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Pepín Liria, el de las bellas locuras

Último Paseíllo de Pepín Liria en Pamplona (autora: Silvia Ollo)

Último Paseíllo de Pepín Liria en Pamplona (autora: Silvia Ollo)

En el detalle que las peñas le entregaron a Pepín Liria antes de comenzar la corrida podía leerse “A Pepín Liria, por su honradez y valentía”. En Pamplona se le podría definir con muchos adjetivos, pero quizá con sólo mencionar su nombre esté todo dicho. Porque en el toreo ha habido varios pepines, pero en Pamplona sólo se nos viene a la cabeza uno.

Con el grito que lleva su nombre, coreado por toda la plaza, se nos puso a todos la piel de gallina. La piel de gallina, un nudo en la garganta y la lagrimica a punto de caer. Así estábamos todos al comienzo de la corrida. Porque con Pepín se marcha el penúltimo matador cuyo nombre conoce todo el tendido. Un hombre que ayer fue capaz de hacer retroceder el ambiente de la plaza de toros quince o veinte años. A una época en que la música sólo sonaba entre toro y toro, y el personal sólo desistía de ver la corrida, con mayor o menor comprensión, si las cosas iban mal dadas. Un ambiente que ayer vivimos en los seis toros. Un ambiente de tiempos donde el Viti era el viti, “El Formidable” formidable y Pepín Liria… Pepín.

Tiempos en los que Paco Apaolaza escribía sus “diarios de grada” en estas páginas, y en los que, de una crónica suya, surgió el eslogan con el que fue lanzado Liria en el ambiente taurino: “Pepín y sus bellas locuras”. Apaolaza hubiese difrutado ayer mucho. Por la emotividad. Por el sentimiento. Y porque ayer todo el mundo estuvo en su sitio. Seguro que lo vio, en la delantera de nube, comiendo la lechefrita de Mari.

Ayer se fue un torero de Pamplona. Un torero que , capote en mano, fue a recibir un homenaje de las peñas. Que les brindó a éstas un toro, cosa que no se veía desde los tiempos de Ordóñez. Y que remató brindando otro a Induráin, acto que sólo se había atrevido a realizar José Tomás.

Porque a Pepín siempre lo llamaron de Pamplona. Y precísamente, en cierta ocasión, para sustituir a José Tomás. Aquella llamada la recibió mientras acunaba a su hija recién nacida. La abrazó, la besó y le dijo: me llaman de Pamplona, me tengo que ir.
Y de Pamplona se llevó cornadas: una cerca del corazón y dos en la cara. Un corazón que tiene que ser enorme y una cara que sólo se ha dejado partir delante del toro. Y si ya tenía amigos en Pamplona antes, ayer se fue al hotel con veintemil más.

Se marcha Pepín, de Cehegín, el de las bellas locuras.

Mariano Pascal, Diario de Navarra 12 julio 2009

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