Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

«Capuchino», el homicida inocente

Javier Villán

Publicado en “El Mundo” el 11 julio 2009

Jandilla / El Fandi, Tejela y Pinar

  • Seis toros de Jandilla, bien presentados, con fuerza, raza y algunas complicaciones. Serios de cabeza sin excesos. Los mejores, primero, cuarto y sexto. Fandi: oreja tras aviso (estocada defectuosa y descabello) y ovación (estocada). Matías Tejela: silencio (estocada corta y tres descabellos) y ovación tras petición (estocada). Rubén Pinar: oreja (estoconazo) y oreja (pinchazo y estocada). Salió a hombros.

    Plaza de Pamplona, séptimo festejo, lleno en tarde agradable. Incidencias: se guardó un minuto de silencio en memoria del mozo Daniel Jimeno, fallecido en el encierro de la mañana.

Minuto de Silencio (foto: Daniel Ochoa de Olza para AP)

Minuto de Silencio (foto: Daniel Ochoa de Olza para AP)

La muerte es un suceso extraño; natural, pero extraño. No por sabida y aceptada deja de ser rara y temerosa; y contradictoria. Aparece en momentos de fiesta cuando menos se la espera, como ayer: la muerte de un muchacho por asta de toro ensangrentó los cánticos y el silencio. Los pesares duran poco. y la contradicción persiste.

Es ley de vida; un muerto en el encierro, Daniel Jimeno, y la mejor corrida en lo que va de feria: los jandilla. Y la tarde de mayor número de orejas: dos para Rubén Pinar y una para El Fandi. Y pudieron, o debieron, ser más, pues Tejela también hizo méritos.

Ayer, de madrugada, un muchacho de Alcalá de Henares se preparaba para correr el encierro, se ponía su camiseta a rayas para distinguirse del común y hoy ya no está. Resbaló en la vertiginosa carrera, el jandilla se revolvió y lo degolló de un navajazo; caiga la maldición sobre el toro homicida, Capuchino.

Un minuto de silencio, un toque funeral, una trompeta de consolación y sus acompañamientos. Y los tendidos jaraneros de pie y en un silencio imponente. La solanera, un cementerio blanco y rojo sin pancartas. Y una bronca soberbia cuando Capuchino saltó al ruedo; un colorao con cara de no haber roto un plato.

Y sin embargo, era un toro que se había llevado por delante una vida y repartido cornadas a diestro y a siniestro con una especie de frenesí criminal: un homicida en la calle y un inocente perplejo en el ruedo; algún punteo por el pitón izquierdo, nada del otro mundo, y en líneas generales bueno para el torero. Tan bueno que David Fandila El Fandi se templó muy bien con la muleta y no parecía El Fandi.

La tragedia se la encontró por la mañana el muchacho de Alcalá de Henares sin provocarla, porque la tragedia es la venganza de unos dioses sin rostro. Capuchino también era un toro trágico con el estigma del asesino; se quedó solo entre extraños, rodeado de gente tan asustada como él; y deidades vengadoras dirigieron las cuchilladas de sus astas. Sin inocencia no hay tragedia. Y la culpa no puede cuantificarse por la sangre ni por la muerte. No hay culpa: sólo un destino fatal y unos dioses oscuros que juegan con la vida de los hombres y la inocencia de los toros.

A pesar de estas evocaciones siniestras, la tarde de toros estuvo animada y bullanguera, pues el sentimiento trágico y el fantasma de los muertos se olvidan pronto, tan pronto como Fandi empezó su recital de banderillas. Tan pronto como Tejela empezó a templarse con sus toros y, sobre todo, tan pronto como Rubén Pinar empezó a derrochar valor, ganas y ambición.

Capuchino, el toro inocente y criminal, saltó al ruedo puede que sin memoria de sus actos sangrientos; o, a lo sumo, con una memoria empavorecida; con su alma de toro atrapada fuera de la dehesa por el pánico o por la perplejidad. El Fandi lo banderilleó espectacularmente y muleteó con más reposo que de costumbre. Esta vez la muleta, igual que en el cuarto, sí que le sirvió a Fandi de algo: le sirvió para torear, aunque no mucho.

Jandilla echó una buena corrida con el estigma cainita de un toro homicida en el encierro. Una corrida con poder y trapío, sin excesos; con fondo y raza.

Seis toros exigentes que estuvieron siempre por encima de las capacidades de los toreros. Rubén Pinar, triunfador de la tarde, tiene raza y todavía trazas de novillero: agallas, valor y, a lo que parece, ambición sin límites. Ése es el camino: ganas de comerse el mundo. Y cuando deje quietos sus pies, toree un poco más ceñido y por abajo, puede que acabe por comérselo. Hambre torera tiene.

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