Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Juan Antonio Ruiz Espartaco

Carlos Polite Gomollón

Publicado en Diario de Noticias , suplemento San Fermín 2006

PAMPLONA. La historia se inicia en El Aljarafe, comarca sevillana salpicada por pueblos sometidos durante centurias a la servidumbre de la tierra. En Espartinas, fue cristianizado un bebé de pelo pajizo que en el libro de la familia Ruiz Román se registró con el nombre de Juan Antonio. El futuro maestro en tauromaquia había nacido el 3 de octubre de 1962 y era el primogénito de una extensa prole que pobló el hogar del modesto matador de toros Antonio Ruiz, Espartaco . La carrera del progenitor de Juan Antonio soportó la dictadura de Manuel Benítez y le costó muy caro. A tanto llegó el desencanto del honrado matador, que todos sus sueños los traspasó a su retoño volcándose en su educación para llegar a ser un hombre cabal, y por supuesto, alcanzar la gloria como figura del toreo.
Juan Antonio se vistió de luces siendo un chaval en el coso de Camas, cuna de Curro Romero. Era el día de San José de 1975 y el muete no había cumplido los 13 años de edad.
Antonio presentaba en sociedad a su retoño en fincas y tentaderos, además de festejos menores. Consiguió su estreno con los del castoreño en la plaza de Ondara (Alicante), el 29 de enero de 1978. Lidió utreros de Castral de Yeltes, del campo charro, y se lo pasó en grande consiguiendo cuatro orejas y un rabo. Le acompañaron en la tarde gloriosa Manolo de los Reyes y un tal Emilio Muñoz, que también tocó pelo.
Juan Antonio no había cumplido la edad reglamentaria de 16 años y aquella temporada toreó todo lo que le pidió el cuerpo. Conoció a Manuel Rodríguez, El Mangui, y se pusieron de acuerdo para liderar el escalafón de novilleros. Remató la temporada con 57 festejos.
La temporada de 1979, la inició Juan Antonio arrasando por los cosos, con la intención de licenciarse en tauromaquia en cuanto los vientos fueran favorables. Cometió un error táctico al no presentarse de novillero en Las Ventas del Espíritu Santo, ya que la cicatera afición de la Villa jamás ha perdonado que alguien llamado a ser figura del toreo tome la alternativa sin soportar sus impertinencias en la etapa de la pelea con los utreros. Otro tanto le aconteció al trianero Emilio Muñoz.
El 1 de agosto de 1979, Manuel Benítez le cedió trastos y la lidia de un burel de la vacada de Carlos Núñez, actuando como testigo el gran torero de Gines, Manolo Cortés. El toricantano de 16 años demostró con su talante que estaba dispuesto a organizar la tremolina. Y así aconteció, ya que consiguió desorejar a su lote de bóvidos y dejar impronta de torero macho atacado por la ferocidad de su adolescencia y una ambición sin límites. Con la experiencia y la madurez comprendería que ciertos errores en la gestión de su primera etapa como matador de toros, se pagaron a un alto coste. El joven matador liquidó la temporada con 24 novilladas y 22 festejos mayores.
LOS SANFERMINES 1980 fue un año movido en nuestra comunidad, puesto que la universidad sufrió un atentado del terror que provocó un sarpullido en todo el colectivo y nuestra incipiente democracia soportaba embates por barlovento y… sotavento. Pero, los Sanfermines prometían momentos de exaltación lúdica y hedonista. Además de la presentación en sociedad del torero del Aljarafe, se incluía en la novillada del día de las Vísperas la presencia del retoño de Pepe Luis Vázquez. Dicen que el rubio y modoso torero cobró la friolera de 800.000 pelas . El chaval resultó un vivales y nos la dio con queso . Aquel año los veterinarios rechazaron el lote de Benítez Cubero, que más que toros parecían en los orrales del Gas un plato de albóndigas de capa zaína. Lo más novedoso fue el estreno histórico de una regidora del Ayuntamiento acomodando sus posaderas en el palco de nuestro coso monumental. La concejala atendía por Maruja Oyaga.
