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El toro más manso de todos los mansos

Javier Villán

Publicado en “El Mundo” el 14 julio 2009
  • Fuente Ymbro / Antonio Ferrera, Miguel Ángel Perera y Daniel Luque Siete toros de Fuente Ymbro, quinto bis, serios, con poder y movilidad; mansos descastados, especialmente el sobrero, un buey de carreta. Con dificultades y peligro sordo. Los menos malos, primero y segundo. Antonio Ferrera: oreja tras aviso (estocada) y ovación tras aviso (pinchazo y estocada). Miguel Ángel Perera: oreja (corta trasera) y silencio (media atravesada y cinco descabellos). Daniel Luque: silencio (estocada) y silencio (dos pinchazos y estocada).Plaza de toros de Pamplona, décimo festejo, lleno en tarde cambiante.

Miguel Ángel Perera tras ser cogido (foto: Villar lópez, para la Agencia EFE)

Miguel Ángel Perera tras ser cogido (foto: Villar lópez, para la Agencia EFE)

La corrida de Fuente Ymbro acostumbran a disputársela las figuras en casi todas las ferias. Los jandillas de don Ricardo Gallardo han alcanzado justa fama por su nobleza encastada. Los jandillas de Fuente Ymbro han encumbrado a muchos toreros, entre ellos a Miguel Ángel Perera, que ayer se estrelló del todo contra un sobrero imposible y a medias con un titular que tampoco era, precisamente, un bombón.

La corrida fue una tía como se dice en la jerga y con alguna testa verdaderamente pavorosa. Pero resultó mansa, con genio malo, con picante traicionero y poco apta para florituras. O sea, una corrida para que las figuras empiecen a pensárselo.

La tarde benéfica y calurosa al principio se fue enturbiando poco a poco a medida que se enturbiaba la mala casta de los jandillas. Como no rompió nunca el buen toreo, el toreo de verdad que enardece al público, la tarde se quedó simplemente en una tarde gris. Las nubes acabaron tapando el sol y un vientecillo incómodo refrescaba el ambiente. Los toros de Fuente Ymbro fueron de mal en peor, desde la dudosa condición del primero y segundo, hasta la dura y peligrosa mansedumbre del sexto, contra la que no pudo nada el valor selvático de Daniel Luque.

Antonio Ferrera, al que le falta poco para saltar a los tendidos de sol y entablar un jubiloso diálogo con los mozos mientras torea, ya había conseguido una orejita; y Miguel Ángel Perera también, aunque, creo yo, de distinto peso; no de oro, pero sí un poco más densa y brillante.

Salió el sobrero, -para que luego digan que no hay quinto malo-, aquello fue un verdadero catálogo de mansedumbres varias en un mismo especimen; aquello, a lo que ni siquiera de toro puede calificarse, fue un buey que soñaba carretas y arados; un buey fugitivo de capotes y muletas, pero que cuando veía cerca un banderillero derrotaba de forma desconsiderada al bulto. Por si acaso.

El animal sufrió la durísima reprobación del público, apercibido muy pronto de que en ese raro bicho se había producido una extraña mutación genética en los laboratorios del toro bravo. Esa prenda le cayó en desgracia a Miguel Ángel Perera, vestido otra vez de torero, tras los desperfectos que le había hecho en la taleguilla su primer toro.

Para lidiar ese buey, híbrido de vaca lechera y mula resabiada, mucho mejor hubiera sido el humilde pantalón vaquero, de mayoral o peón de labranza, que el litúrgico traje de luces; un baldón dentro de una corrida peor que mediocre, mala.

Miguel Ángel Perera sufrió un serio revolcón en su primero que le dejó con el culo al aire en el sentido estricto de la expresión. En un pase alto, al abrir faena, el toro se le metió por bajo y lo prendió. Fue por la izquierda y, tras el destrozo de la taleguilla y el susto, tuvieron que embutirlo en un pantalón vaquero.

Luego, el fuenteymbro lo amenazó también por la derecha sin que Miguel Ángel Perera perdiera la firmeza. Faena intermitente, por ambas manos: valiente y sorteando insidiosos cabezazos. De todas formas, cualquier cosa mejor que el cabestro del sobrero.

Antonio Ferrera le tiene cogidas las vueltas a esta plaza y, en especial, a las peñas de la solanera. Se le aplaude todo y Ferrera, que se la ha jugado aquí muchas veces, sin trampa ni cartón, empieza a vivir jubilosamente de las rentas. Los saltos y piruetas al salir de un par de banderillas, casi siempre a toro pasado, se le jalean como si acabase de inventar el arte de banderillear. Antonio Ferrera ha ido sacrificando lo mejor de su arte torero por gestos y jeribeques, que es lo que el público celebra con más fruición. Es difícil que temple con limpieza un muletazo, pero no importa; más difícil es todavía que clave con cierta ortodoxia. Pero da igual un ajustado par al quiebro por los adentros, que los espectaculares saltos olímpicos que prodiga.

Por lo que se refiere a Daniel Luque, que viene arreando fuerte esta temporada, tendrá que esperar mejor ocasión. Su lote, además de manso, fue el más peligroso. Acreditó un valor sin vuelta de hoja.

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