Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Pamplona …donde los toros son dioses, Barquerito

Ignacio Álvarez Vara “Barquerito” (Extracto de un artículo publicado en Diario de Sevilla ,Abril de 2005)

Un chivatazo avisó de que la corrida de El Ventorrillo venía variada de pintas. Sorpresa relativa. Era película en color. Hay plazas donde se devanan los sesos para describir al detalle pelos y pintas. Por ejemplo, Pamplona, ejemplo de tantas cosas. En Pamplona se siente por el toro un viejo amor ancestral. Más que un amor. ¿Un culto? Sí, pero pagano. ¿No tan pagano? No tan pagano.
Algo de dioses palpita en esos toros que tienen el privilegio de ir a morir a Pamplona. Cuarenta y ocho al año. Corren el encierro pero sólo una vez. La primera y la última. Un viaje sin retorno. El de Pamplona es glorioso. Parte de la gloria es la fama. Incluso cuando no se busca, que es el caso del toro. Pero en sanfermines se difunde ampliamente el nombre y el número de cada uno de los que se lidian. La plaza cuenta con un marcador electrónico muy ilustrativo. Antes de pasar avisos, hace un guiño de reclamo. La gente lo atiende. Marcador y programas de mano dedican espacio generoso a las pintas. Los veterinarios se esmeran al describir los pelos y a veces lo hacen con tal detalle que el toro parece dividirse en capítulos.

Ni los negros se escapan. Negro sólo no basta. O zaino o mulato o entrepelado o algo que matice esa pinta sin matices tan proclive a las mezclas. Cuando llega el turno a ganaderías con variedad de pelaje, se riza el rizo. Hay ganaderías clásicas de San Fermín que se prestan al juego como las manchas de una paleta de pintor. Por ejemplo, Cebada Gago. O Miura. Es costumbre de una y otra saltear los conjuntos. Los amantes del detalle lo agradecen. Los dos periódicos de Pamplona rivalizan a la hora de pormenorizar. Los mayorales, llevados, traídos y tratados como estrellas de la función, no se complican la vida con la cuestión de las tintas. A la gente del campo, que es la más cercana a la sensibilidad del toro, le suele bastar con un brochazo. Con dos palabras está contado un toro.

No sólo la conducta, sino la pinta, que no sale de las tres gamas de base. O negros, o cárdenos o colorados. Ahora que el censo de cabezas está rigurosamente controlado sería curioso, mera curiosidad, comprobar la proporción de pintas. Los que ven y analizan los toros o los que hablan y escriben de ellos tienen por norma abundar en los detalles. A los propios interesados les sorprendería cuántos.

En otras plazas no se parten la cabeza tanto. […]


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