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Julio Robles en Sanfermines

MIGUEL PÉREZ, Chicuelo

Publicado en el “Diario de Navarra” el día 21 de enero de 2001

Sólo sobresalieron dos faenas. Tres orejas. Pobre balance para los quince festejos que Julio Robles toreó en la plaza de toros de Pamplona, entre los años 1975 y 1990. Entre medio, hubo ovaciones, más de una bronca, muchos silencios e incluso un toro de Pablo Romero devuelto a los corrales. Pero los aficionados, cuando oyen hablar de Julio Robles en Pamplona, recuerdan sus faenas de 1986 a un toro de Cebada Gago y la de 1989 a uno de Marqués de Domecq. Sólo dos faenas, pero que valen para toda la vida.

Interpretación de la torería por Julio Robles (Foto Nagore)

El torero salmantino Julio Robles falleció el domingo pasado a los 49 años de edad. Murió de repente, de una peritonitis, cuando nadie se lo esperaba. Y murió cuando parecía que, después de diez años en una silla de ruedas, volvía a tener ilusión y a estar plenamente involucrado en el mundo del toro, volcado en su ganadería. Pena de torero, pena de hombre, decía un periodista taurino al recordar la figura de Julio Robles. Porque el salmantino fue un hombre de altibajos en su vida y en su carrera.

Su trayectoria en Pamplona no escapó a esta norma. Comenzó mal, en 1975, anunciado en una corrida de Pablo Romero, junto a Paquirri y Ruiz Miguel. El último astado de la tarde se le atrangantó a Robles. No sin razón, ya que los que lo vieron aseguran que fue un astado imposible. “Grajero”, un cárdeno marcado con el número 75, se fue vivo a los corrales.

Las siguientes cuatro actuaciones del salmantino en Pamplona tampoco alcanzaron altas cotas. Una tarde vino en 1977, otra en el 78, dos en 1979 y una más en 1980. Ese día, en la crónica de Diario de Navarra recibía un fuerte crítica de Ollarra. “Apático y anodino, sin palmas ni pitos, el silencio fue un desdén”.

La primera oreja

Seis años de ausencia siguen a esta crónica. El descanso pareció venir de perlas. En 1986 volvió para lidiar una corrida, la de los “cebaítas”. Y se fue como triunfador de la feria tras cortar su primera oreja en Pamplona. Los Sanfermines se rindieron por primera vez a su toreo. Fue un 10 de julio, alternando con José María Manzanares y Esplá. Robles iba en medio y su faena al quinto toro hizo que todo lo que hiciera Esplá en el sexto pasara inadvertido. “Hace tiempo que no veía así a la plaza, como estuvo en el sexto después de la faena de Robles. Estaba exhausta y fría con Esplá. Estaba saboreando el toreo, ni más ni menos”, decía en su crónica el fallecido Paco Apaolaza.

Emilio, en Diario de Navarra, se refería a esta actuación como la faena de la feria. Y no falló. “Las series de muletazos, con ambas manos, fueron limpias, templadas y armoniosas. Hubo arte, se gustó el torero y gustó al público”. Sólo dos golpes con el verdugillo le privaron de cortar dos orejas.

Después de este resurgir, vuelta al bache. Año 1987. Robles estaba anunciado dos tardes, con ganado de Arauz de Robles y otra vez con los Cebada. No logró nada destacable. En 1988 llegó una de las peores actuaciones de Robles en San Fermín. Estaba anunciado en dos carteles y salió con un balance de una ovación, un silencio y dos broncas, las dos en la corrida de Cebada Gago. Ese día, estos astados habían protagonizado un sangriento encierro. Y a Robles eso  le disgustó. Para el de Salamanca, el encierro no era beneficioso para los toros, ya que aprendían a cornear.

Dos orejas en 1989

Así, entre broncas y silencios, llegó la mejor actuación de Robles en Pamplona. Fue el 11 de julio de 1989 y Diario de Navarra tituló su crónica así: “Julio Robles dio una lección magistral de arte y torería”. Volvía a surgir en el recuerdo del aficionado esa faena del año 86. Robles volvía a instalarse en la mente de todos los que vieron su actuación ante los toros del Marqués.

En su primero nada pudo hacer ante la sosa embestida del animal. “Pero con el quinto las cosas cambiaron. Bien lanceando a la verónica y, con la muleta, colosal. La faena fue medida, pausada, torera y de un nivel artístico del que se puede ver de tarde en tarde y a muy pocos toreros”, describe Emilio en la crónica de esa corrida.

En 1990 toreó sus dos últimas tardes. Una de ellas, sobre el papel, era especial. Junto a Ortega Cano iba a dar la alternativa al cirbonero Sergio Sánchez el 7 de julio. Pero el primer astado de la tarde, “Bocadura”, con el hierro del Marqués, le propinó una cornada al toricantano que aplazó su alternativa hasta el 14 de julio. La corrida quedó en un mano a mano. Irregular actuación de Robles: inadvertido en dos de sus toros y otra lección de temple en el quinto de la tarde, sólo estropeada con los aceros.

El 11 de julio de 1990 se despidió de Pamplona. Toros de Atanasio Fernández para Julio Robles (silencio y saludos desde el tercio), Espartaco (dos orejas y saludos desde el tercio) y Rafi Camino (dos orejas y saludos desde el tercio). Otra tarde en la que Robles dejó detalles de gran calidad, especialmente en el cuarto de la tarde, donde logró muletazos de bellísima factura.

Pero un mes y dos días más tarde, “Timador” le juega una mala pasada en Beziers y deja al diestro sin sus piernas en uno de sus mejores momentos.

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