El día 12 de julio amaneció nublado y con rachas de ventolera. El que suscribe almorzó en el Gas con el inolvidable Teodoro Lasanta, Domingo Nogales, mayoral que fue del Marqués de Albaserrada; Luis Saavedra, columna vertebral de la casa Guardiola, y otros amigos. Cuando ya me dirigía a la salida, prácticamente me topé con una persona de aire ensimismado y rictus de preocupación extrema. Nos pedimos disculpas mutuas y caí en la cuenta de que aquel hombre era Antonio Ruiz, padre del toricantano Juan Antonio. Me presenté y le invité a un chato de fino y me comentó que tanto él como su muchacho estaban apesadumbrados por la enorme responsabilidad del debut en Pamplona.
La corrida del Marqués de Domecq era como un tren: 20.000 espectadores esperaban al torero y algo sabía de la olla a presión que eran las peñas de mozos. Yo le añadí lo del punto de inflexión y su mirada me demandaba con cierto aire lastimero una razón para relajarse. Le comenté: “Mira Antonio, si tu hijo sale al coso dispuesto a echarle a la lidia inteligencia y valor sin límites, además de la torería que atesore, cortará las orejas. Saldrá a hombros. Se meterá a Pamplona en el esportón y volverá muchos años”. Antonio esbozó una sonrisa y comentó: “¡Que Dios te oiga!”. Nos despedimos y aquella fue la primera y última vez que he compartido un ratito con Antonio Ruiz, Espartaco .
Mis deseos se cumplieron, porque Juan Antonio Ruiz, Espartaco , salió en volandas por la puerta del encierro al finalizar el festejo en la tarde de su estreno en los Sanfermines. Se lidiaron cuatro toros del Marqués de Domecq, porque un burel se despitorró en la Estafeta y otro se destrozó un pitón durante la lidia. Los sustitutos fueron de Maribel Ybarra y Guardiola Fantoni. Realizaron el paseíllo, Ángel Teruel, Pedro Gutiérrez Moya, Niño de la Capea, y Juan Antonio.
El toreo del joven diestro no se decantaba por el sendero del pellizco, ángel o duende lorquiano. Lo suyo era dominar al burel con el poder de la técnica y el valor. Juan Antonio tomó buena nota de la actitud de sus colegas y recibió a su primer oponente dispuesto a reventar la plaza. Al noble toro del Marqués le enjarretó seis derechazos en postura genuflexa y el personal calentó motores a la espera de un trasteo armónico con la mano derecha, previo a un soberbio volapié que merecieron el premio de las orejas. Juan Antonio arrivó a Pamplona y besó al santo. Fue la primera salida a hombros del mozo del Aljarafe. El torero remató la temporada con el bagaje de 35 corridas en su haber.
Juan Antonio fue contratado para dos tardes en los Sanfermines de 1981. El día del Patrón se paseó por el albero junto a Teruel y Tomás Campuzano para lidiar un encierro de Pablo Romero remendado con un burel de Pérez Angoso. La tarde la presidió el bochorno con lleno hasta el callejón. Ángel Teruel se lo tomó con calma y en plan aséptico, el animoso mocetón de Gerena, Tomás Campuzano, le echó alegría al asunto y consiguió el premio de una oreja. Mientras tanto, Juan Antonio se mostró fallón con el tercero de la tarde y enmendó la plana con el sexto con un toreo un tanto retorcido y con dosis de genuflexia de cara a la galería, léase la solanera. Le premiaron con el apéndice de rigor y… al hotel. El día 13 se lidiaron bureles del Conde de la Maza. Los mansurrones toros de Leopoldo aceptaron con buenos modales la presencia de la pañosa y los toreros decidieron por consenso que aquella tarde no iban a dar un palo al agua . Juan Antonio ahogó a su primer oponente con un trasteo de cercanías y al último del festejo le perdió la cara. El de Espartinas se despidió a la francesa y deducimos que no se venteaban buenos efluvios para el futuro del torero. Terminó la temporada con 59 festejos.
El mozo del Aljarafe inició el año 1982 con brío y la ambición intacta. Avisó en Valencia el 17 de marzo dando un baño a Manzanares y Emilio Muñoz, a la espera de Sevilla y su Feria de Abril. El día 27 de abril, Juan Antonio salió en volandas por la Puerta del Príncipe tras cortar tres orejas a bureles de Jandilla. Previo a los Sanfermines, los mentores del diestro decidieron su presentación en Las Ventas y confirmar su alternativa. Los aficionados de la Villa y Corte le esperaban con la faca entre los dientes . A pesar de que el 25 de mayo no tocó pelo, la aristocracia del tendido 7 le perdonó la vida y pelillos a la mar.
