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Un beso en los belfos

Solo para Mansos

Barquerito

Publicado en Diario de Navarra el 7 julio 2009

Pablo Hermoso de Mendoza (Javier San Martín)

Pablo Hermoso de Mendoza (Javier San Martín)

Pablo Hermoso cortó un rabo. Y no de regalo, sino espléndido premio para una faena espléndida, redonda, sin pausas, de exigente clasicismo. De tal perfección que sólo cabría señalar en ella un error pero nada más que uno: la ligera renuncia de Silveti en lo que iba a ser su primer embroque de banderillas en los medios y a pitón contrario. Y con un bravísimo toro Aventurero que no dejó de querer ni de atender y venir. Ligeramente contraria, como tantas veces sucede cuando se mata a caballo, la estocada fue fulminante. Al rodar el toro se desató uno de esos delirios tan de Pamplona, que parecen una explosión en cadena: una oreja, otra, el rabo. Y el coro deportivo de “¡Oé, oé, oé…!” para subrayar una vuelta al ruedo del todo singular: en detalle generoso, Pablo hizo salir al mayoral de Bohórquez a saludar y le invitó irresistiblemente a dar la vuelta con él.

Luego, Pablo reclamó  la aparición del tordo Caviar, su nueva estrella fulgurante, que había batido en terrenos del toro Aventurero varias veces, y casi volado en piruetas ceñidísimas, y puesto a la gente en pie porque, siendo caballo, no se puede torear con mayor sentido del riesgo. Era Pablo más que el caballo, probablemente. O eran los dos. Y el toro, que no fue manco. Y por eso acabaron dando la vuelta juntos el mayoral, Hermoso y el caballo. Uno de los areneros, al tener a Caviar a su lado, le dio un beso en los belfos. Así estaba el patio. Henchido de pasión.

Desde los medios, Pablo dejó luego a Caviar irse por su cuenta en un galope elegantísimo. La torda Estella paró a ese quinto toro con temple. Hermoso toreó de maravilla con la bandera. Y con el dócil y elástico Silveti prendió tres farpas en todo lo alto después de dibujar y marcar embroques despaciosos al pitón contrario. La torería de reuniones y salidas; el sentido del toreo de Pablo, su manera de entender las distancias, los tiempos, la armonía de una faena; su pericia de jinete fuera de serie. La disciplina de la cuadra. La exhibición fue inapelable. Y el mérito secreto, o no tan secreto, fue que Pablo arriesgara tanto cuando la tarde llevaba de saldo para entonces dos caballos heridos y tres o cuatro percances. El gran castaño Chenel salió alcanzado y ligeramente tropezado, pero ileso, tras prender Pablo en los medios una farpa al segundo de corrida, que fue de los bravos de esta corrida de Bohórquez tan importante: por su volumen, por sus hechuras, por su fondo, por su calidad.

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