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La esencia de la tauromaquia en Pamplona, Manuel Sagüés

Manuel Sagüés

Publicado en la Revista del Club Taurino de Pamplona, año 2002

El toro, los toreros y el pueblo conforman el reparto de uno de los espectáculos más singulares del mundo: las corridas de San Fermín.

Las funciones de la Feria del Toro crean cada tarde un foro único, por democrático y genial. Un reducto donde la esencia de la fiesta se entiende y vive con suma intensidad. Una fiesta que es fiel reflejo de la idiosincrasia de nuestro pueblo, de su cultura y más amplio espectro social. Un encuentro donde se custodia celosamente el origen de la fiesta: el toro, el totémico bos taurus, y la libre emotividad del pueblo. El toro con hondo trapío, ese “toro de Pamplona”, como se le conoce en los mentideros taurinos, es el actor principal, pero esa singularidad sanferminera queda inevitablemente abrochada a la perfección con dos secundarios: los toreros y el mocerío de peñas y solanera, que son la máxima expresión de la popularidad, sin desdeñar a otras gentes del pueblo llano que llenan otras gradas y andanadas.

Y en esta película sin parangón cobra un protagonismo especial la relación de amor-desamor entre toreros y mozos. Una relación vehemente de polos opuestos en ocasiones y de cruda indiferencia al optar el espectador, ante falta de conmociones somáticas, por la inherente querencia a las tan variopintas como exquisitas viandas y cazuelas. Una sabia y justa irreverencia muy mal entendida por muchos taurinos de pro (los del clavel que entienden los toros como una fiesta elitista), aunque también es justo reconocer que existen cosas a erradicar, como los lanzamientos desde la andanada y los estridentes y desacompasados trompetazos y bombazos en momentos cruciales de la lidia. La juerga, dentro de la fiesta, también tiene cánulls que exigen que la pureza y la gracia logren el embroque con el tiempo sin citar fuera de cacho.

No entender a la plaza de Pamplona es desconocer el origen y la propia esencia de la tauromaquia. Esos secundarios que beben y cantan indiferentes o que “olean” sin cotejo a la bravura del toro y a la entrega del torero, saben muy bien de qué va la historia. Muchos de ellos han sido y son toreros. Alguno, incluso, ha templado con sus zapatillas sobre el adoquín la carrera matutina de esos mismos toros a los que los coletudos lidian en el ruedo.

El mozo actual de las peñas de Pamplona es el mejor exponente. Son personas que saben de tauromaquia popular, son buenos catadores de tauromaquia profesional y, por tanto, saben mucho de la fiesta. En realidad no hacen nada nuevo, ya que practican las mismas y variadas liturgias festivas que desde tiempos ancestrales dan a los toros un carácter cultural único e irrepetible. A ello hay que añadir el sentimiento de participación activa en unas hondas tradiciones que arrancan de las propias raíces de nuestra tierra: Navarra, ese Viejo Reyno pirenáico que ha sido cuna de ganaderías legendarias, de innumerables suertes de toreo popular y de los primeros matatoros profesionales.

En el conocimiento y la pareja experimentación de emociones entre mozos y toreros está, en buena parte, la explicación al arcano de la fiesta. De hecho, un buen número de diestros de alternativa no ha querido obviar la emoción del encierro pamplonés con el propósito de llegar conocer en toda su amplitud la popular esencia de la tauromaquia.

La relación entre la solanera y los toreros es tan larga como las propias fiestas de San Fermín. Desde que las Peñas acudieron de forma más organizada y masiva a las corridas de abono de la Feria del Toro surgieron relaciones especiales, unas amorosas y otras más tortuosas, algunas de las cuales tuvieron caminos de distinto pelaje.

LOS OLÉS DE PAMPLONA

Que Pamplona y sus gentes entienden de toros y de emociones se constata sin duda en el carácter amplio y variado de sus olés:

1. Los “olés” monumentales

Juan Antonio Ruiz Román “Espartaco” llegó joven y arrollador en la década de los ochenta a la Monumental de Pamplona. Labró su carrera hincándose de hinojos ante las corridas más toristas. Las peñas le reconocieron su sonriente entrega y valor.

Se hizo figura y no obvió esta plaza y sus toros (incluso lidió reses de Conde de la Corte en 1993). Espartaco habló siempre con emoción de los “impresionantes olés de Pamplona”. En verdad, son olés estruendosos, monumentales, inigualables, de generosa y premeditada musicalidad y sin solución de continuidad bajo la batuta de las Peñas.

Esos olés vibrantes brotaron con la labor de otros toreros, pero nunca tan fuertes como con la infinita conjunción que protagonizaron César Rincón y los toros Fresón y Marcado (ambos de la divisa de Marqués de Domecq) en el primer lustro de los años 90. Ese cite de lejos y cruzado del diestro colombiano, y ese galope bravísimo y elegante de aquellos toros, escribieron una de las páginas más bellas de la historia del coso pamplonés. Nunca mejor dicho, la plaza pareció venirse abajo.

