Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

El Príncipe torero

Rafaelillo, toreando un Miura de pitón a rabo (Foto: silvia Ollo)

Rafaelillo, toreando un Miura de pitón a rabo (Foto: silvia Ollo)

Cuando Rafaelillo volvió al hotel no pudo pegar ojo. Conforme se quitaba el vestido se descubrió un montón de golpes en el cuerpo. Se los habían pegado los miuras que acababa de matar en Pamplona. En cada tanda de muletazos la habían pegado los toros la paliza. Las imágenes del combate se le venían a la cabeza continuamente. La adrenalina y el miedo generados durante toda la tarde se le aparecían con la forma de Lagañoso y Muletero. Porque, con la corrida más temida se había tenido que anunciar en Pamplona, pero con ella había conseguido cortar dos orejas.

Pero Rafaelillo no siempre se las había visto así. El no nació para gladiador de los ruedos. Con once años era alumno de una escuela taurina, y con trece hizo el petate desde Murcia hasta Jaén. No como maletilla, no, sino en el asiento de un mercedes. A la edad en que los niños no sueltan la consola, su futuro ya estaba decidido. Allí, en casa del apoderado de Enrique Ponce, recibió trato de príncipe del toreo. Pudo torear en las mejores ganaderías y a la vera de gente consagrada. Lo llevaron entre algodones.

Cuentan quienes lo vivieron, que Rafaelillo tenía a su disposición, en aquellas becerradas, cuadrilla, furgonetas y trajes de estreno. Todos los medios a los que podría aspirar un matador consagrado. Era un novel con tratamiento de figura. El nuevo niño prodigio.

Pero, con el tiempo, la cosa no cogió aire. Y años después, tras la alternativa, tomó el camino de regreso a Murcia. Con una mano detrás de la otra. En esta generación, en que tan difícilmente se acepta la frustración, los antecedentes de Rafaelillo eran los de un juguete roto. Los de un cantante infantil que acaba de mercenario. Pero no fue así. Rafaél Rubio se reinventó a sí mismo y volvió a los ruedos. Poco a poco, conquistando plazas. Pechando con los toros que nadie quería y llevándose los golpes y disgustos en los despachos. Su cuerpo infantil de niño dejó paso unas hechuras poderosas, con brazos de acero y manos de lija. De príncipe del toreo a dignísimo luchador.

Y ayer, tras llegar a Pamplona, canino, por fín mató por alto sus dos toros de Miura. Y salió a hombros. Y aunque el cuerpo lo tenía lleno de cardenales la alegría no le cabía en el traje. Y es que ayer llegó desde Murcia, cómo no, un nuevo torero “de Pamplona”.

Mariano Pascal, Diario de Navarra 14 julio 2008

Be Sociable, Share!
Etiquetas: ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *