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Los tres primeros Sanfermines de Cañabate, por Barquerito

Ignacio Álvarez Vara, Barquerito

Publicado en la revista del Club Taurino de Pamplona en el año 1996

Antonio Diaz-Cañabate (Madrid, 1898 – Madrid 1980) no empezó a ejercer la crítica taurina hasta 1958. Sí había escrito antes bastante de toros. Sus columnas semanales de “El Ruedo” ácidas y críticas con el toreo de los años cuarenta, añorantes del toreo anterior al peto de picar -y de todo el toreo anterior en general- contribuyeron a crearle un raro prestigio.

Antes de ser reclamado en la primavera del 58 por Luis Calvo para hacerse cargo, con sesenta años cumplidos, de la crítica taurina de ABC -puesto que ocupó hasta 1972-, Cañabate  ya había publicado, además de una densa obra postcostumbrista, un original libro por varios razones: no tiene parentesco con ningún libro de toros al uso en su tiempo, tiene una fortísima carga de reporterismo costumbrista y es, antes que nada, una apología absoluta de Domingo Ortega, con quien Cañabate mantuvo una amistad íntima. En realidad, en toda la producción taurina de Cañabate  está presente de manera muy radical lo que podríamos llamar el pensamiento taurino de Domingo Ortega. A pesar de que Cañabate  fue hombre de espíritu bondadoso y generoso -eso se trasluce en toda su amplia obra costumbrista y hasta en la taurina-, sus gustos taurinos estaban anclados en sus años de juventud. Hay que exceptuar su pasión particular y sin fisuras por Domingo Ortega, surgida en 1931 a raíz del estallido del torero de Borox.

El propio Ortega -un hombre de extraordinaria inteligencia natural- había anclado su concepción del toreo en la fiesta anterior a la Guerra Civil. O mejor dicho, en el toreo anterior a Manolete. Es bien sabido que la irrupción de Manolete supuso el arrumbamiento de Ortega. Y si no el arrumbamiento, si su caída como primera figura del toreo -la primera de todas las figuras-, que es lo que Ortega había sido en los años de la República. Por muchas razones que no hacen aquí el caso, Ortega sintió que el toreo entró en decadencia después de la Guerra Civil y pasó a ser, incluso antes de su retirada, un abanderado más de esa inextinguible especie de taurinos alimentados por el fuego fatuo de la “eterna decadencia” del toreo. Cañabate  abrazó esa causa ciegamente.

OBSESION DE SER AMENO

Pero de lo que se trata aquí es de evocar lo que Cañabate  contó de Pamplona durante sus tres primeros Sanfermines (1958, 1959 y 1960) como enviado especial de ABC. Una editorial de vida efímera -Capela-, creada y dirigida por los hijos del historiador Ramón Carande, editó en 1961 las crónicas de las corridas de toros que Cañabate  publicó en ABC durante esos tres años. El resto de la crítica taurina de Cañabate  en ABC yace enterrada en las hemerotecas En esas sólo diecinueve corridas sanfermineras está en plenitud, sin embargo, la manera de hacer de Cañabate como crítico y su visión del toreo como un espectáculo que le provoca más aburrimiento que interés.

Sin embargo, Cañabate  tenía como cronista taurino la obsesión de ser ameno. “Bien necesitan las corridas de toros de la amenidad que otrora tuvieron”, escribe en el prólogo de esa colección de Capela. Y en seguida “¡Ardua labor describir lo aburrido, lo monótono, lo mustio! La fiesta de los toros pasa por un mal momento. Soy pesimista. Temo por el porvenir de la fiesta de los toros”. Ese temor pesimista acompañó a Cañabate  hasta el día en que dejó colgada su pluma taurina. Su intención de evadirse del tedio inmenso que le producían las corridas de toros se tradujo, en sus crónicas, en un énfasis de las circunstancias que rodeaban al espectáculo pero ajenas al toreo en sí. Si se lee a Cañabate , resulta casi imposible llegar a entender cómo fue el toro de su tiempo. Y por eso, muy difícil también entender la evolución tan importante que la fiesta sufrió en los años sesenta. Una evolución destinada, entre otras cosas, a garantizar precisamente el porvenir de la fiesta.

COMENTARIOS DE LA PRIMERA CRÓNICA

En su primera crónica de San Fermín – 7 de julio de 1958- Cañabate  habla de un toro de Guardiola que le parece “magnífico“, “uno de los toros más alegres que he visto hace tiempo. No le pudimos ver mas que una vez arrancarse a los caballos porque Gregorio Sánchez le cambió con una vara“. De una corrida de Arranz que ve un día después, Cañabate , muy en taurino, escribe que “se ha dejado torear“. De la de Sepúlveda de Yeltes jugada al día siguiente sentencia: “Una corrida insoportable de aburrida“.

