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Pamplona, o sea Hollywood, Barquerito

Barquerito

“Aplausos” nº 1503, 17 de julio de 2006

Se anunciaron veinticuatro toreros en San Fermín. Todos a una. A una sola corrida cada uno de los veinticuatro. ¿Café para todos? Casi. La buena, la corrida -buena de este año ha sido la de Cebada Gago. Una bondad no mansa que es lo difícil. Combinar y equilibrar bravura y bondad fue en su momento el sueño del ganadero moderno. Pero al día siguiente de la corrida Don Salvador Cebada dijo en radios, televisiones y periódicos de Pamplona que tanta bondad le empalagaba un poco y que él quiere más. Una de las muchas cosas buenas de Pamplona es que nadie se esconde. Ni Cebada para decir que prefiere que los perros muerdan y no sólo ladren. O así.

Cartel de la Feria del Toro 2006 (César Oroz)

Cartel de la Feria del Toro 2006 (César Oroz)

Todo fluye en Pamplona durante ocho días como inmensa verbena. Un tobogán. Fluido incesante, tumultuoso, voraz: los toros que corren el encierro como el humo del disparo del cohete que se libra y espanta; los que corren por delante de los toros, o entre ellos o por detrás o donde se quepa; los que los corrieron y ya no pueden. Los que los ven lo cuentan o recuerdan. Un chorro de hechos y palabras que dura el tiempo preciso. El ritmo es trepidante. Poco más de la semana. Una maravilla esa feria.
No hay otra parecida. Hay una afición rotunda, brusca, imperativa. Y hay masa. Como en cualquier plaza de toros.

Masa de insólita textura: las masas entonan en Pamplona y en plena corrida cantatas de Bach. No tanto. Coros que parecen ensayados, unánimes, templados. Orquestas y orfeones. Fondo de bombos, un sonoro motor. Son los pulmones de veinte mil personas. Casi todas con pañuelo rojo anudado al cuello. Para que no se enfríen las gargantas. “Canten, canten, los hombres también…”.
La fanfarria de Telemann justo antes del paseíllo. Diez mil cantores en pie. El himno de Osasuna, el vals de Astráin, un corrido mexicano y por tanto melancólico (“El Rey, pero sigo siendo el rey…”). La Chica Yeyé sin edad. Loco, me estás volviendo loco. Batucadas de compás carioca bien logrado. Versiones orquestadas de bandas sonoras de la meca de Hollywood. O de una marcha de moros y cristianos de las fiestas de Crevillente que se llama Paquito el Chocolatero y que sigue siendo el rey. Ahora se toca en banderillas en el quinto toro. ¿Por qué? Ni idea.

Son inescrutables los designios de la peñas de sol. Una sólo aparente anarquía: Coro y orquesta singulares. La distinción también. Su fragor de fondo. Como de temblor de tierra. Fernando Cruz, nuevo en Pamplona este año, dijo muy bien que el ruido de fondo le produjo una sorpresa mayúscula. Ese amorfo fragor se rompía de pronto para jalear con cerrados olés la cumbre de la faena del debut. En los medios, con la izquierda, con una lentitud muy notable. Nadie ha toreado en sanfermines más despacio que Fernando Cruz al tercer toro de Cebada Gago. Ni con tanto seguro encaje ni tanta bragueta ni tanta serenidad. El torero contó luego que le puso la carne de gallina sentir aquel coro. Ver que tanta gente subrayaba de repente la faena.

Pamplona: las pancartas, los blusones de uniforme, los disfraces, los desfiles de comparsas, las señas de identidad, el nombre, los pleitos políticos, las cuentas pendientes, la ciudad entera viva y candente pero encerrada en una plaza de toros decididamente inmensa. Cosa seria. Estuvo en boga arremeter contra las peñas de Pamplona. Cosa envenenada, politizada, intereses de poder, conspiraciones religiosas, fundamentalismos políticos. Fue grave deriva. Fuego atizado a varias bandas. Hace ahora casi treinta años llegó a pensarse que el San Fermín taurino sería devorado por la razón y el tiempo. O que sería pasado por las armas. Flagelantes censuras. Hemingway en la picota. Vergüenza ajena y farisaica. “Pamplona no es eso…” Y tal. Y de repente resulta que de lo dicho nada. Nada de nada. Las peñas hacen más de una tercera parte de la plaza Monumental. Siguen observando religiosamente sus ritos. En el cuarto toro se merienda y que le den morcilla al resto de la Humanidad.
Navarra es tierra de buenos músicos. Y en estos días suenan las marchas graciosas de un fértil compositor sencillo, ingenuo, tierno y fácil: el maestro Turrillas. Que creó y se inventó casi todo: las dianas de madrugada, los himnos para cada una de las peñas, compases articulados para charangas y comparsas de toda clase. Con Turrillas y su inspirado genio popular conviven las otras músicas y cantinelas tradicionales de las fiestas de Pamplona: aires vascos, como la Biribilqueta que atacan los gaiteros del Ayuntamiento después de lanzado el último de los veintitantos cohetes del chupinazo universal del 6 de julio; y aires de la Ribera, porque Pamplona es la capital de un vasto Reino menor donde conviven castas, genios e ideas que en ocasiones pretenden negarse entre sí. Y otros aires buenos. No todo es el célebre ruido.

Los toros son ¡oh, paradoja! una tregua y un punto en común. Ir a los toros y comprar el abono de los diez festejos oficiales de San Fermín es obligación ineludible. Abonados hay que lamentan la obligación de serlo. “Ya no hay figuras como antes, los toros no son lo que eran, han subido los precios…”, protestan. “Deja el abono, no vayas más a los toros”, insinúa provocador un consejero desinteresado. Como un caracol se mete el consejo en la oreja. “Sí, pero es que…” Nadie deja de renovar su abono. Nadie. El abono de San Fermín cuenta en los testamentos como capítulo de mayor rango. Hay quien se resiste a morir sólo por no perder su abono de Pamplona. Así era el circo romano y no hay cristiano que no ame las cosas del circo: las fieras, los gladiadores y, narcisismo inevitable, las otras fieras. Las que pagan por entrar.

Los toros de la corrida se estrenan por la mañana en el encierro. El encierro de Pamplona es insuperable instante taurino. Perfecto, riguroso, arrebatador protagonista la fiera y no el corredor. Conviene que el toro sea inmenso. Es la plaza es monumental. Las figuras que combaten en la arena se empequeñecen. O se agigantan: como Antonio Ferrera la tarde del 14 de julio. Herido, con dos cornadas, una en cada pierna, lisiado, tullido, pálido. Y un toro muy bueno de Victorino. Bondadoso, dócil, templado estirpe Santa Coloma. Uno de los dóciles de toda la feria. Ferrera, de viaje al fondo de ese toro y de sí mismo también. Rugía la gente. Incontenible euforia. Primero, la del propio torero retemplado, dueño del toro. Y al ritmo de todo eso el resto. Las dos orejas y el rabo vuelta al toro, que fue el último de la feria y uno de los diez mejores. Y hasta el año que viene. Volved.

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