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El amargao, el grullo y el pelmazo en los toros, de Jose Maria Iribarren

Relato costumbrista de José María Iribarren, Año 1947

Publicado en el libro Sanfermines , Colección Diario de Navarra, Pamplona 1970

Entre la muchedumbre variopinta que llena los tendidos de las plazas de toros, suelen verse tres tipos fácilmente identificables: el amargao, el grullo y el pelmazo.

Los tres abundan mucho y se encuentran tan bien repartidos, que yo calculo que a cada quince espectadores de la especie corriente corresponde o un amargao, o un grullo, o un pelmazo. Llamo amargao a ese individuo suficiente, exigente y bilioso, que va a los toros a robar la ilusión de la fiesta a los modestos aficionados y a los honestos espectadores con sus reparos despectivos y sus salidas de mala sombra. Es el gachó que se las da de estar al cabo de la calle en todos los secretos de la fiesta:

-¡Qué me va usté‚ a contar! A mi no me la dan con queso ¿de qué? ; si estoy hinchao de ver corridas. A mi de toros ¡vamos, hombre!

Es ese el tipo que cuando sale un toro, lo que se dice un toro, y el público se asombra de su estampa, comenta displicente :

-Es un novillo grande.

Es el que grita al torero de fama cuando nos está de suerte:

­¡Fenómeno!

­¡Prensa, mucha prensa!

Para hacerle saber que ni es torero ni Dios que lo ha visto; que vive de los cuentos que escriben, de los cuatro plumíferos mercenarios.

El amargao a todo pone peros y reparos:

-Baila mucho. No templa. Es codillero. Posturitas, na más. Está muy verde con la muleta.

¿Que el diestro no se arrima como él quisiera?

-Es una bailarina; un ventajista.

¡Pero amigo!, cuando se arrima tanto que el toro acaba por cogerle y enviarlo a la enfermería, dirá que es un chalao que no sabe de toros, un suicida que se estaba metiendo en el terreno del bicho. Cuando el torero consigue completar una faena de muleta, le objetará, si el toro no es de arrobas :

­¡Ya podrás! ¡con un choto!

­Eso con toros de cinco años!

Y cuando el bicho es grande:

-Si está muerto! ­ Te lo han matao los picadores!

Es el fulano que da consejos de maestro machucho al, espada:

-Bájale la cabeza. Con la izquierda. Más cerca.

-¡No te tires, que no está cuadrao!.

Es ese, en fin, que todos habéis visto muchas veces. Ese mala uva que cuando el matador emocionado, sonriente y feliz está dando la vuelta al ruedo con una o dos orejas en la diestra, se pone en pie para decirle inexorable :

­¡No! ¡No! ¡No! con la cabeza y con la mano.

Si el aguafiestas es el que más sabe de toros en este mundo, el grullo, por contraste, es el que nada sabe ¡ni le importa! y presencia la lidia con una dulce ingenuidad aldeana.    Es el paleto clásico que ha caído -procedente de un guindo- en la plaza, como pudiera haber caído en el circo a la función de tarde; el buen hombre que a mitad de corrida se descuelga indagando quién es el matador, porque lo ha confundido con un banderillero; el que siempre se indigna  ¡qué es eso! – cuando el clarín da la señal reglamentaria de que el morlaco está fijado para que salgan los picadores; el que siente por ‚éstos un odio insano ¡sinvergüenzas, bandidos!, suponiendo que la suerte de varas es una tolerancia criminal, algo que clama al cielo; el que silba esas varas que entusiasman al entendido; el que aplaude los pares más vulgares de los peones; el que exige banderillas de fuego porque no ha visto nunca ponerlas y ¡amigo!  ¿quién se pierde la novedad ? ; el primero que pide música con vozarrón de trueno; el que aplaude a rabiar los rodillazos, retorcimientos y tocaduras de pitón de las malas faenas;

el que exclama y lo ha degollao cuando el toro, herido en las mismísimas agujas, tose un hilo de sangre; en fin, el que de nada entiende y todo lo confunde y se asombra o indigna a descompás de todo el mundo.

Pero existe otro tipo intermedio entre ambos, mezcla de aguafiestas y grullo, de entendido e ignorante, y es el gritón de mala pata, al que yo califico de pelmazo, porque, consciente de su misión, va a los toros a dar la murga y la pelmada a sus vecinos de localidad.

El pelmazo es un tío que se cree un castizo de la fiesta y un viejo aficionao, porque ve al año cuatro o cinco corridas.

Para él. una corrida sin puro, sin protestas, sin voces destempladas y sin sandeces en alta voz, no merece la pena.

El pelmazo parece deciros:

– Vengo a los toros a chillar y afilar cisco, que pa eso pago.