El 7 de julio se paseó por el coso pamplonés junto al Chema Manzanares y Tomás Campuzano. La sorpresa de la tarde fue la presencia junto al presidente Julián Balduz, de Agustín Castellanos, Sabicas .
Se lidiaron toros del Conde de la Corte, que no cumplieron con el guión previsto por el ganadero Luis López Ovando, a pesar de su tremendo trapío. Los bureles decepcionaron por su mansedumbre, actitud extraña en la vacada. A la vista del material, el torero alicantino tiró por el atajo y… se lo imaginan ¿no? Tomás le puso buena voluntad al asunto y Juan Antonio se equivocó al brindar el tercero de la tarde a los abarrotados tendidos. El manso le arreó un poco de estopa y el matador desistió. Enmendó su compostura con el sexto y consiguió retazos de cierta calidad a pesar de los tornillazos.
En la tarde del 11 de julio se lidió como sobrero un toro de Cebada Gago y descubrimos el futuro de una vacada excepcional. El joven diestro finalizó la temporada en cabeza del colectivo con el bagaje de 69 festejos.
1983 fue un año de transición. La Meca sigue siendo fiel con el torero y le ajusta dos tardes en San Fermín. Juan Antonio había pasado por el hule por sendas cornadas de carácter grave en Orihuela y San Fernando y era una incógnita su estado de ánimo de cara al duro compromiso de los Sanfermines. Volvió a enfrentarse a los Pablo Romero el día 7, acompañado por el ecijano Pepe Luis Vargas y Tomás Campuzano. Juan Antonio se aprovechó de la boyantía del tercero de la tarde para birlarle una oreja.
Repitió paseíllo el día 11 con dos novedades. Por una parte se lidiarían bureles del hierro de Los Guateles , de pura estirpe Juan Pedro Domecq y arribaba a Pamplona el tartésico Paco Ojeda en la cima de su carrera. La reventa se puso las botas y la tarde en plan de sol y moscas. Con la llegada del figurón Ojeda, el trapío de los bureles, al sumidero. Luis Francisco Esplá ejerció, esta vez, de director de lidia y fue el único que tocó pelo. El hombrón de Sanlúcar de Barrameda lo intentó malamente con su primero y naufragó con el segundo. Juan Antonio se pasó de rosca con los dos pollinos encornados que le deparó el sorteo. Para olvidar. Fue la tarde más gris de Espartaco por nuestros lares. El torero remató la temporada con 60 contratos, excluyendo sus viajes por los cosos americanos.
La temporada de 1984 fue para el joven matador de una vulgaridad ostensible. Si bien su toreo efectista lograba éxitos que se traducían en trofeos, no evolucionaba y su relación con su apoderado se iba deteriorando con carácter irreversible.
El día 8 de julio se paseó por el coso pamplonés junto a Paco Ruiz Miguel y Tomás Campuzano para lidiar toros de Pablo Romero. Los bureles cárdenos se pavonearon con su trapío esplendoroso, pero poco más. Juan Antonio pasó sin pena ni gloria y para su desgracia se mostró pesado con el estoque y, por primera vez, escuchó pitos.
Repitió actuación el 10 de julio para enfrentarse a bureles de José Luis Osborne, acompañado por el manchego Dámaso González y el infortunado José Cubero, Yiyo . El mozo del Aljarafe se encorajinó con el primero de su lote y toreó a destajo. Consiguió la orejuela de rigor y cuando esperábamos que con el 5º del evento organizara la tremolina, se plantó en plan comodón, lidió al hilo del pitón y nos defraudó. Terminó la temporada con 51 festejos.
EL DESPEGUE Y LA GLORIA 1985 fue el año clave en la vida del torero. Fue el punto de inflexión en su carrera y en su futuro cuando se anunció dos tardes en La Maestranza y su Feria de Abril. Juan Antonio había tomado la decisión irreversible de abandonar el oropel del oro y seguir el camino de su colega y amigo El Mangui para integrar el colectivo de los toreros de plata. Después de seis años de alternativa y más de 250 corridas a sus espaldas se encontró con cuatro perras , un apoderamiento nefasto y letal para sus intereses y la moral en el séptimo círculo del infierno dantesco.
