierático, extenuante, sordo, seco. Pagó Castella con una cornada. Se la pegó el quinto de corrida. El primero de los dos toros de Osborne que vino Castella a matar se le paró demasiado pronto. Una parada de mal estilo. El toro se amagaba al frenarse, se apoyaba en las manos y cabeceaba. Terminó pegando gañafones. Plantado en seco, dejó de pasar. Castella no se cansó de estar con él. Puesto, colocado. No encima. No el mero arrimón convencional. Hubo espacio suficiente para el toro, que salió pepino. Veleto como lo clásico de Osborne, de poderoso cuello pero embastecido, mínimas sienes, distraído, escarbador, cobardón. La seria firmeza de Castella se tuvo en cuenta. El eco del arranque de faena duró hasta el arrastre de tan ingrato toro.

El arranque fue el habitual en tantas faenas de Castella. Torero atornillado en el platillo, toro en tablas y provocado desde la distancia, pase cambiado por la espalda de ajuste inverosímil y una madeja de cuatro pases más sin perder posición. El toro empezó a pararse y pensárselo en el quinto embroque. Al décimo pidió la cuenta. En el forcejeo no se vio a Castella ni temblar. Ya en el recibo de capa le había sacado los brazos al toro. Y bajado las manos a compás pese a que no fueron viajes ciertos. En un quite tras vara de blandearse y escupirse el toro, Castella se estrechó en un quite deshilvanado por chicuelinas.

El toro que le hirió tuvo rara pinta y destartaladas hechuras. Flacón, alto de cruz, estrecho, largo, de amplia caja y carnes colgadas. Badanudo. Berrendo en castaño, pero sólo castaños los lunares. Aparejadas las manchas y las motas casi en simetría. Fue toro capirote. La pinta de la cabeza, sarda. Podría haber sido un bello toro con tanto color. Pese a su estirpe de línea Veragua tan marcada en la piel, el toro se dio un aire de cabestro. Un toro acabestrado. De antigua traza. Salió manso. Trastabillado o rebrincado, desparramó mucho la vista. Fue mucho más violento de lo que parecía sentirse. El cuello largo le sirvió de gaita con que atizar.

Castella se empeñó con él. Abrió faena en el estribo y el toro se le echó encima acostándose. En los medios estaba Castella al quinto muletazo. Puesto y dispuesto: cruzado, encajado, vertical. Como soplaba viento, se ayudó de la espada en una primera tanda de tres con la izquierda. En el muletazo de remate, el toro protestó y se puso a la defensiva. Cabra o cabestro. Porque enseguida volvió a tomar la muleta a saltos, a media altura la cara y renegando. Esta vez, por la otra mano. Cuando Castella remataba con el cambiado y por el mismo pitón, el toro le pegó un gaitazo feroz y con él una cornada que despidió al torero y lo hizo rodar. En un suspiro llegaron al quite hasta siete hombres. No se movió el toro de su plaza. Ni siquiera se dolió Castella, que mandó taparse a todo el mundo antes de volver a ponerse en el mismo sitio y en actitud idéntica. Formidable sangre fría.

Castella cojeaba. El boquete en la taleguilla a la altura de los machos se veía desde cualquier parte. La porfía, también. Imperturbable el torero de Béziers, cara a cara en los medios. El toro punteaba y cabeceaba con estilo no agresivo sino todo lo contrario. Se estaba defendiendo. Le pudo Castella, lo sometió. Lo obligó en dos circulares invertidos aunque incompletos. Se estuvo mascando una segunda cornada mientras el manejo del toro se estiraba sin verse su fin. Todos nerviosos, menos Castella, que parecía no tener prisa. Una estocada desprendida al fin. Sin puntilla el toro. Cuando tuvo la oreja en la mano, una oreja de pelo castaño, Castella la blandió con orgullo. No pudo dar la vuelta. Cruzó el ruedo de punta a punta y entró por su pie en la enfermería. La ovación fue de las de caerse la plaza.

Hacía más de diez años que no lidiaba Osborne en sanfermines. Notables los cambios de entonces acá. Aparte de las dos prendas del lote de Castella, y además de un primero de corrida que fue culo de mal asiento, saltaron tres toros potables: los dos de César Jiménez y el segundo de El Fandi. César estuvo especialmente entregado con el último de corrida, un pajarraco con cabeza de camargués. Paso y vuelto de pitones. Igual de flaco y alto que el que acababa de mandar a Castella al hoyo. Pero éste tuvo recorrido y tranco, atendió por las dos manos, dejó estar. Arrollaba hacia querencia, se salía algo suelto. César se acopló con él, metió los riñones, anduvo firme, dibujó con calma. A la faena le faltó unidad. Le sobraron los rodillazos. El fondo serio pesó menos de lo debido. Con el tercero de corrida, que fue el que mejores cosas hizo en estilo Osborne -humillar, descolgar y obedecer-, a César le costó resolver y tomar un rumbo. Firme, decidido el torero. Pero al hilo, aprovechoncete. Larguísima la faena porque no tocaba ni techo ni fondo. El Fandi se escondió más de la cuenta con el cuarto, que, con las fuerzas justas y apagada nobleza, se dejó. Pero si no veía la muleta puesta, no venía. Con el primero de la tarde no se le ocurrió a El Fandi casi nada. No hubo jaleo ni en banderillas.

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