Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Paquirri en San fermín

Carlos Polite

Publicado en Diario de Noticias el 4 de julio de 2007
Francisco Rivera: de Pozoblanco al sudario y a la gloria del mito del papel couché


Francisco Rivera nació en Zahara de los Atunes el 23 de marzo de 1948. El hecho en sí es accidental, ya que fue cristianizado y criado en las cercanías de Barbate, todo ubicado en la provincia de la Baja Andalucía llamada Cádiz. Su padre, Antonio, que en sus años mozos fuera modesto novillero, encontró acomodo laboral como conserje en el matadero de la villa de Barbate y allí crió a su familia, inyectando a sus hijos varones el virus del toreo. Sus esfuerzos se saldaron con éxito clamoroso, pues José adquirió justa fama de torero con pellizco y su hermano menor Francisco fue un todoterreno que accedió a la gloria de figura del toreo. La afición del zagal le llevó a vestirse de torerillo el 15 de agosto de 1962 en su pueblo adoptivo de Barbate, lidiando eralitos de Núñez Polavieja. Completó su aprendizaje con una treintena de festejos por la Baja Andalucía hasta que el 28 de junio de 1964 debutó con los del castoreño en el coso de Cádiz lidiando un encierro de utreros del marqués de Villamarta junto a José González Copano y Rafael Jiménez Márquez. Terminó la temporada con 21 festejos en su haber, llevándose al zurrón 34 orejas y cuatro rabos.

En la monumental de Barcelona

En el año 1965, sumó 39 contratos y en el mal recuerdo, una cornada en Zaragoza el 28 de marzo. Cuando había cumplimentado 19 compromisos en 1966, decidió licenciarse en Tauromaquia en la Monumental de Barcelona el 17 de julio con reses de Juan Pedro Domecq, actuando de padrino Antonio Bienvenida y de testigo el zamorano Andrés Vázquez. Todo se fue al garete porque el burel del ceremonial le atizó una cornada en los momentos previos a la cesión de trastos. El rito se aplazó hasta el 11 de agosto y en el mismo escenario. Paco Camino le cedió los avíos en presencia de S. M. El Viti . El burel atendía por Zambullido y lucía la divisa de Carlos Urquijo de Federico, de pura estirpe Murube. El debutante falló en el día soñado, pero rectificó en el mismo escenario el 14 del mismo mes, cortando las orejas del primero de su lote, de la vacada de Mercedes Pérez-Tabernero. Liquidó la temporada con 19 festejos en su haber. 1967 se presentó bajo los mejores augurios. El joven gaditano confirmó alternativa en Madrid y por San Isidro el 18 de mayo con Paco Camino como padrino y José Fuentes como testigo. No redondeó el éxito, pero se resarció el día 21 y en Las Ventas cortando una oreja al astado de Fermín Bohórquez que le tocó en suerte.