El día 25 de abril se lidiaba una corrida de los Núñez de Manolo González y era la última oportunidad para el torero. Juan Antonio sublimó el arte del toreo con el burel castaño de la sierra de Aracena. La apoteosis de Juan Antonio se televisó en directo por toda la piel de toro. Era el momento de que el camino de sangre, sudor y lágrimas fuera desintegrado por el de fortuna y gloria.
La figura del toreo de nuevo cuño se vistió de luces en Pamplona el 9 de julio para lidiar cuatreños de José Luis Osborne junto a Luis Francisco Esplá y Manzanares. Fue la tarde de gloria de Esplá, aunque el de Espartinas no desentonó. A su primero lo dejó un poco crudo en la suerte de varas, el toro cumplió con creces y el diestro nos asombró con un trasteo totalmente distinto al que nos tenía acostumbrados. El toreo efectista y lineal se había evaporado y el poso era el conocimiento de los terrenos y una técnica ortodoxa y depurada que se hicieron patentes en todo el abarrotado coso. Así mismo, el diestro era ya un consumado estoqueador y parte de su éxito debe ser atribuido a su contundencia con el estoque. Cortó dos orejas, que debieron ser tres y el mozo salió por segunda vez a hombros por la puerta del encierro. La conclusión de todos los aficionados fue concluyente: lo de Sevilla había transformado a Espartaco. Concluyó la temporada en la cabeza del escalafón con 91 festejos en las alforjas.
En 1986 vuelve a salir a hombros en Sevilla, cortando tres orejas a toros de Carlos Núñez. Aunque Madrid se le sigue atragantando, el torero arrasa por todos los pagos ibéricos con su peculiar sentido de la responsabilidad y su toreo sedimentado.
Pamplona le espera expectante y el 9 de julio el torero se anuncia junto a Capea y José Ortega Cano con reses de José Luis Osborne, brillantes ganadores del trofeo Feria del Toro del año anterior. Pues, días de mucho y vísperas de nada . Los bureles decepcionaron y los toreros dejaron pasar la tarde realizando faenitas de enfermero.
El día 12, los cuatreños del Marqués de Domecq salieron correosos, poniendo a prueba el temple de los toreros. José Antonio Campuzano se mostró vulgar y sin acoplamiento. Emilio Muñoz estaba al borde del abismo y se tragó dos sonoras pitadas. Y mientras tanto, Juan Antonio estaba sobrado de actitud y conocimientos, tanto que alborotó al personal santo durante la lidia de sus enemigos. Los exprimió a conciencia y el escaso bagaje de una oreja fue la consecuencia de su fallo a espadas.
Volvió a ser el amo y cuando la temporada tocaba a su fin, el diestro se vistió de luces 88 tardes, siendo el líder del escalafón.
En 1987, el diestro es consciente de que manda en la Fiesta. Impone materia prima y altos honorarios, sabedor también de que tal actitud puede acarrearle el desprecio de los aficionados. Pero, el torero logra superar el agobio con su profesionalidad contrastada capaz de la entrega total en cualquier coso.
Acudió a Pamplona en la tarde del 13 de julio para estoquear un encierro encastado de la vacada jerezana del Marqués de Domecq. Le acompañaron Capea y Ortega Cano. El sexteto salió remendado con un burel con el hierro de Zalduendo, propiedad de Florencio Marín de Caparroso, que a los postres fue la perita confitada. Vista y analizada la actitud de los toros, Juan Antonio asumió el trasteo efectista de los viejos tiempos. Se le ovacionó, porque despenó con eficacia a sus oponentes y hasta el año próximo. Remató la temporada con 100 festejos.

