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Los intereses creados

Mariano Pascal

Publicado en Diario de Noticias el 9 de julio de 2007

El mozopeña nunca había oído hablar de Jacinto Benavente, pero ayer vivió un día digno de su obra. El mozopeña tenía el día cruzado. Con mala sensación por todo el cuerpo. No sabía muy bien cómo expresarlo, pero estaba para pocas jotas. La partida de póker que se juega en los despachos de la política navarra, y que se extiende por todos los rincones, la había visto lejana, muy lejana hasta ayer. Ni le importaban sus protagonistas, ni los sapos que sus intereses les obligan a tragar.

Rafaelillo

Rafaelillo (Silvia Ollo)

Pero quien tragó el sapo esa mañana fue él. Le tocaba pasear la pancarta de su peña. Una pancarta cuyo anverso y reverso rechazaba, y que es una muestra más de las ganas de joder al de enfrente que gastamos. Pero tragó. Y tuvo la sensación de haberse humillado. Esa sensación que deben tener los tahúres a sueldo de partido el primer día que actúan por el maldito interés. De poco le servían las excusas, ni los brindis al sol, ni que la curia diocesana hable con la sinceridad de los trileros.

Mirando al suelo, así se dispuso a ver la corrida de miura . Lo de Encabo en el primero se le pasó rápido. Entre plantar la almohadilla, sentarse y conseguir ver los toros sentado, se le fue el toro. Y en estas salió el segundo. Ni llegó a leer su nombre, aunque le llamó la atención su gran peso. Y su presencia, como sólo pueda tenerla un miura de Pamplona. Cárdeno, hasta parecía un victorino recrecido. Pero que rebanaba el gaznate al tercer muletazo como un sirlero de corrala. Un toro para pocas confianzas, como algunos jerarcas de despacho.

Al matador ni lo conocía, ni que viniera de Murcia, ni que se llamase Rafaelillo. Pero al poco de hacerse presente tuvo la sensación de estar viendo algo directo, real, sincero y verdadero. Algo tan sencillo como la voluntad de un torero por ser alguien. Y recordó haber escuchado a un matador que para ser figura del toreo hacían falta tres cosas: la primera querer, la segunda querer, y la tercera querer.

Y el mozopeña, que veía a Rafaelillo en los medios, sólos el toro y él, recobró mejor cara. Porque le notaba las ganas. Aunque eso lo veían hasta en la andanada. Y envidió al matador. Lo envidió porque al mozopeña le hubiese gustado tener el valor de Rafaelillo. Ese valor para estar ahí abajo, jugándosela con un Miura incierto, con sólo una muleta y una determinación descomunal. La determinación de quien quiere comerse el mundo.

Y ya sólo por haber visto a aquel chaval jugándose el físico salió de la plaza contento. Porque algunas verdades siguen viéndose a las seis y media de la tarde. Y, aunque siempre le habían dicho que el mundo del toro todo era muy cerrado, con esa determinación, ni los intereses creados podrían pararle los pies. Al fin y al cabo el planeta del toro no es más complicado que la sociedad en que vive el mozopeña.

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