en sanfermines

La Meca estaba atenta a todas las novedades y ya le había echado el ojo al mozo y probó con el ajuste para una tarde. Fue el domingo 12 de julio, dominguera y con la city atestada de vecinos de las mugas pirenaicas. La tarde salió entoldada y el coso se abarrotó para disfrutar del toricantano Francisco Rivera, flanqueado por Paco Camino y Pedro Benjumea. Además del gaditano, se estrenó como ganadero la casa Chopera con el nombre de Antonio Martínez Elizondo. Ya comentamos en su día que el Sabio de Camas sufrió en el ánimo cuatro broncas de órdago. Dos de ellas por el toreo y muerte vil a sus dos bureles. La tercera por las mismas al segundo toro de Benjumea, alojado en la enfermería por cornada. La cuarta y definitiva al despedirse del cabreado personal pamplonés y foráneo. ¡Jesús, Jesús! A la vista del devenir de la tarde, el mozo de los ojos garzos se afanó en agradar al personal con su toreo embarullado y dado al efectismo. Los trasteos fueron vulgares, pero el coro le agradeció su actitud con ovaciones al parear y por estimables volapiés, especialmente, con el quinto de la tarde. Ya se le adivinaban al joven matador sus trucos con la puesta en escena del segundo tercio. Le encantaba colocar rehiletes a cabeza pasada. De momento, pelillos a la mar. El matador remató la temporada con 67 festejos y muy bien colocado en la parrilla de salida para 1968. El Mayo de París dejó sedimento y abono de cultivo para cambios que tardarían en dar sus frutos. Los Sanfermines tocaron a zafarrancho y nos zambullimos a conciencia. La empresa ajustó a Francisco Rivera para dos tardes. El diestro arribaba a Pamplona sin haber realizado nada notable tanto en Sevilla como en Madrid. Esperaba remontar en vuelo desde nuestro coso. El día 8 de julio fue bochornoso y con presagios de lluvia. Cuatro gotas al finalizar el festejo y a disfrutar en la calle. Se lidiaron bureles de César Moreno Erro para el linarense y larguirucho José Fuentes, Paquirri y Miguel Márquez, de Fuengirola. Los toros del amigo irrepetible que fue César cumplieron con creces delante del penco y descubrieron a los de a pie embestidas prontas y entregadas sin arrear el mínimo derrote. Se lidió un sobrero de Hnos. García Romero, que resultó el marrajo del encierro. Fue la mejor tarde de Fuentes en Pamplona. El mozo de Linares se embauló tres orejas y se marchó al hotel tan feliz. Al ventajista le tocó en suerte Ventero , burel que mereció el honor de la vuelta al ruedo y el trofeo de la Feria del Toro. Al joven de Barbate le tocó en desgracia el marrajo, por lesión del bravo titular. Se fajó con la fiera y lo despenó como buenamente pudo. Se resarció con el quinto de la tarde al que lidió con técnica y eficacia y finiquitó con un soberbio volapié. Fue paseado a hombros al cortar las dos orejas.

Mucho por recorrer todavía

La tarde del 11 de julio se presentó ventosa y desapacible. Encabezó la terna Antonio Ordóñez Araujo, futuro papá político de Francisco Rivera. Remataba el cartel Diego Puerta Dianez. Se lidiaron burelillos de Carlos Urquijo de Federico, de pura estirpe Murube, de escaso trapío y ciertas dosis de mala leche. El de Ronda pasó de la bronca al delirio y Diego valor nos volvió a emocionar. El mozo del cono sur, aunque torea mucho, no espabila. En ciertos momentos calienta motores para emocionar al personal con largas de las que sale trompicado, banderillea sin asomarse al balcón y sus trasteos poseen cierta técnica, pero no emocionan. Con el estoque es un misil y ello le salva los muebles. Le faltaba mucho trecho para llegar a la meta y respecto a terrenos y distancias, unas lecciones de su futuro papá político serían mano de santo. El torero remató el año con 68 ajustes. El día 7 de julio de 1969, con tiempo despejado y cierzo suave pero incómodo, se lidió un encierro petardo de Martínez Elizondo para Limeño, Francisco Rivera y Ángel Teruel, oriundo del castizo barrio de Embajadores de la villa de Madrid. El gaditano y el madriles se empecinaron en banderillear a los terciados astados de Chopera , clavando a cabeza pasada, perdiendo la compostura y el decoro. Por fortuna, el soberbio peón de Limeño, El Nimi de Jerez, ejerció de maestro de ceremonias y puso en posición de firmes a los sandungueros de turno. El festejo fue una maldición para la Feria del Toro. Pero, Paquirri se llevó al zurrón una oreja verbenera.