ARRASANDO El ciclo de 1988 se inició arrasando ya en las primeras ferias del levante español. La Magdalena de Castellón y las Fallas valencianas fueron testigos de la plenitud del torero, quien calentó motores para cumplir con los ¡cinco¡ compromisos en la Feria de Abril. No consiguió que los goznes de la ansiada Puerta del Príncipe chirriaran en su honor, pero cortó cuatro orejas y dio tres vueltas al ruedo. En la Villa y Corte, el 19 de mayo apechugó con dos sonoras pitadas por parte del respetable. Aunque la lidia con los bureles de Baltasar Iban fue correcta, el hecho de despachar a sus toros de sendos bajonazos, desató la ira del personal. La bronca fue justa y el torero se tragó la bilis. El 26 de mayo enmendó y salió airoso del trance, pero sin estridencias.
Juan Antonio ajustó un contrato con La Meca para el día 13 de julio. Sus desorbitados honorarios no aconsejaban más compromisos. Junto a Julio Robles y Fernando Lozano lidió reses de Atanasio Fernández, que como es habitual mansearon lo suyo peleando con los del castoreño y fueron después complacientes con la muleta de los diestros. Espartaco era un maestro con una técnica depurada y puesta en escena de actor consumado. Sabía adaptarse a las características de los bureles y al ambiente de los cosos con la inteligencia clara de un auténtico líder. En la tarde sanferminera solamente consiguió una orejilla , pero logró que el personal santo abandonara la plaza con la sonrisa de oreja a oreja. Lideró el escalafón con 82 festejos.
El matador vuelve al redil con el clan de los Lozano y las exigencias de platita y materia prima se desmadran. Por el levante lidia toros indecorosos, pero el triunfalismo que despierta en las masas consigue que las lanzas se trastoquen en cañas y a pesar de despenar a sus enemigos en los bajos, logra salir airoso de los compromisos. En Sevilla, bordeó el desastre, pero en su cuarta y última cita y con gran visión de la jugada se enfrentó con los astifinos toros de Cebada Gago, vacada contrastada y descubierta por los pamploneses. Rectificó sus errores, cortó las orejas de uno de sus oponentes tras una faena de sabiduría y estoconazo soberbio. Le faltó un poco más de pelo para abrir la Puerta del Príncipe.
Aclaramos a los lectores que el 12 de abril de 1989, se lidiaron cebaditas en Sevilla, porque los veterinarios habían rechazado las albondiguillas zaínas del hierro de Sepúlveda anunciadas por la empresa. El matador aceptó el reto, porque en Pamplona le esperaba un serio compromiso con los inquilinos de La Zorrera y hubiera sido humillante tomar las de Villadiego .
El empecinamiento de sus mentores por colocarle con las vacadas más ignominiosas de los pagos ibéricos estaba erosionando la credibilidad del matador y afectando a su dignidad, aunque no a su cuenta corriente. Como en Madrid habían exigido materia prima del campo charro, léase el clan Atanasio y colaterales, el torero lidió inválidos tolerando impávido, suponemos, la ira de los aficionados, que no de los del clavel.
Cito aquello que en el castigo tienen su penitencia, ya que Madrid tiene una afición proverbial por el tono verde de los moqueros que celosamente administra el palco presidencial. Sucede que la figura instalada en el Olimpo se va a enfrentar a dos bureles de la vacada titular, seleccionada e impuesta a la empresa, pero termina por lidiar toros con el hierro de la Bernarda, a veces, corraleados y de aviesas intenciones.
Pero en el circuito del gran slam taurino, Juan Antonio se sacó las dolorosas espinas en una de las plazas de sus amores. Aconteció el día 12 de julio en el coso monumental de Pamplona, recordando al gran Luis del Campo. Se lidiaron toros de Salvador García Cebada, que derrocharon bravura a excepción del sexto de la tarde. Ortega Cano se perdió en sus clásicas pruebas de tanteo y se le esfumó un triunfo de escándalo. Enmendó su actitad durante la merienda y logró un apéndice un tanto benévolo. Miguel Báez, Litri, nos acojonó cuando Dormilón le arreó una cornada tremenda. Temimos la tragedia, pero la juventud del valiente y la acción de los magníficos cardiovasculares le salvaron la vida.
