Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Manili, rey de San Fermín

Ignacio Álvarez Vara, Barquerito

Extracto de “Larga cambiada” (temporada taurina 1988)
Madrid, Espasa Calpe 1999

Manili dando la vuelta al ruedo, 14 de julio de 1988

La gente esperaba a Manili en Pamplona como el maná. por varias razones: la primera, por su cartel ganado en San Isidro -de hecho, fue el primero de sus triunfos de la feria de mayo el que le había metido a última hora en San Fermín y él fue el último de los toreros contratados por la Casa de Misericordia después, porque en sus tres últimas temporadas malditas Manili se había dejado ver con éxitos en corridas duras de Sangüesa y Estella, lo que en Navarra da cartel y, en fin, porque el abono había rodado tan anodinamente hasta la corrida de cierre -de Miura, como siempre- que cualquier detalle en ese día estaba destinado a valer el doble.

Manili había caído tan en gracia antes de llegar a Pamplona que incluso se le ofreció la primera sustitución de Víctor Mendes en la corrida de los Guardiola. Sin recuperar todavía de la lesión que un torrestrella le produjo en Madrid el día 3, Manili no pudo ocupar esa vacante. Eso aumentó, de rebote, su cotización y las expectativas. Antes del paseo del día de Miura se desplegó en la grada del 4 de Pamplona, encima de toriles, una pancarta de notables proporciones que saludaba al torero en vasco: ¡Manili, Ongi etorri! (¡Bienvenido, Manili!).

¿Para qué más? La naturalidad, la bonhomía y la simpatía de Manili hicieron el resto. Pamplona es la feria española donde más de cerca viven al torero los aficionados. A Manili le bastaron dos vueltas por el ensanche de Pamplona para comprobar que estaba, más o menos, como en su natal Cantillana. Todos con él. Lo habría entendido aunque se lo hubieran dicho en vasco.

Luego, en la plaza, con una corrida muy desigual de temperamento, Manili tuvo que echar mano de bastante más cosas que su carácter. Sin sus recursos, sin su coraje, sin su inteligencia y sin su increíble decisión para cobrar el estoconazo que tumbó al último toro de la feria, Manili no habría triunfado de la forma tan clamorosa en que lo hizo. Hubo un elemento añadido que propició el éxito: mientras, a principio de faena, Manili sorteaba como podía las embestidas descompuestas, peligrosas y con sentido del primero de sus toros, las peñas de sol, desentendidas por completo del pánico sembrado por el miura en el ruedo, cantaban enfurecidamente todo su repertorio. Los espectadores de sombra, conscientes de todo lo que pasaba abajo, intentaron inútilmente callar a los de sol con gritos y chises. La plaza era un mercado porque, además, “La Pamplonesa” se puso a tocar en mitad de la refriega de cantos y voces el «Martín Agüero».

Sin embargo, con la salida del sexto la suerte cambió de rumbo para Manuel Ruiz (Manili). Fue un toro blando y con cierta tendencia a la brusquedad. O abanto, que sería algo parecido. Pero el toro, suerte de las suertes, tomó la muleta con son y clase, quizá no fue un toro auténticamente claro, aunque lo que hizo si fue suficiente como para que Manili pudiese andar más a gusto.

La faena, brindada al público, tuvo emoción desde el primer momento, desde que el torero le buscó al toro las vueltas, moviéndose mucho, queriendo encontrarle al miura la distancia y el temple adecuado. Y lo encontró. Su gran secreto: no dejarse tropezar nunca la muleta y correrle con limpieza la mano. Con eso fue bastante.

Ignacio Álvarez Vara “Barquerito”

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