Dos momentos

El día 11 de julio se lidiaron astados de César Moreno Erro para Paco Camino, Francisco y Miguel Márquez. La tarde ofreció dos momentos para la historia. Mientras el torero de Barbate trasteaba al quinto del festejo, un despiste le costó una cornada en el muslo izquierdo. Por cierto: ¿cuándo toreará con medianas condiciones estéticas el popular torero nacido en Zahara de los Atunes? El segundo momento aconteció cuando Miguel Márquez brindó el sexto burel al Chico de Olite . La plaza elevó los decibelios a niveles insospechados. Fue excelente. Paquirri remató la temporada con 75 festejos en su haber. El 8 de julio de 1970 el cielo se mostró en tono cárdeno, pero la lluvia no castigó a los tendidos. Gran entrada para disfrutar del toreo de José Fuentes, Francisco Rivera y José Luis Parada. Se enfrentaron a toros del jerezano Juan Pedro Domecq, quien envió a Pamplona un corridón cuajado de trapío, con la romana justa, bien armada y de todo como en botica. Los astados transmitieron emoción a la tarde y los aficionados al burel enrazado nos lo pasamos pipa . Paquirri estaba contratado para dos tardes, pero Manolo Cortés, anunciado para el día 9, causó baja y el mozo gaditano se entregó como nunca para ganarse el puesto. La suerte le acarició la frente y cayó en sus manos el toro más bravo del sexteto. Calentó motores con largas al farol, colocó rehiletes con buena factura y consiguió poner a la plaza con las calderas a reventar con un trasteo valentón y efectista. Después de una soberbia estocada, paseó las orejas entre el arrobo del mujerío y del resto del personal. Al burel se le concedió la vuelta al ruedo. El quinto también derrochó casta y talante de bravo. Derribó al penco en la primera acometida y atacó con los riñones en el segundo envite. Paquirri regaló un cuarto par de garapullos, intentando un sesgo que marró. El torero derrochó todo su bagaje taurómaco, llegando a ligar dos magníficas tandas de naturales. Atacó como un misil con la tizona, cobrando una estocada soberbia. Cortó las orejas del burel y con el bagaje de cuatro trofeos, el matador de la Baja Andalucía consiguió uno de los éxitos más importantes de su larga carrera. El día 9 se agotó el papel, en tarde suave y aterciopelada. Se lidiaron astados de Martínez Elizondo para Paco Camino, Francisco Rivera y Miguel Márquez. Paquirri sustituía a Manolo Cortés, herido el día del patrón. De la materia prima comentaremos que el encierro fue duro de patas, cuatro de ellos se mostraron mansos, un quinto potables y el sexto sobresaliente. El de Camas pasó de puntillas entre división de opiniones y a Paquirri le faltó técnica de lidiador con su manso primero y buen gusto con el quinto. A pesar de sus carencias, enardeció a los tendidos con sus molinetes, desplantes y fuegos de artificio. Cobró una estocada perfecta y … dos orejas con salida a hombros. El día 11, los reventas se pusieron las botas, en tarde de sol y moscas. Se lidiaron bureles de Lisardo Sánchez, del campo pacense. Los lisardos tenían procedencia Conde de la Corte-Atanasio Fernández y salvo el anovillado primero que tapaba con las astas, el resto se pavoneó con hechuras aleonadas de gran belleza. En su interior, se desbocó la sangre amansada con ciertas dosis de mala uva. Aquella tarde a Francisco Rivera todo se le fue al traste. Había conseguido seis trofeos en la Feria y ambicionaba más. El hombre se descolocó y no le salió una a derechas ni a izquierdas. Una pena. Remató la temporada con 54, cifra un tanto escasa para un torero tan popular. En el año 1971, tuve la ocasión de ver la actuación en vivo de los hermanos. Rivera, José y Francisco, en la Maestranza de Sevilla. Observé que amalgamando el estilismo de José y la decisión empecinada de Francisco, el producto hubiera sido un torero perfecto. Pero, lo que no puede ser, no puede ser. Y además, es imposible. Paquirri ajustó dos tardes para los Sanfermines de 1971. El día 8 de julio, en tarde de calor bochornoso, se anunció para lidiar astados de la casa Chopera, junto a Miguel Márquez y Marcelino. Las peñas estaban más alborotadas que lo acostumbrado, ya que celebraban la concesión de alguna placa al mérito turístico. Cosas veredes. un torero ya experimentado La casa empresarial, y a la sazón ganadera, envió otro corridón de toros cuajados, armados hasta los dientes, duros de pezuña y sangre ardorosa. Paquirri es ya un torero experimentado. No está tocado por los dioses, pero su técnica está depurada, salvo en su terquedad por castigarnos con sus vulgares tercios de banderillas. Nadie es perfecto. El torero es un estoqueador valiente y certero y todo ello le sirve para ocupar un sitio de privilegio en el escalafón. El matador del cono sur de Iberia lidió a su primero con cierto canguelo, una rareza en su quehacer. Como además marró con la tizona, soportó la bronca de rigor. Se tomó la revancha, mientras el coro merendaba y en la boca de riego realizó el trasteo con más enjundia de todo su periplo sanferminero. A pesar de liquidar al burel a la tercera agresión, se le concedió una oreja. Ahí queda eso. El 9 de julio cumplió Paquirri. Era su segundo compromiso. Lidiaba toros de Lisardo Sánchez, acompañado por Santiago Martín, El Viti y el debutante manchego Dámaso González. Los toros se pasearon luciendo un tipo espectacular. Lo chungo es que todo se quedó en eso, en la apariencia. Doblaron las manos, se defendieron con el penco y después embistieron en plan idiotizado. El ínclito de Vitigudino se largó al hotel después de tragar la bronca más sañuda de toda su vida y el de los ojos garzos venció en todos los frentes, incluidos sus torpes clavados con arponcillos. Mejoró, si cabe, lo de la tarde anterior y cuando despenó a sus enemigos de sendos estoconazos, el personal santo se desmelenó y otorgó al bravo matador la friolera de cuatro orejas y un rabo. Fue el momento cumbre del matador en la Monumental de Pamplona.

