Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Ahorremos pólvora

Mariano Pascal

Publicado en Diario de Noticias el 10 de julio de 2007

Si de algo puede presumir la Feria de Pamplona, la Feria del Toro, es de haber sido descrita y narrada hasta la saciedad. Pero claro, entre tanta crónica, tanto análisis y tantas conclusiones, unas voces resultan mucho más clarificadoras que otras.

El aficionado conspicuo pensará que el petardo que pegó la presidenta en el tercer toro puede marcar la feria, manchar su nombre o dejarla tocada para los restos. Pero no hay nada nuevo bajo el sol. Dos personas tan distintas y tan antitéticas como Ignacio Cía y Miguel Izu han tratado por escrito las tardes orejeras de nuestra plaza.

Salvador Cortés

Salvador Cortés

Izu describió ya hace años que el personal festivo, público soberano, tras las tardes de lidia difícil, tornaba sus ansias en el deseo de ver cortar orejas al precio que fuese. Ignacio Cía, que tiene memoria proverbial, puede citar las múltiples ocasiones que ha visto cortar orejas en nuestra plaza sin trazarse un natural.

La verdad es que en el tercero, ni a izquierdas ni a derechas pegó un muletazo limpio Salvador Cortés. Unas arrucinas fueron lo más ovacionado. El toro, de nombre Fugado , resultó mejor tratado en varas que sus compañeros, y llegó con poder a la muleta. Las ganas y disposición del matador no fueron acompañadas por una lucidez excesiva. La psicología humana es un mundo. Salvador Cortés parecía en esos momentos un hombre atacado por la presión. Y en frente tenía un toro con raza para varios exámenes. Tras una faena de atropello, surgió su liberación en forma de dos orejas. Orejas que ni compartieron los aficionados, ni seguro, los aquí al lado firmantes.

A partir de ese momento, la actitud de Cortés fue otra. Era otra persona, otro torero. Lejos de mostrar conformismo de su lidia, de sus cites, surgió un torero cabal. Pues gracias a Salvador Cortés pudimos disfrutar con la pujanza de un toro como Malasombra . Qué toro, qué galopes, qué tranco y qué embestidas. Cómo se metía el toro en los vuelos de la muleta. Cómo hacía el avión.

¡Y qué torero!: citándolo, toreándolo y aguantándolo en los medios. Afortunadamente para el recuerdo quedará ese segundo Cortés, ya liberado de sus ansias interiores. Porque, en opinión de este juntapalabras, la batalla de Malasombra finalizó con un toro enrazado, pero huído a tablas, y un matador poderoso que no perdió pie.

El resto de las batallas pareció decantarse del lado de los toros.

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