Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

El Cid herido, cartel roto

Javier Villán

Publicado en “El Mundo” el 10 julio 2009
  • Toros de El Ventorrillo serios y bien armados, aunque desiguales de presencia; mansos y manejables; blandos y bajos de casta. El Cid: fue cogido en su primero. Sebastián Castella: silencio (dos pinchazos sin soltar y estocada), oreja tras aviso (estocada) y ovación con saludos tras dos avisos (metisaca, estocada y tres descabellos). Manzanares: silencio tras aviso (pinchazo, media, dos pinchazos y dos descabellos), silencio (estocada) y silencio (bajonazo).
  • Plaza de Pamplona, quinto festejo. Lleno. Incidencias: El Cid fue atendido de una «cornada con dos trayectorias, una superficial y otra ascendente, en la cara anterior del muslo izquierdo, de 10 centímetros, que afecta tejidos musculares además de otra que le atraviesa el escroto. Pronóstico menos grave».
Y junto a la enfermería, donde tocaba, Sandra Arzoz esperaba a "El Cid"

Traslado a la enfermería de "El Cid"

Mal debe ir la Fiesta cuando una carrera del encierro acapara toda la atención y desplaza la crónica de la corrida. Mal va la Fiesta, lo cual es cierto; y mal los sanfermines, lo cual también es cierto, para qué nos vamos a engañar.

A las primeras de cambio el voluminoso toro de El Ventorrillo mandó a El Cid a la enfermería. Era un toro blando de remos y blando de carácter, más o menos como todos. Con El Cid fuera de combate, Castella toreó sin excesiva convicción pero con estoica generosidad consentidora. Mano a mano imprevisto entre Castella y Manzanares. Dos estéticas y, por lo tanto, dos formas de entender la lidia y, seguramente, la vida. El arte viene a ser, en definitiva, una manera de explicarse la existencia. O de reinterpretarla.

El arte de Castella, cuando se produce, es un arte seco, de intensa y oscura expresividad. En cambio, el arte de Manzanares es todo luz. Mas cuando esa luz se apaga, o no brilla con la suficiente intensidad ese arte se difumina, se queda en una teoría de líneas inconexas, de terrenos amontonados y trazos sin dibujo. Manzanares estuvo desdibujado y sin brillos toda la tarde; acelerado y despegado hasta límites grotescos. Entre él y el toro cabía una manada entera.

Sebastián Castella corrió la mano en muletazos limpios al tercero, pero allí el que no corría era el toro. Trataba de explicarse esa circunstancia el torero francés en un extraño soliloquio que enviaba a tendidos y callejón sin destinatario preciso. Faena de temple, de limpia caligrafía, aunque sin romper del todo; sin obligar demasiado, pues corría el riesgo de que si obligaba el animal se le fuera al carajo.

El quinto, o sea el animal de después de la merienda suele ser aquí un toro benéfico y no por el tópico de que no hay quinto malo, sino porque tras la suculenta merienda, los ánimos de la gente están predispuestos a la magnanimidad. No fue cosa de tolerancia la vibrante apertura de Castella con pases por detrás, trincheras y pases del desdén. El toro acabó rajado y agotado.

En resumen, cartel de lujo que se desinfló como un globo. Pese a todo algo marcha mal en la Fiesta cuando el protagonismo recae en los encierros. No hay mal que por bien no venga. A falta de grandes faenas, insólitas carreras matutinas. Tentado estoy de especializarme en encierros.

Be Sociable, Share!
Etiquetas: , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *