Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Dos mujeres de bandera, Alfonso Navalón

Alfonso Navalón

Artículo publicado en Tribuna de Salamanca el 23/12/98

Ordóñez era un ídolo en Pamplona. Cuando los dirigentes de la Casa de la Misericordia ‘inventaron’ la feria del Toro, no daban un paso sin contar con el rondeño que siempre tuvo gran fidelidad a las fiestas de la capital navarra, asistiendo todos los años, incluso cuando estuvo retirado. Ordóñez corría el encierro todas las mañanas, bailaba en las peñas con los mozos y vivía intensamente todo lo relacionado con estas fiestas singulares. Siempre tenía reservada la misma habitación en el viejo hotel Yoldi.
El año pasado coincidiendo con los Sanfermines,
Navalón publicó esta crónica que reproducimos ahora como testimonio de las abiertas vivencias del gran torero en Pamplona.

Alfonso Navalón y antonio Ordóñez (foto: ¿Gómez?)

Alfonso Navalón y antonio Ordóñez (foto: ¿Gómez?)

Serían las nueve de la mañana del mismísimo día de San Fermín y corría el año de gracia de 1964, cuando nuestro invicto caudillo, dejaba parte del poder conferido por la gracia de Dios, en las santas manos del Opus Dei, partido político, dedicado piadosamente a la multiplicación de sus bienes terrenales, como actividad principal dentro de sus destinos religiosos. Acababa de terminar el encierro y ya habíamos dado cuenta de las magras con tomate del almuerzo con los pastores de la Casa de la Misericordia de Pamplona. Aquel año estaba retirado Antonio Ordóñez y veníamos de torear el festival de Medina de Rioseco , donde con ese afán de conocerlo todo, salí de banderillero con el rondeño.

Parábamos en el viejo hotel Yoldi y como era la primera vez que iba a los Sanfermines, Antonio puso especial interés en enseñarme todos los secretos de las fiestas. Y a punto estuve de pasarlas enteras en el hospital porque un toro del Conde de la Corte me tiró una cornada con tanto temple que metió el pitón por el bolsillo del pantalón y se desparramaron por el ruedo los escasos caudales que llevaba. Fue un milagro. Ni un rasguño y los mozos me devolvieron hasta la última peseta rubia. Ordóñez hablaba mucho del baile de la alpargata del Casino, donde se reunían las chicas de la alta sociedad. Estábamos esperando en la terraza del hotel La Perla, donde vivía “Heminguay” y nos quedamos dormidos sobre la mesa al frescor de la plaza del Castillo.


Caer profundamente dormido entre tanto barullo es otro de los milagros de San Fermín. Abrí los ojos y en la mesa de al lado había dos mujeres de impresionante trapío. Una morena, completamente vestida de blanco y una rubia, esplendorosa vestida de negro.
Así que cometí la irreverencia de despertar al maestro: ¡Antonio, sin sortear! La que tú no quieras me la quedo yo. Y se puso a filosofar: “Mejor tratarlas un poco y ya nos iremos acoplando, que hay mucho tiempo por delante”. El torero se las quedó mirando y dijo que sí; que nos íbamos a llevar la mejor de la feria. Luego me dio otra lección de templanza:
No les digas nada ahora, que ellas ya se han dado cuenta y dentro de un poco entrarán solitas . Estas mujeres tan guapas están acostumbradas a que se les vengan los hombres como moscas y no conviene impacientarse. Así que las llevamos al baile de la alpargata y quedamos a la hora de la corrida para luego ir a cenar juntos. Las dos italianas se lo pasaron en grande viendo los toros; luego nos fuimos a bailar con las peñas y a cenar fuera de Pamplona a un caserío junto a uno de esos ríos de cristal que bajan del Pirineo.

Comimos pochas, cangrejos y truchas pescadas esa misma mañana. Y nos plantamos de limpio en el Club de Tenis más encelados que un galgo detrás de una liebre. Bailamos lo suelto, las joticas y el twist que entonces hacía furor y cuando la orquesta empezó con los boleros nos fuimos al cuerpo a cuerpo cuando tocaban aquello de ‘por el camino verde que va a la ermita’. Pero aquello empezaba a mosquearme. No habíamos logrado separarlas, y ahora la rubia no me daba facilidades para juntar la carita . Ni se ponía mimosa, y cuando traté de apartarla disimuladamente hacia los jardines que hay detrás de la piscina, no hubo manera. Siempre tenía que estar cerca de la morena y mientras bailábamos las veía mirarse, reírse y hablar entre ellas.

así que me entró un mosqueo que no es para contarlo. Maestro, creo que no nos hemos llevado las más guapas, ¡nos han tocado las dos tortilleras de la feria! Ordóñez estaba llevando la lidia sin ningún entusiasmo y de pronto se echó a reír estrepitosamente: Ya me di cuenta cuando estábamos cenando las truchas, pero como te veía tan entusiasmado, ¡no quería quitarte la ilusión !. Han pasado ya treinta y tres años desde entonces. Antonio y yo estuvimos muchos años sin hablarnos. Luego hicimos las paces y una tarde cuando toreaba su nieto coincidimos en el callejón de la plaza de Cáceres y nos pusimos en el mismo burladero a comentar la corrida. De pronto, el rondeño se echó a reír con mucha guasa: ¿Te acuerdas de las dos bolleras que nos putearon en Pamplona? .

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