Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Layenda Bohórquez, por Barquerito

Barquerito

Publicado en “Aplausos” el 10 julio 2009

Uno de los caballos de Sergio Galán perdió una herradura el 6 de julio. En la plaza de toros de Pamplona. Un patinazo en pista resbaladiza estuvo a punto de costarle la vida a otro de los caballos de Galán, una Habanera que para los toros de salida. Se ha rizado tanto el rizo en el toreo a caballo que al profano le cuesta decidir qué es más difícil: si parar, rodear, cuartear y clavar de salida, y en los medios, con el toro crudo todavía; o embrocarse al pitón contrario de caras o de frente y salir de la suerte limpia y despaciosamente; o galopar de costado con las puntas despuntadas del toro cosidas al estribo. O reunirse para sentenciar la lid con el rejón espada que hiere de muerte a los toros. Arte diabólica es. O algo así.

Cuadra de Pablo Hermoso de Mendoza

Cuadra de Pablo Hermoso de Mendoza (Silvia Ollo)

Visto desde la grada, el anillo de la plaza de Pamplona parece una alfombra tejida a mano. No habrá en todo el orbe taurino areneros más esmerados. En el callejón de la zona de peñas de sol, que son tres tendidos y medio, se van acumulando a lo largo de la corrida restos de merienda. Sobras y desechos de merendolas dionisiacas, pantagruélicas, el cuerno de la abundancia. Al ruedo no llega en realidad apenas nada de esa cosecha de puro derroche. Sí serpentinas brillantes, de cuerda larguísima, cabareteras o carnavalescas. O confetis multicolores en una lluvia de prodigio que puede ser como un chorro de luz.

Si algo alcanza el ruedo, después de arrastrarse el toro aparece la brigada de areneros con sus pulidos rastrillos y otra vez es todo como Jauja. Un tapiz de playa pintada. Por lo visto, los tres rejoneadores del 6 de julio no llegaron a sentirse del todo a gusto sobre la fina capa de arenilla. A Pablo Hermoso se le fue en un momento al suelo, o estuvo a punto de sentársele uno de sus caballos nuevos, que se llama Ícaro y hace cosas distintas. Cosas que antes no hacían los caballos de Pablo, cuya cuadra se distingue por dos cosas: por el carácter de su dueño y por su variedad de estilos. Cuadra de gran repertorio. De grandes intérpretes también. Caballos con la puesta a punto de por ejemplo un coche de carreras.

Aunque en el toreo a caballo no se trate de correr precisamente. En el planeta Pamplona “correr” es una palabra sagrada. Si se tratara de dilucidar el origen de las especies, habría que decir que aquí fue primero el encierro y luego lo demás. Ese principio, que parece el huevo de Colón, sigue en vigor y late en el subconsciente colectivo. En la carrera del encierro se puede ser a la vez actor, protagonista y espectador. El toro impone todavía más respeto que en la plaza a quien lo siente cerca o simplemente lo mira. La fugacidad de la carrera está cargada de electricidad taurina. El espectáculo es soberbio: por espontáneo, imprevisible y arriesgado.

Una última estadística ha aportado unos datos del todo extravagantes. Antes de ir a esos datos, conviene tener en cuenta una cosa: Pamplona es ciudad fortín desde su fundación romana. Protegida y cercada por un sistema de baluartes bien preservados y de fosos que los años han convertido en tupidos paseos de bosque bajo. El flanco norte de la muralla de Pamplona tiene en algunos de sus tramos una caída de cuarenta y tantos metros. No es rara la tentación de, a mitad de farra, echar una cabezada en la muralla y sobre el abismo. En varios puntos de la ronda barbacana se avisa del peligro de caer al vacío. No se atiende.

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