Son olés monumentales que salen de gargantas embriagadas por la emoción de la fiesta en las que son indudables protagonistas la bravura del toro y la entrega y dominio del torero. En la década de los 70 hubo otros olés de este calibre que paralizaron las fiestas en faenas memorables de Santiago Martín “El Viti” y de Antonio José Galán.

Es conveniente añadir que la grandeza de estos olés viene también inexorablemente unida a la monumentalidad de la plaza de toros de Pamplona que alberga llenos todos los días de feria con la asistencia de 20.000 espectadores. La plaza pamplonesa es la segunda en capacidad de Europa y la cuarta del mundo.

El orden es el siguiente: Manumental de México DF (45.000), Valencia de Venezuela (29.000), Las Ventas de Madrid (23.500) y Monumental de Pamplona (19.721).

2. Los”olés” más sentidos

El mejor representante y demoledor argumento para mostrar que la plaza de Pamplona reconoce el toreo caro, el de sentimiento, enjundia, duende y pellizco es la persona de Emilio Muñoz. El propio diestro de la trianera calle Pureza ha manifestado en repetidas ocasiones que las dos plazas que mejor entendieron su toreo, impregnado de gran hondura y sublime arte, fueron las de Sevilla y Pamplona.

Muñoz, coetáneo de muchos de los mozos actuales de las peñas, es, además, el torero que mejor representa la evolución taurina de muchas personas que asientan sus posaderas en el tendido de sol desde finales de la dictadura franquista. Muñoz triunfó con rotundidad en Pamplona a los 18 años (ahora tiene 40), haciendo tronar esos olés monumentales que corresponden más a esa época joven y arrolladora. El poso y la madurez del sevillano, sin embargo, fue año a año haciendo cultivar en los aficionados un sentimiento más íntimo, más personal, en las que la pureza y la hondura del arte fue penetrando cual barroca y barrenada carioca. Cada tanda de naturales, cada media belmontina de remate, fueron asentando ese otro olé, ese que no se piensa ni se grita ni se acompasa, sino ese que lo improvisa el sentimiento. Y para eso no hay que saber mucho del argot taurino. Pregúntenle, por ejemplo, a alguno del Muthiko sobre esos zurdazos de Muñoz.

Estos olés sentidos unen sin distinciones al sol y a la sombra.

Este unísono olé tuvo su máxima expresión el 14 de julio de 1999 en una solemne faena de José Tomás.

A los más jóvenes del sol les cuesta un puñado de años coger cierto poso, ya que sus conductas son propensas a otros derroteros más lúdicos y anárquicos que ofrece la fiesta. Aún así, a la tercera tanda que el de Galapagar recetó ese día al último toro de la corrida y de la feria, hasta a los más ajenos al ruedo se les congeló el desmadre.

DE “ERES COJONUDO” A “VETE Y NO VUELVAS”

Además de la música popular o de actualidad, las peñas han divulgado como nadie, con originalidad, humor y picardía en la mayoría de los casos, y con crudeza, crítica y reivindicación social y política en otros, el devenir de la vida de nuestra tierra. Su música, letra e interpretación llena a nuestra plaza de color y de irrepetible carácter. Además de muchas referencias a personajes populares (Indurain, Osasuna…), la solanera ha tenido muy presente las distintas circunstancias que rodean la labor e, incluso, la vida personal de los toreros. Cabe recordar entre otros muchos “el Susanita tiene un ratón chiquitín…” que la mocina entonó a principios de los años 80 para mostrar la disconformidad con el escaso trapío de algún toro, que no se correspondía a la categoría torista de Pamplona; o en el mismo sentido, el “manos arriba, esto es un atraco”, en referencia a la invalidez del ganado. Y, por otro lado, en lo personal, el “que buena está tu suegra” que se corea a Francisco Rivera Ordóñez en recuerdo a lo poco agraciada que es su suegra; o el “que buena está Rocío”, a Ortega Cano en referencia a su mujer.

Pero, normalmente, las peñas han coreado y musicado a los toreros por su hacer en el ruedo. Se les ha elevado a la categoría de “torero de Pamplona” por su valor y entrega. Esta categoría que otorga la solanera con rotundidad, mentando de forma repetida el propio nombre del espada, la suelen buscar sin disimulo muchos toreros llevándose a su oponente al tercio correspondiente a los tendidos 5, 6 y 7. Pero esa etiqueta no se logra con facilidad: además de corazón hay que tener cabeza. En los últimos años han adquirido ese valor, entre otros, Pepín Liria y Juan José Padilla. También fue un “torero de Pamplona” Francisco Ruiz Miguel, querido por todos los sectores de la plaza, pero que empañó en parte este cariño y el récord de actuaciones en esta plaza por su desafortunada reaparición en 1991. Hay otros toreros que han logrado ese favor en momentos puntuales: viene a la memoria un triunfo de Manuel Ruiz “Manili” ante una miurada, o antes, en 1959, cuando los mozos, todavía sin el predominio del blanco en su indumentaria, enarbolaban las típicas botas de vino al sacar a hombros por la puerta grande y llevar de esta guisa hasta el hotel a Dámaso Gómez tras un rotundo triunfo.