Juan Antonio organizó la marimorena con la lidia del segundo de la tarde. El mozo del Aljarafe nos obsequió con una lección magistral de tauromaquia, sobre todo, por el pitón derecho y cuando abatió al bravo de un soberbio volapié, la plaza fue un clamor cuando el torero se paseó con las orejas por el albero. No enmendó su actitud durante la lidia del quinto y echó mano de toda su técnica para domeñar la fogosidad del burel. Salió airoso del trance, pero todo se quedó en una cerrada ovación por aquello del fallo a espadas. El sexto del lote fue el garbanzo agusanado del encierro, pero el mozo tiró del repertorio y logró birlarle una oreja al opresivo burel con la plaza entregada ante la actitud del líder indiscutible del escalafón. Fue la tercera salida a hombros. Vuelve a liderar la temporada con 85 corridas.
En 1990 y el día 15 de abril logró igualar al irrepetible Curro Romero en salidas por la Puerta del Príncipe en festejos de Feria. Cortó tres orejas a los nobles bureles de Torrealta y salió en volandas por la puerta soñada por quinta vez. Curro logró esta hazaña el 19 de abril de 1980 y jamás volvería a conseguirlo. Una vez tomada Sevilla, el torero decidió campar a sus anchas por todos los cosos ibéricos. Ajustó dos tardes en Pamplona imponiendo la materia prima y la plata. Eligió el día 11 de julio para lidiar un encierro de Atanasio Fernández y de Aguirre Cobaleda. El ínclito Aguirre, yerno de Atanasio y mentor de los dos hierros familiares, envió a los Sanfermines una corrida vergonzante e indigna de la Feria del Toro. Ignominia de tal talante se explica, ya que en el pasado San Isidro, el equipo veterinario se cargó la corrida y el ganaduros echó mano de los toros de Pamplona para desfacer el entuerto.
El de Espartinas alternó con Julio Robles y Rafi Camino. Juan Antonio volvió a triunfar en la Feria y salió a hombros por cuarta vez, compartiendo los honores con el joven retoño de Paco Camino. El toreo de Espartaco no entusiasmó como la tarde de los cebaditas , porque el material fue de ínfima calidad, pero nadie puso en duda su maestría con los mansos de encefalograma plano de los Atanasios .
El día 13 de julio realizó el paseíllo junto a Roberto Domínguez y Fernando Lozano para lidiar bureles de Sepúlveda. Esta vacada estaba de moda y los mandones del colectivo se daban hasta navajazos para anunciarse en los carteles. El torero del Aljarafe cortó dos orejas y salió a hombros por quinta vez por la puerta del encierro. Pamplona y sus gentes estaban con el rubiales . El diestro finiquitó la temporada con 107 festejos y aumentando sus caudales hasta atiborrar la bolsa.
En 1991, seguimos la pista a un torero muy descentrado al inicio de la temporada. Los idus de marzo fueron nefastos y en las ferias del solsticio de primavera le trataron muy malamente. Sevilla tampoco le fue propicia, ya que después de tres compromisos, una solitaria oreja pasó a engrosar su palmarés. Se olisqueaban malos efluvios cuando arribó a la Villa y Corte y sus dos compromisos se saldaron, el primero con dañina indiferencia y el último con música de viento.
Pero llegaba el tiempo de remontar la aciaga temporada. Esperaban Pamplona y los Sanfermines. Espartaco ajustó con la Meca un compromiso el 12 de julio con bureles de Sepúlveda junto a Capea y Ortega Cano. Juan Antonio se resarció de todos los sinsabores acumulados. Sacó a la palestra toda su casta, adobada con su prodigiosa técnica y un estoque fulminante hasta lograr desorejar a sus dos enemigos y dejar la Monumental hecha trizas. En el festejo atizó la fogata Ortega Cano, que con el segundo de la tarde nos chutó en vena una faena antológica, que sirvió de acicate al mozo del Aljarafe. Rectifico lo de mozo, pues al finalizar la temporada el torero anunció que el 8 de junio había pasado por la vicaría en la más estricta intimidad. Podemos entender el estado nervioso del matador en el arranque del año en curso.
Juan Antonio Ruiz salió por sexta vez a hombros en los Sanfermines y remató la temporada a la cabeza de la torería andante con 88 festejos.
En 1992, el diestro es padre de familia y tal situación imprime carácter. El toreo de Espartaco sedimenta en el perfecto equilibrio entre su mente clara y un corazón que derrocha adrenalina a raudales. Es el toreo de la madurez insigne del conocimiento, hablando al estilo lorquiano. El torero decide levantar el pie del acelerador y torear menos corridas.