El cincuentenario

El 7 de julio de 1922 se inauguró la plaza de toros de Pamplona con la lidia de toros colmenareños de Julián Fernández, heredero del mítico criador Vicente Martínez. Integraban la terna de matadores Marcial Lalanda, de la Rosa y Saleri II. 50 años más tarde, el maestro de Vaciamadrid, Marcial Lalanda, era el único superviviente de aquel evento y ocupó sitio preferencial en la tarde del 7 de julio de 1972. Se celebró en nuestro coso un festejo con la presencia de seis matadores y astados de Martínez Elizondo. El día se inició con un montón en el callejón y por la tarde con contraste de pareceres entre la solanera y las zonas umbrías. Habían comenzado las movidas con el Riau riau. ¿Les suena de algo? Para celebrar la efemérides, la Meca preparó un precioso lote de Martínez Elizondo para seis toreros. Citamos a Diego Puerta, Paco Camino, Miguel Márquez, Dámaso González, Raúl Aranda y Paquirri. Los bureles en su estilo de casta y dureza no fueron aptos para la tauromaquia moderna y el festejo acabó aburriendo al personal. Francisco Rivera realizó una lidia correcta, atinó con los rehiletes y se le ovacionó. Eso fue todo. El 11 de julio fue tarde desapacible y gris. Se lidiaron torillos de Manuel Arranz, del campo charro. El ganadero debutaba en los Sanfermines y nos envió un sexteto precioso, de cuerna agresiva que tapaba ciertas carencias y del estilo del monopuyazo. Los toretes doblaron las manitas y embistieron como unos benditos. Se enfrentaron a las fieras Diego Puerta, Francisco y Dámaso. Paquirri gozaba del pláceme de todo el aforo y jugó con ventaja. Escuchó algunos pitos al finiquitar a su primero, pero con la lidia del quinto de la tarde decidió que había que dar la cara. Entre capotazos, banderillas, molinetes, desplantes y una estocada recibiendo descomunal, alborotó el coso, organizó la tremolina y se llevó al zurrón las orejas del astado. Para el día 13 de julio estaba contratado Juan Palomo, Linares , supuesta figura del toreo. Algún testaferro de su confianza le informó de que en los corrales del Gas, se habían instalado unos inquilinos de cuerna pavorosa herrados con el hierro de Samuel Hnos. El héroe decidió que la huida era la solución correcta y dejó a los aficionados con un metro de narices. Tenía mucha razón el Sr. Camino cuando le llamó muchacho. El ex aprendiz de zapatero remendón pasará a los anales de la historia de los Sanfermines como un chufla. Por lo demás, los toros de Samuel se comportaron como mansos de carreta, descastados e inválidos. Con semejante material, tanto Puerta, Rivera y Dámaso se despidieron con ligera música de viento. En 1972, Paquirri encabezó el escalafón con 86 corridas en su haber. Como todos los años desde su alternativa, invernó toreando en las Américas. Nuevo triunfo en 1973 El día 11 de julio de 1973 funcionaba la reventa cuando Diego Puerta, El Viti y Rivera realizaban el paseíllo para enfrentarse a toros de Torrestrella, de Álvaro Domecq y Díez. Los bureles de Medina Sidonia se comportaron con más altibajos que las cotizaciones de Bolsa. Nos mostraron trapío desigual y pautas de comportamiento ayunas de toda lógica. Una vez más lo mejor de la tarde nos lo sirvió el pundonor de Diego Puerta, mientras que Santiago Martín naufragó sin inmutarse. Escuchó dos broncas de tamaño natural y no se le observó el mínimo atisbo de pesadumbre. ¡Qué tío! Paquirri volvió a salir a hombros, tras cortar dos orejas al tercero de la tarde, vertebrando trasteos de su puño y letra, léase capotazos eléctricos, garapullos con la cabeza por la variante y meneo muleteril corajudo y variopinto. Despenó al burel de ataque fulminante y aquí paz y después gloria. El día 12 retornaron los toros de Lisardo Sánchez que fueron lidiados por Rivera, Dámaso y El Capea, sustituto de Luis Miguel Dominguín, que había reaparecido tocado con un vestido diseñado por su amigo Pablo Picasso. Los toros de Lisardo fueron desiguales de trapío, gorditos e inválidos. Se inutilizaron dos toros, que fueron sustituidos por otros de Martínez Elizondo. Como no estamos acostumbrados a los remiendos, el cabreo se generalizó por todo el coso. Al diestro gaditano el sorteo le fue esquivo, apechugando con dos del hierro titular, que rodaron por los suelos. El torero porfió, pero no sacó nada en claro. Se le despidió con palmitas a la buena voluntad. Rivera remató la temporada con 67 festejos en su haber.