Sin embargo, las expresiones que mejor resumen los viajes de ida y vuelta de toreros, el amor y desamor de las peñas y de la afición, y las que mejor otorgan y quitan son los pareados:

“Fulanito, fulanito, fulanito es cojonudo, como fulanito, no hay ninguno”;

y “vete y no vuelvas, vete y no vuelvas, vete y no vuelvas, cacho cabrón”.

Pareados que han caído en desuso, pero que mejor han calado en interpretación y recepción.

Los más claros exponentes de la amplitud de estos cánticos han sido Antonio Ordóñez, Santiago Martín “El Viti”, Antonio José Galán y Luis Francisco Esplá.

Los “es cojunudo” más impresionantes se los dedicó la solanera a “El Viti” al cuajar varios toros al natural y con la espada en los últimos años 70. Pero también se llevó el más atronador “…cacho cabrón” en 1979. El salmantino ya no volvió más. En el recuerdo ha quedado mejor sellado lo de “El Viti es cojonudo”, no sólo por la indudable calidad profesional del protagonista, sino también por lo que se repitió en lo sucesivo ese novedoso pareado cantado, aunque este ya se utilizara en esa época para ensalzar a otro diestro apodado “El Bala“.

Los tristemente fallecidos Antonio Ordóñez y Antonio José Galán también vivieron esta experiencia, aunque con menor crudeza. Ordóñez, ídolo de la afición pamplonesa durante dos décadas tuvo una relación íntima con los Sanfermines, fiesta que vivió de cerca a través de la Peña Oberena (su nieto Rivera Ordóñez sigue manteniendo relación con miembros de Oberena y, como su abuelo, completa su bagaje taurómaco corriendo en ocasiones el encierro). Por su parte, Galán, que rompió todos los esquemas en la inolvidable miurada de 1973, en la que cortó cuatro orejas y un rabo bajo un diluvio tras entrar a matar sin muleta, sufrió una fuerte reprimenda en su última comparecencia. Pero nadie le echó ninguna cuenta -al contrario- cuando el pasado verano murió en un accidente de circulación. La misma mañana de su muerte, en la plaza de toros de Bayona me manifestó que los momentos más grandiosos y emotivos de su vida profesional los había vivido en Pamplona al cobijo de la mejor afición del mundo

Un caso especial en este grupo de toreros “pareados” está siendo el de Luis Francisco Esplá. El alicantino logró esa etiqueta antes comentada de “torero de Pamplona” desde comienzo de los años 80. Triunfó, llegando a cortar un rabo, pero se le despidió en 1987 con un “vete y no vuelvas…” tras una tarde muy desafortunada en la que se enfrentó a los mozos de sol. Esplá juró que no volvería a Pamplona nuca más en su vida. En 2001, tras un intento fallido en 2000 a causa de una lesión, volvió tras 14 años de ausencia. Los mozos de las peñas, muchos de la misma edad y con memoria, le dieron una lección al alicantino: no le guardaron rencor a pesar de lo sucedido en su tiempo y de que el torero declarara que sólo volvía a Pamplona por el “vil metal”. Esplá reapareció con mal ganado, pero se justificó y dejó detalles de su torería. Desde las peñas se le aplaudió, demostrando una vez más que muchos mozos saben de toros, de toreros y de estar en su sitio.

Otros muchos han sido los toreros que han salido de la plaza soportando las iras, más o menos rimadas o musicadas, del respetable tras desafortunadas puestas en escena.

Los más veteranos de las peñas seguro que recuerdan el haberle lanzado a Manuel Benítez “El Cordobés” una almohadilla de las miles que inundaron el ruedo en 1963. En la misma corrida le cantaron al diestro cordobés desde el tendido con la letanía de la lotería y de los niños de San Idelfonso las 600.000 pesetas que se comentaba había cobrado por su actuación. (Fernando Pérez Ollo desvela en su libro “La plaza de toros de Pamplona 1922-1997”, que en realidad “El Cordobés” cobró esa tarde un millón de pesetas)

La Peñas son el alma de la plaza de toros de la Vieja Iruña, que es el recinto más luminoso del planeta taurino. Las peñas viven la fiesta en su más pura esencia. Disfrutan de la amistad, de la juerga, echan el “olé” que corresponda, reprenden la falta de argumentos ganaderos y la comodidad de las figuras, y se entregan, premian y perdonan con la intrínseca generosidad que caracteriza a los hombres y mujeres de esta tierra. Que lo vuelva a decir Galán desde el cielo o que se lo pregunten a muchos toreros menores como Valderramica.

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