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Al fín cuento la esencia de San Fermín

JAVIER VILLAN

Publicado en El Mundo el sábado 12 julio 2009

  • Jandilla / Liria, El Cid y El Fandi.
    Seis toros de Jandilla, desiguales de juego y de presencia. Con más kilos que trapío y cabeza. Pepín Liria: oreja (media lagartijera) y silencio (estocada). El Cid: silencio (estocada y dos descabellos barrenando) y ovación tras aviso (cuatro pinchazos y estocada). El Fandi: oreja (media estocada) y aplausos (estocada). Plaza de toros de Pamplona, séptimo festejo, lleno en tarde nublada.

PAMPLONA.- Yo no soy de Pamplona, que conste, pero en Pamplona, en Sanfermín, hay algo que abduce. Esta es la madre del cordero, el meollo de los Sanfermines: la abdución recíproca. Por ejemplo, Pepín Liria. Pepín Liria está abducido por Pamplona y Pamplona se deja abducir por Pepín. «¡Pepín, Pepín, Pepín…!» Ese es el grito de guerra, la abdución. No sé qué será de Pepín Liria cuando no pueda venir a Pamplona y tampoco sé qué será de esta plaza sin Pepín Liria.

Pepín lloraba por dentro, luego lo hizo por fuera

Pepín lloraba por dentro, luego lo hizo por fuera (Silvia ollo)

Ayer el murciano decía adiós y, frente al entusiasmo histérico de los tendidos, a mí me atenazaba la garganta un sentimiento de melancolía. Echaré de menos a Pepín Liria y, sobre todo, en Pamplona. Esta es la cuestión: la realidad y la apariencia, la realidad y el deseo. Esa es la cosa. Esa es la Feria del Toro y ésa es también la cuestión de la obra de teatro que citaba ayer radicalmente entroncada con Pamplona y que vuelvo a citar hoy, Sí, pero no lo soy.

La apariencia y la realidad suelen ser el equivalente al ruido y a las nueces. Nueces, pese al orfeón de despedida, fue ayer la primera faena de Pepín Liria; y ruido, sin nueces, la oreja del primero a El Fandi.

La asimilación de esa realidad dúplice -los ruidos, las nueces, las orejas, los pañolicos, etcétera, etcétera- es lo que a mí me ha permitido seguir vinculado a Pamplona el año pasado, gracias a Alfredo Sanzol, a quien no conozco. Cada vez que, como espectador, me he metido en el camarote de su trasatlántico, me he sentido patriota sanferminero. Si yo fuera doña Yolanda Barcina, alcaldesa de Pamplona -posibilidad no sólo remota, sino imposible- nombraría a Alfredo Sanzol hijo predilecto de esta gloriosa ciudad.

A Pepín Liria, en su segundo, se le acabó la realidad y el mito: ya no suena el «¡Pepín, Pepín, Pepín…!», sino que un largo y hondo silencio acompaña su retirada al callejón. No importa; para mí da lo mismo. Sé que Pepín Liria es un icono de esta plaza y se lo ha ganado a puro huevo: a cornadas y a majeza. Va por usted y de paso, va también por otro murciano ilustre de la pintura que se llama Pepe Lucas y que lo admira a usted.

Y ya va siendo hora de que explique, de una puta vez, cuál es la obra de teatro, el pequeño sketch, que a mí me ha mantenido vinculado a Iruña todos estos meses. Nota informativa al margen del teatro: han salidos dos zambombos de Jandilla, cuarto y quinto; la gente no le da demasiada importancia pues sigue dale que te pego a la merienda y la corrida sigue.

Lo que yo quería transmitir y transmito en resumen y de la mano de Sanzol es la historia de un mozo pamplonica perdido en alta mar un 6 de julio de cualquier año.

Saca a escondidas un pañuelo rojo, abre una botella de cava, llega su mujer y, apresuradamente, el hombre lo esconde todo: discusiones. Al fin, la mujer rendida y añorante proclama textualmente: «Hay algo en Pamplona que hace que la gente se convierta a una religión extraña. Los Sanfermines no son una fiesta. Lo he sentido y he sentido su dolor. Delante de él [su marido] no puedo decirlo pero hay algo que se mete en no sabes dónde si el 6 de julio no estás en Pamplona (…). Es un dolor de animal herido, el mismo dolor que siente él. (…) Lleva 16 años corriendo el encierro y mañana, en lugar de toros, verá mar. Podría volverse loco.»

Esa es la cuestión. Entre mar y toros hay un abismo; entre muletazos como Dios manda, que fueron algunos de El Cid en su primero, y carreras de atleta banderilleando, va un abismo. Con todo, no hay que cogérsela con papel de fumar, pues este séptimo festejo de la gran Feria del Toro tuvo sus momentos de diversión. A mí, por ejemplo, me pareció muy divertido que El Fandi se fuera a no sé qué burladero del callejón, pidiera una gorra no sé si roja o verde y con ella en la mano, después de unos chapuceros pares de banderillas, diera salida al toro. Yo lo lamento por mi amigo Pedro María Azofra que siempre me invita a maravillosas comidas con maravillosos comensales y contertulios y que admiralas banderillas de Fandi. Respeto tanto la opinión de Azofra que el día que vea a Fandi banderillear al cuarteo sin jeribeques ni leches, lo invitaré yo a comer y a toda su tribu de grandes aficionados. Pero como sé que eso no va a ocurrir nunca dejemos las cosas como están.

Resumiendo, los Jandillas mal; y los toreros, pese a esas dos orejas con las que intentamos justificar siempre el saldo de una tarde, también mal. Le pido a Azofra que utilice su diplomacia para que su amiga Yolanda Barcina declare de interés pamplonica la obra citada de Alfredo Sanzol. No todo va a ser Hemingway en esta gloriosa ciudad.

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Una respuesta a “Al fín cuento la esencia de San Fermín”

  1. […] Sanzol es un dramaturgo navarro al que Villán dedicó extensas referencias en sus crónicas sanfermineras del año […]

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