buen recuerdo

El 11 de julio de 1974 se lidió un encierro de Juan Pedro Domecq, que envió a Pamplona un sexteto impresentable. Los veterinarios rechazaron un toro, pero debieron devolver a la finca de Jandilla todo el lote. Se remendó la corrida con un toro de César Moreno, quien a burel por festejo, terminaría lidiando una corrida completa. Se enfrentaron a las fieras Diego Puerta, Paco Camino y Paquirri. El gran Diego estaba ya a punto de marcharse a sus cuarteles de invierno y el de Camas volvía por la senda de las broncas. Francisco Rivera se aprovechó del desconcierto y exprimió hasta lo indecible al único torete potable del lote, cortándole las orejas. Hasta hubo petición de rabo. Que conste que fue la mejor faena del gaditano, que yo recuerde. Incluyo todas las tardes que en años posteriores a su deserción de Pamplona le observé en Sevilla. El día 12 de julio, la tragedia asoló los Sanfermines. El mozo del barrio pamplonés de la Txantrea fue inmolado en el encierro por el marrajo berrendo corrido de la vacada de Manuel Arranz, que hizo por el mozo en la entrada al callejón. Juan Ignacio Eraso tenía 18 años y era el tercero de cinco hermanos. Por la tarde, en el coso, todo se fue al garete, ya que al finalizar la lidia del tercer toro, el diluvio provocó la suspensión del festejo. Se lidiaron tres bureles para Paquirri, Capea y el paisano del maestro Rodrigo, Paco Alcalde. El error de Francisco Rivera fue competir en el tercio de banderillas con el manchego. Paco dejó al gaditano en ridículo. En el montante total de la temporada, el diestro cumplimentó 80 festejos. En 1975, el torero ajustó tres tardes con la empresa y todos tan contentos. Comenzó su periplo el 8 de julio junto a Paco Ruiz Miguel y Julio Robles, enfrentándose a una soberbia corrida de Pablo Romero. Los tremendos toros cárdenos de la desaparecida y mítica finca de La Herrería de Sanlúcar la Mayor, arrasaron al trío de bípedos que osó enfrentarse a su casta. Todos los toros aceptaron sin rechistar las tres varas de rigor y aunque alguno blandeó un pelín, suplieron este defecto con su casta arrolladora. El torero de la costa atlántica no dio golpe con el primero de la tarde, y cuando lo intentó el naufragio se intuyó a las primeras de cambio. Le realizó trasteo vulgar y descorazonador. Escuchó pitos. Con el burel de la merendola más de lo mismo. Se negó a parear al toro y todos se lo agradecimos, pasando a un despropósito de faena que provocó ya la ira del coro. La bronca fue compacta, sin fisuras. Pero las desgracias no remataron para el torero popularizado por las publicaciones de tono rosa, ya que le tocó en desgracia el segundo del lote de Ruiz Miguel, atendido en el hule por percance previo. El soberbio torazo se merendó al torero apático y vulgar hasta el paroxismo. La pataleta del público fue sonada. Debo apuntar que Julio Robles toleró consternado como el torazo sexto se le fue vivito, coleando y al galope hacia los corrales y el tiro en el testuz.