Claro que uno podría replicarle:

– Yo también pago; pero he pagado por ver la lidia, no por oír estupideces.

El pelmazo lo conocéis todos tan bien!, es ese ciudadano que viene del café, de fumarse dos puros, de beberse sus buenas copas de coñac, de discutir acaloradamente con los amigos.

Entra en la plaza con una euforia enorme y un rebrillo de alcohol en los ojos. Se instala en su localidad, se despoja de la chaqueta, y:

-Vamos a ver qué‚ nos dan hoy -dice pegando una chupada a su puro apestoso.

Vuelve la vista a un lado y otro, en busca de una cara conocida:

-¡ Qué vida, chico !

-Ya ves; por aquí a pasar el rato!

Alza su testa al cielo :

-Se ha quedao buena tarde. Si no se nos estropea…

Poco después, dirigirá sus ojos al reloj de la plaza:

-¡ Señor presidente; que ya es la hora!

Con estas y otras frases de cajón, el pelmazo cree haberse ganado la simpatía y el afecto de cuantos le rodean.

Cuando salen al ruedo las cuadrillas -¡ sentarse! – se arma el lío con los toreros:

-¿Parrita es el del centro?

-No; el de allí.

-Ahí está Dominguín, ¡olé tu madre! -Pero si Dominguín no torea hoy…

El pelmazo, aun cuando no conozca a toreros – ¡qué más dará!, se dispone a presenciar la corrida como si los tres o los cuatro matadores se hubiesen vestido de luces sólo para ‚él ¡sí señor!; como si ‚ sólo actuara! hubiese pagado con sus diez o sus doce duretes los honorarios de las cuadrillas y tuviera derecho a exigir -‚l solito ­ pues no faltaba m s !- como toda la plaza.

Cuando desfilan los toreros, parece amonestarles:

-¡A ver si os portáis bien y os jugáis las arterias como los bravos! Si no me vais a oír!

En realidad, él va a la plaza a divertirse, no con la fiesta en sí, sino a divertirse ‚él creyendo divertir a los demás. El pelmazo se erige en actor más que en espectador, porque pienso que la corrida no sería corrida sin sus gritos, sus gracias, sus broncas y sus comentarios.

Pero ¡atención señores! ; ya está el toro en la arena. Si se revuelve a los primeros capotazos del peón de confianza:

-¡Dobla bien! ¡dobla bien! gritará satisfecho, como para indicar al matador que no tenga cuidado con el bicho. Acto seguido increpará al peón:

-¡Con una mano! ¡Con una mano!, para hacer ver a todo quisque que se sabe al dedillo el Reglamento, a la hora de las verónicas, nuestro hombre suele sentirse bastante grullo :

-¡Cómo templa! ¡Eso es bajar la mano!

Corea con olés estentóreos los lances más distantes y vertiginosos.

Ya sonó el clarinazo que extraña tanto a los paletos. Ya están aquí los picadores. Si el reserva es un viejo, nuestro vecino habrá de saludarle con un ¡ adiós, abuelo!, lleno de tierna familiaridad.

Si el picador es de los gordos y macizos, hará el eterno chiste: ¡Anda, que estás de buen año! ¡Para este no hay racionamiento!.

Luego, cuando el reserva, lleno de miedo, se ponga en suerte, le compadecerá riéndose :

-¡Pobrecillo! ¡Dónde vas a ir! ¡Te veo en globo!

A cada estupidez, mira de reojo a sus alrededores, pensando que ha hecho gracia. Nunca falta una buena mujer, un grullo o un ingenuo que le ría una de ellas como inédita.

Es lo peor que puede suceder, porque el pelmazo, como el toro que es bravo, se crece. Ha encontrado su clima.

Vedle ahora vociferando, rojo de iracundia :

-¡Menos vara! ­ No barrenes, bandido! ¿Cuánto te pagan por matar al toro?

A uno que no sepa de toros, los apóstrofes del pelmazo en la suerte de varas podrían parecerle expresiones de loco, incoherentes y absurdas. Allí mismo, si se viese y oyese en película, horas después de la corrida, le darían risa o vergüenza:

-¡Esos monos! ¡Barrena más canalla! ¿Otro más? ¡Presidente! ¡Que estás en orsai! La carioca, eh?, ¡Me alegro!, ¡Ojalá te mate!

Ya os supondréis que esto último lo dice, radiante de alegría, en el momento del talegazo.

Si durante este tercio, como suele ocurrir cuando el toro es difícil, se arma barullo y confusión entre caballos, monos, peones y matadores, el pelmazo tiene la obligación de alzar los brazos, al tiempo que profiere tres expresiones tan vetustas como la catedral de Burgos:

-¡Qué‚ lío! ¡Vaya capea! ¡Esto es un herradero!