El 13 de julio realizó el paseíllo junto a Ortega Cano y César Rincón para lidiar y matar a estoque un encierro de Sepúlveda. La tarde fue calurosa, la reventa salvaje y los bureles medianejos. Juan Antonio nos regaló una sinfonía del temple en la lidia del segundo de la tarde y consiguió desorejar al cornúpeta con la plaza en ebullición. La actitud del respetable resultó un tanto triunfalista y los tres intérpretes salieron a hombros. Para Espartaco fue la séptima salida en volandas. La temporada se saldó con 60 corridas de toros y el liderato del escalafón lo consiguió un tal Enrique Ponce.
En el descanso invernal, el torero sopesó la posibilidad de su retirada, pero en marzo decidió seguir en la brecha, sabedor de que su poder de convocatoria no había sufrido recortes. Exigiría cosos, materia prima y, por supuesto, el caché más elevado en moneda contante y sonante.
LOS CONDE DE LA CORTE El notición de la temporada de 1993 se expandió por toda la piel de toro cuando el diestro anunció que se enfrentaría en los Sanfermines a los bureles del Conde de la Corte. Así aconteció en la tarde del 14 de julio cuando se paseó por el albero de nuestra Monumental en compañía del manito Fermín Espinosa, Armillita, y Juan Antonio Borrero, Chamaco . La tarde no cumplió con las expectativas previstas en el programa, ya que los hermosos cuatreños de Los Bolsicos no dieron la talla.
El mexicano nos deleitó con pinceladas de purito arte y el diestro onubense dio dos vueltas al ruedo al finalizar la lidia de su primer enemigo, mientras el palco soportaba la bronca más impresionante que puedan imaginarse. Ayesa se pasó por el arco del triunfo la petición mayoritaria del personal santo que exigió una oreja del bóvido para el joven torero. Fue una cacicada.
Juan Antonio apechugó con el lote deslucido y naufragó. Escuchó pitos y abandonó el coso cabizbajo.
El balance de la temporada se cerró con 53 festejos y la firme voluntad de no cortarse la coleta.
En 1994, el torero también se lo tomó con calma y aplicó su técnica depurada para vencer todos los obstáculos. Ajustó un compromiso en Pamplona y el 14 de julio lidió una corrida de José Luis Osborne acompañado por Jesulín de Ubrique y José Mari Manzanares. El trapío de los toros fue impropio de nuestra Feria y aquella tarde sufrimos el oprobio del rabo de Jesulín, para vergüenza imperecedera de nuestra historia. Juan Antonio se sintió como en un tentadero y logró las dos orejas del segundo de la tarde. Por octava ocasión, saboreó la gloria en los Sanfermines, aunque en esta ocasión la histeria colectiva se decantó en el larguilucho Jesús Janeiro Bazán.
La temporada siguió su curso y en el refugio invernal el torero, comprometido con una pachanga futbolera para conseguir fondos de una cabalgata de Reyes Magos, se vistió los colores de los toreros para enfrentarse a un conjunto de la crítica. Pues miren por donde, lo que no habían logrado las cornadas ni las volteretas, lo consiguió una lesión de ligamentos cruzados o algo, brutalmente, similar. Comenzó para el diestro un calvario plagado de operaciones y tremendas recuperaciones que no consiguieron el objetivo de la puesta a punto. Juan Antonio había iniciado el camino sin retorno, a pesar de su reaparición para poner a prueba su voluntad austenítica de acero refractario a todos los mandobles.
Visitó Pamplona con carácter irreversible el día 13 de julio de 1999 para lidiar un encierro con el hierro de Guadalest, debutante por estos lares. Compartió cartel con Rivera Ordóñez y un jovencito José Tomás. El añorado diestro de Galapagar protagonizó los momentos estelares de la tarde, mientras que Juan Antonio fue ovacionado por el colectivo que abarrotaba el coso, sabedor que el gran diestro jamás volvería a Pamplona vestido de luces.
Larga vida y salud para disfrutarla, maestro.

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Una respuesta a “Juan Antonio Ruiz Espartaco”

  1. […] Antonio Ruiz Román, Espartaco fue, durante muchos años, el rey de la Feria del […]

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