Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Noche y aurora

Ignacio Cía

Publicado en El País el 9 de julio de 1993
Curas en los corrales del Gas (Inge Morath)

Público en los corrales del Gas (Inge Morath)

Los planes para las noches de San Fermín no se organizan de antemano en Pamplona, sino que van surgiendo en el transcurrir de las horas nocturnas, que no comienzan con la caída del sol, sino con las copas poscena. Este banquete nocturno sí suele ser organizado y presentarse copioso y bien regado. Ya en la calle, uno se sumerge en el ambiente de músicas, danzas, ruido, disputas, bromas y escenas nada usuales. Desde el beodo con gracia al patoso, que también los hay; desde la natural alegría de los años jóvenes al triste deambular de viejos mendigos. A ratos se escuchan entremezcladas músicas autóctonas con las de rock; notas que impulsan el movimiento, unas veces rítmico y otras a lo loco. Vendedores ambulantes de mercancías que no sirven para nada. El colorido de globos y pañuelos. Puestos de bocadillos que no sé quién los podría comer.

Entrar y salir de bares, cuyas luces amarillean las calles. Dentro, masas de gentes uniformadas de blanco-sucio, con el vaso en la mano y nada quietas. Cánticos, voces. Para entenderse se precisa pegar gritos. Hay establecimientos que expenden whisky en vaso de plástico a precio de la Costa Azul. De una situación se pasa a otra: un faquir ejerciendo; un divo cantando a Verdi; solos de chistu y saxofón; se esquiva una vomitona; quizá haya que tomar un caldo para entonarse; ya no sirven cafés ni en Colombia.

Hace años, un prestigioso ganadero lidiaba por primera vez sus toros en Pamplona y le entró verdadera obsesión por presenciar el encierro. Viajó a Pamplona con mucha antelación. La víspera de la corrida, amigos pamploneses le obsequiaron con una cena y después dieron un paseo por el casco antiguo. Andando, percibieron las luces del nuevo día, y sería la del alba cuando las campanas de un convento tocaron a misa. Se dirigieron hacia donde sonaban y llegaron a una plazoleta donde había hombres jóvenes y maduros en paciente espera frente a una casa de las llamadas de vicio y fornicio. En el grupo convivían todas las ideologías y clases sociales. El alba, las campanas, la casa, el grupo, “¡coño, qué aguafuerte; esto no se ve todos los días!”, dijo el ganadero.

Alguno de los sensatos recordó que se acercaba la hora del encierro y había que ir a la plaza para ver los toros del ganadero debutante. “Ahora vamos”, respondió éste. Cuando sonó el cohete, le había tocado el turno. Y no vio el encierro.

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