Pero el ir a la plaza siguiendo a la banda de música, el ambiente de las charangas y las fanfarrias, la gastronomía -califica de “insignes” las alcachofas de Tudela-, la visión del encierrillo y un par de encierros, el recuento divertido de prendas y regalos que se tiran a los toreros y el espíritu hospitalario de Pamplona -“hacerse amigo de un pamplonica es de lo más fácil“, anota, todo eso, en fin, compensa a Cañabate  de la “ardua” tarea de contar los toros Pero no sólo eso, Antonio Ordóñez le produce una notable fascinación, “su facilidad se apoya en las normas del toreo clásico que creímos inmutable“, juzga, pero Cañabate  protesta del público: “Maleado por el mal gusto imperante“, dice.

El título de la primera crónica que Cañabate  escribe en los Sanfermines del 59 ahorra cualquier comentario:”Una siesta, malograda tontamente“. El de la segunda “Una columna providencial” necesita una explicación: gracias a esa columna de grada que le tapa parcialmente la visión, se ahorra ver la mayor parte de una “corrida que ha sido un tostón”. Unas verónicas de Pepe Luis Vázquez le saben en la tercera de feria a “fresas del bosque” “perfumadas , aromáticas , sabrosísimas“- y una faena de Gregorio Sánchez -un torero que en sus comienzos provocó el interés de Domingo Ortega-le parece “admirable“. Tras la corrida, felicita efusivamente al ganadero, su buen amigo Álvaro Domecq, Cañabate  elogia desmedidamente en la cuarta de feria la fiereza de una corrida de Pablo Romero que provoca un “completo desastre toreril“. Sarcástico, apostilla Cañabate: “Delante de los toros de Pablo Romero los mozos de Pamplona han corrido con mucho mejor estilo y valentía que los toreros por la tarde“. Al día siguiente, con la corrida de Miura, “me aburrí como un hongo“, confiesa Cañabate, y añade:

Qué falta le está haciendo a la fiesta la tormenta de un torero que rompa con el trueno de su toreo, con el relámpago de su arte, con el rayo de la estocada, con el viento de lo clásico, de lo variado, la abrumadora monotonía de esta fiesta en otro tiempo luminosa y hoy mortecina como luz que se apaga“. En la quinta, saluda a Diego Puerta como “el héroe de estos Sanfermines” y, al concluir la feria, dice que el toreo de ahora es a la verdadera fiesta como “una parodia grotesca“.

MUCHO AFECTO POR PAMPLONA

Pero vuelve en 1960 a Pamplona.

Una pelea de dos pabloromeros en la desencanjonada -saldada con la muerte de un toro- le provoca una emoción sin límites y muy llamativa.

Pero al día siguiente la corrida de Villamarta le parece “pesadísima” , y se detiene más en contar la actitud de una peña de francesas de Mont de Marsan en los tendidos que en decir lo que Ostos, Mondeño y José Julio hicieron.

Tres toros de la corrida de Álvaro Domecq del día 9 de julio se los pasa Cañabate  comiendo un monumental bocadillo de magras mientras contempla con envidia cómo unos compañeros de localidad se zampan una pierna gigante de carnero. Pero esa misma tarde se recrea con Curro Romero -uno de sus toreros predilectos y visto por él además, con particular agudeza- y adivina en Paco Camino más vicios que virtudes. La corrida de Miura la resume como un “vendaval de pánico“. Admira una tarde después el clasicismo de Ordóñez -por contraste con las modas, “su toreo es como contemplar un palacio del Renacimiento junto a un rascacielos“, insiste en la personalidad de Curro Romero y reconoce la valentía de Jaime Ostos. Y, en fin, Ordóñez, Ostos y Camino le convencen, aunque la fiesta, en el remate de San Fermín, le sigue pareciendo “monótona” y “automática“.

Cañabate , un admirador incondicional de la obra de la Casa de Misericordia y del criterio taurino de Sebastián San Martín -el inventor, digamos, de la Feria del Toro-, sintió por Pamplona un especial afecto que vivió con él hasta el último día que escribió de toros. Era un afecto sellado, además, con sangre, pues en un festival en los años cuarenta un novillo le había herido en la plaza. Por capricho, Cañabate había hecho el paseo vestido de corto y, aunque no intervino en el festejo, el novillo le hirió en un burladero. De esa sangre vertida se sentía divertidamente orgulloso. Tanto como de su nostalgia del pasado o de su intención de crear con sus crónicas taurinas un espíritu de rechazo del toreo moderno. De hecho, Cañabate  fue hasta 1968 aproximadamente un crítico de gran influencia.

No vamos sembrando en terreno pedregoso“, se ufana en una crónica de la primavera de 1960. Pero tampoco entendió el sentido y el fondo del toreo de su época. El se había quedado en el Domingo Ortega de 1936.
Ignacio Álvarez Vara “Barquerito”

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