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Ya huele a San Fermín, Ignacio Cía

Ignacio Cía

Publicado en El País el 5 de julio de 1997

No es que el santo huela. Se dice que huele a San Fermín por las ganas de que lleguen las fiestas; y algo especial y estimulante flota en el aire.

Suele darse a partir de los primeros días de junio. La rutina de la vida ciudadana se ve cambiada en esas fechas porque una brigada de trabajadores con mono azul aparece por la cuesta de Santo Domingo y por la plaza de Rochapea y comienza a descargar maderos de un camión.

La primera operación consiste en abrir los agujeros del suelo que durante el resto del año han permanecido tapados. Poco a poco van encajando en ellos los pies derechos destinados a sostener los largueros que cierran las calles por donde pasan los toros del encierro.

Al percibir el público pamplonés estas labores casi artesanales, se da cuenta -como si despertara de un letargo- de que faltan pocos días para las fiestas.

También por estos días la actividad de la administración de la Casa de Misericordia se ve aumentada por el movimiento de encargo de entradas, que ya no quedan, puesto que todas se venden en la renovación del abono.

Quince años atrás estos encargos tenían sentido porque los billetes no se terminaban en el abono. Uno de nuestros residentes, que prestaba servicios de portero en la casa y que en su juventud vivió exiliado en Francia, cuando veía entrar a alguien con aspecto de forastero, le preguntaba:¿Entradés para les torés?, y le señalaba la puerta de la administración.

Otro residente bohemio, que cuando se cansaba de vivir con orden tomaba el portante y no aparecía hasta que su cuerpo no podía soportar el régimen de libertad, volvía de una de estas aventuras cuando en la puerta se encontró con el celador que le atendía en sus necesidades y al que con frecuencia sacaba de sus casillas. Este, al verle, le espetó: ¿Adónde va usted?
-A encargar entradas para los toros, le respondió impasible y con toda dignidad, y ¡a callar!.

A mediados de junio aparecen camiones llenos de volúmenes multicolores que descargan en la explanada donde se instalará el real de la feria, que aquí llaman las barracas. Esta operación todavía despierta expectación entre la chiquillería, a pesar de que en los tiempos que corremos, raro es el pequeño que no está harto de andar en bicicleta, moto, coche y hasta avión, mientras que, hace relativamente pocos años, esto era un auténtico sueño que lo veían realizado en su fantasía cuando montaban los artilugios de la feria.

Cuando ya de verdad se dice huele a San Fermín, es el instante en que llegan los toros a los viejos corrales de El Gas. Hace varios años, el llamado desencajonamiento -¡vaya palabra!- constituía un acontecimiento social al que las damas pamplonesas acudían vistiendo sus mejores galas y adonde se presumía de acudir en automóvil. Hoy este acontecimiento ha desaparecido y se lleva a efecto en presencia de la autoridad según van llegando los camiones.

Los toros se podían (y se pueden) contemplar desde el mirador de la Taconera, cuya barandilla se llenaba de curiosos, aunque lo vieran a respetable distancia. La visita a los corrales, acompañada de merienda o almuerzo al aire libre, constituía otro acontecimiento presanferminero al que daban prestancia los mayorales de las ganaderías con su peculiar indumentaria. Hoy les pasa como a los eclesiásticos después del Concilio: que apenas se les distingue del resto del paisanaje.

Pues sí, aunque hace frío, ya huele a San Fermín.

Ignacio Cía

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