fallecimiento de górriz El día 9 de julio un toro de Osborne corneó mortalmente al mozo de Arazuri Gregorio Górriz y el minuto de silencio fue sobrecogedor cuando una trompeta atacó silencio y el nudo en la garganta me provocó un sollozo. Se había anunciado una corrida de Antonio Ordóñez Araujo, pero los veterinarios la mandaron a la porra. Llegó aprisa y corriendo un encierro de Francisco Javier Osborne. Se rechazaron dos toros y se remendó la corrida con dos bureles de Antonio Pérez-Tabernero, del campo charro. Todo este chandrío no era bueno para la salud de la Feria del Toro.

Francisco Rivera viajó a Pamplona a cobrar la guita y tomarnos el pelo. Vaya cara dura la del bien casado con la niña bonita del maestro de Ronda. Despilfarró dos toros muy toreables y se le despidió con una bronca descomunal. Antonio José Galán nos alegró la tarde y el paticas de alambre se mereció las tres orejas que se llevó al esportón. A José Mari Manzanares le atizamos una bronca en su primero y le batimos palmas después. La tarde del 12 de julio fue de bochorno espantoso cuando iban a realizar el paseíllo Paquirri, Ángel Teruel y Paco Alcalde para lidiar y matar a estoque seis astados de la vacada del Marqués de Domecq y Hermanos de Jerez de la Frontera. Sustituían a los anunciados de Atanasio Fernández, que retornaron a la carrera hasta su finca de Campocerrado, allá en Salamanca. Dicen que tenían glosopeda hasta en las orejas. El matador Francisco Rivera intentó justificarse con el séptimo toro que lidiaba en los Sanfermines, pero el personal santo estaba ya hasta la coronilla del caradura de Zahara y no se lo consintió. Mientras tanto, Ángel Teruel nos endulzó un tanto la tarde con una faena fina, fina y cortó dos orejas. El mismo premio obtuvo Paco Alcalde, aunque en tono más bien verbenero. A Paquirri se le coreó con saña: “Vete y no vuelvas, cacho…” El torero remató la temporada con 72 festejos, a pesar de una grave cornada recibida en La Maestranza. 1976 fue un mal año para el diestro. Cumplimentó 56 contratos y no apareció por Pamplona ni sus aledaños. Rectificó al año siguiente y ajustó dos tardes para los Sanfermines de 1977. por la puerta de atrás Tanto la tarde del 11 de julio con toros de César Moreno, como la del día 12 con cuatreños de Osborne, nos confirmaron que las relaciones entre el gaditano y la masa social de los tendidos habían tocado fondo. Paquirri se despidió de Pamplona, saliendo por la puerta falsa y comportándose como un profesional mediocre y quizás preocupado por su situación familiar y su ideología política. En realidad, había emparentado con un clan de la rancia extrema derecha andaluza. Francisco Rivera siguió activo y en la cresta de la ola hasta su trágica y heroica muerte el 26 de septiembre de 1984. El toro Avispado , de la ganadería de Sayalero y Bandrés le envainó dos cornadas que a la postre resultaron letales, debido en gran parte a los servicios tercermundistas de la enfermería de Pozoblanco y a la no menos carretera infernal que enlazaba el pueblo serrano con la ciudad de Córdoba. El torero aguantó su agonía como un jabato hasta los aledaños del Hospital Militar de Córdoba. Descansa en paz, torero.


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