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Triste trompeta

Solo para Mansos

Barquerito

Publicado en Diario de Navarra el 9 julio 2009
El 10, los incansables tocaban el silencio

Los incansables tocaban el "silencio".

El toro que en el encierro había herido de muerte a un joven corredor de Alcalá de Henares fue el primero en soltarse. El más terciado de la corrida de Jandilla. Pálidos los pitones que tanto estrago trajeron. Las peñas entraron con las pancartas plegadas, sin música ni cánticos. Consternación. Mudo el paseíllo, las cuadrillas se destocaron al llegar a la presidencia, se puso en pie todo el mundo como a resorte y en un tendido de sol una trompeta atacó, sobre fondo sintonizado, los melancólicos acordes de “El silencio”, de Roy Etzel.

No un minuto de silencio, sino más de dos. Y, en rigor, no de silencio. Más emocionante que el silencio mismo fue un triste y melodioso son de trompeta, que iba por el infortunado corredor y era, de paso, épico canto a cuantos corren el encierro de Pamplona. Las lágrimas, el corazón, la sensibilidad de unas fiestas que tienen al toro de protagonista y tientan, por tanto, a la muerte, que no tiene por costumbre avisar. Pero merodea por estos pagos todas las mañanas. Y algunas tardes también.

De romper el cerco de dolor que tenía embargada la corrida se encargó El Fandi en el momento preciso. Tres rugientes pares de banderillas de su largo repertorio. Terapia de grupo: en pie, rugió la gente. “¡Oé, oé, oé, oé…!”.

Al toro se le había recibido en sol con una monda bronca. Por la mano derecha, apretó.

Por la izquierda, fue y vino con relativa dulzura. No acusó los resabios que se atribuyen a los toros mareados en el encierro por causa mayor. Trabajó y estuvo con el depósito vacío a los veinte muletazos. Le pegó El Fandi no veinte sino cuarenta. O más.

Los cinco primeros, rodillas en tierra, fueron como un seísmo. Los últimos, molinetes  cosidos con naturales, casi igual. El intermedio, farragoso y previsible, de torero poderoso. Una estocada atravesada, y un descabello. Una oreja. Para premiar que El Fandi pusiera tanto de su parte a la hora de olvidar. Pitaron en el arrastre al toro. Inmerecidamente.

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