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Otro día bajo el horror; y Rafaellillo… «con dos pares»

Javier Villán

Publicado en “El Mundo” el 13 julio 2009
  • Miura / Padilla, Rafaelillo y Millán. Seis toros de Miura con poder, plaza y mucha romana. Mansos con dificultades, menos el encastado y bravo quinto; bueno el primero y muy flojo y con peligro el segundo. Juan José Padilla: silencio (pinchazo hondo y estocada ladeada) y silencio (estocada baja). Rafaelillo: ovación con saludos tras aviso (pinchazo, estocada y descabello) y vuelta (metisaca asesino y descabello). Jesús Millán: silencio (pinchazo a toro arrancado y corta ladeada) y silencio tras aviso (cinco pinchazos y estocada).Plaza de toros de Pamplona, noveno festejo. Lleno y mucho calor.

Farol de Rafaelillo

Farol de Rafaelillo

Rafaelillo hizo la machada que luego jodió con el estoque y se llevó varios sustos; Jesús Millán bastante hizo con salir del ruedo por su propio pie y también se llevó algún susto que otro; aunque para sustos y sobresaltos los que se llevan cada mañana la procesión sonámbula y selvática de los encierros. Y los propios toros también.

Millán tuvo un momento de inspiración y se hizo el quite cuando resbaló ante Ermitaño, el toro cruel de la mañana, y se quedó a la intemperie. El quite que nadie acertó a hacer al corredor herido y masacrado, se lo hizo a sí mismo el aragonés. Un corredor en el hospital, muy grave, y un torero en el hule hubiera sido demasiado incluso para la siniestra fama mortífera de los miuras.

El animal era un manso imposible y Millán, que sabe lo que es cortarle las orejas a un miura en La Maestranza hizo lo que tenía que hacer: faena de aliño y quitárselo de en medio. Juan José Padilla no hizo su machada habitual, por lo cual el grito de «illa, illa, illa, Padilla maravilla», se quedó en un simple enunciado ripioso. Los toreros con rima caen muy bien en la solanera; Rafaelillo no tiene rima, todavía, ni se me ocurre cuál pudiera ser, pero estuvo hecho un coloso.

Reflexiono sobre todo esto en un lugar privilegiado: el hotel La Perla, sentado en la misma silla que usaba Hemingway para escribir sus fantasías épicas sobre los sanfermines y sin ningún ánimo de usurpar inspiración ni genio. Castillo Puche -novelista olvidado injustamente- me recordaba la obsesión de Hemingway por ser un héroe de los encierros. Una vez le pegó un revolcón una vaquilla y el Premio Nobel lo difundió como una cogida de miura.

Ayer fue día de miuras, ayer fue también una mañana sangrienta y, cuando uno se encuentra en el viejo local de las pocholas y sentado donde descansó su culo Hemingway, uno empieza a entender el pavor de un toro metido entre miles de corredores borrachos. Castillo Puche era el que más sabía de Hemingway y, en la actualidad, quien más sabe, posiblemente, sea Fernando Hualde, vinculado de siempre a La Perla.

Evocando las cogorzas y pesadillas del Nobel, es inevitable reflexionar sobre la procesión báquica y violentísima de los encierros. La Perla da a la calle La Estafeta y a la Plaza del Castillo: o sea al corazón bifronte de Pamplona. Hoy día es un oasis de silencio al que no llegan los latidos salvajes de ese corazón; llegan turistas americanos que aspiran a aparcar su avión privado en la Plaza del Castillo y quieren contratar un corredor experimentado que les enseñe en pocas horas a correr el encierro sin riesgos. O sea que La Perla, en sanfermines, no es hotel para periodistas que no tienen avión privado ni quieren correr los encierros.

Mal día para iniciarse en el rito corredor. Ayer, otro día de horror. Es evidente que, sin quitarles a los encierros ni un ápice de su emoción, hay que imponer normas de seguridad. El riesgo brutal de un frenesí de bacantes, no puede enriquecerse con riesgos añadidos.

Cada cual es dueño de jugarse la vida como quiera; pero nadie tiene derecho a poner en peligro la vida de los demás. Y, hoy por hoy, el peligro mayor de los encierros lo pone la turba alegre y jaranera que rezuma calimocho como un odre picado. Algo habrá que hacer para evitar las terribles hemorragias como las de este año.

Ignoro qué pensaría Hemingway de esta sangría. Y reflexiono sobre ello frente a un retrato de Lalo Moreno pintado por Ignacio Cía. Lalo Moreno, acaso vinculado también a La Perla, fue un torero raro que se cortó la coleta el mismo día de su alternativa tras rebanarle a un toro dos orejas.

Ignacio Cía es un buen retratista que estos días expone sus cuadros en la galería Tdieciséis, cerca del fragor de las toradas violentas. Cía es un pintor impresionista que maneja con delicadeza y pasión una rica gama de verdes, azules y violetas. Los cuadros de Cía en Tdieciséis están muy alejados del habitual costumbrismo de la pintura taurina. Los arrogantes toros de Cía en la dehesa son un ejemplo de belleza en libertad rodeada de colores. La cultura siempre acaba pervirtiendo a la naturaleza. Por encima de todo esto, la imponente lucha de Rafaelillo, un David hondero y de rodillas frente al Goliat del miura. Qué güevos y qué mala espada.

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