Si el toro sale suelto de la pica y el matador culpable del barullo trata en vano de atraérselo, el pelmazo le gritar: -¡ Que no te quiere ni ver¡ ­ ¡Que no quiere nada contigo!

Hace cuatro o cinco años, en todas las corridas de una feria famosa, tuve detrás de mí un pelmazo de estos que, cada vez que el toro le rasgaba la capa a un lidiador, exclamaba:

-¡Noventa duros! para que todos nos admirásemos de que supiera el precio de un capote de brega. Lo que sabe esta gente !

Pero ya los clarines han dado la señal. Segundo tercio.

En esta fase de la lidia, la primera palabra de cajón que posee en su acervo nuestro simpático personaje es la de :

-¡Maestro! ¡Maestro! con la que trata de adular al espada para que coja los palitroques.

Si el maestro toma los palos y se dispone a dar saliva a los arponcillos, el pelmazo suele hacer un alarde de experiencia taurómana y, dirigiéndose a la Banda, la increpa, imperativo y chulapón:

-A tocar, jornaleros, que pa eso os pagan!

Cuando el diestro se dirige hacia el toro, si el diestro es mejicano ­ ¡ya se sabe! el pelmazo de turno, fingiendo un deje azteca aprendido en los discos y en el cine, le jalear:

-¡Ándele, manito! ­ Vamos a ver, manito! ¡Cuidao manito!

Si son los peones los que parean y las pasan moradas para clavar, nuestro gritón subrayará su pánico, gritándoles:

– ¡El miedo es libre! ¡Que te tira un cuerno! ­ A la media vuelta!, y cuando ocurre que las banderillas quedan clavadas en lugar muy distante del real señalada para la suerte, soltará la manida disculpa :

¡Déjalo todo es toro!

Tercio final. El matador, tras de doblar la espada contra la barrera, toma los trastos, la montera, y se dirige con paso firme y resoluto en busca de la Presidencia. Es el momento en que el pelmazo debe decirle -es su deber  caramba- con acento flamenco:

Vamo a ver si de verdad!

Después del brindis, le vendrán a la boca frases de ánimo como éstas:

-Al toro, que es una mona! ¡Ahí tienes toro! ¡Anda, que es una perita en dulce !

Ahora bien; si le tiene hincha el diestro, cuando éste vaya en busca del morlaco, se sentirá lechuza y hará:

¡Chssssssss! ­Chssssssss, imponiendo un silencio de expectación para coaccionarle o zaherirle.

Supongamos ahora que no le tiene hincha al torero y que ‚ste se dispone a hacer faena sin ayudas del peonaje.

Veréis entonces al gritón imitar sus mandatos con acento andaluz: .

¡Dehalo! ¡Dehámelo zolo! ¡Fuera tó er mundo! ¡Taparse!

Si el diestro logra su faena entre los oles y los aplausos de todo el respetable, al gritón nunca le falta un diestro desgraciado a quien herir en su amor propio, ordenándole :

-¡Aprende¡, ¡aprende!, aun cuando el aludido nada tenga que aprender del que está toreando.

Si la faena toma mal cariz, el pelmazo se pone muy cargante:

– ¡Que nos aburrimos! ¨ ¿Quién torea a quién? ¡Arrímate, que no muerde!

y si la cosa se pone peor, le veréis sulfurarse, convertido en bronquista :

-¡Bailarina! ¡Maleta! ¡A cavar!‚¡Al pueblo!

Para el cuarto pinchazo, se alzará de su asiento y braceará como un demente, dirigiéndose al palco presidencial:

-A ver cuando le damos el aviso  si el torero se aflige, le escupirá implacable :

-¡Anda, que pa eso cobras!, ¡Si cambia de estoque!:

– ¡Coge la envenená! Si arrea un golletazo :

-¡Ya lo ha cazao!

Si intervienen los peones:

-¡Enterradores!, si el toro cae, y el matador termina de sufrir:

-¡A cobrar, sinvergüenza!

De esta manera, nuestro personaje va glosando con sus frases manidas y sus tópicos de cajón, con sus gracias idiotas y sus apóstrofes de prendería los incidentes de la fiesta, para tormento ajeno y regocijo propio, porque  que cuerno ¡a los toros hay que ir alegre y bien bebido, a gritar y armar bronca. ¡Eso es lo clásico, lo castizo!

A la terminación de las corridas debía establecerse un servicio de lavado de oídos, para que los espectadores del montón y los humildes aficionados nos desprendiésemos del tímpano ese bolo de basura castiza que nos ha ido metiendo dentro de las orejas el pelmazo de turno.

José María Iribarren

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