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Pamplona y su memoria taurina

Javier Villán

Publicado en “El Mundo” el 9 julio 2009
  • Cebada Gago / Barrera, Marco y Aguilar Seis toros de Cebada Gago, desiguales de presencia y en general serios y bien armados. Mansos y descastados, salvo el pastueño primero, el enrazado tercero y el poderoso sexto con genio malo. Antonio Barrera: oreja tras aviso (estocada corta) y aplausos (estocada). Francisco Marco: silencio (dos pinchazos y estocada) y silencio tras aviso (cuatro pinchazos y media). Sergio Aguilar: vuelta al ruedo tras aviso (media estocada y descabello) y silencio (media).

    Plaza de Pamplona, cuarto festejo. Tarde fresca y soleada.

Derribo de un cebada (Jacobo Silvestre)

Derribo de un cebada (Jacobo Silvestre)

Cayó una oreja en beneficio de Antonio Barrera, que es un torero honrado y da siempre todo lo que tiene, incluso más. La corrida de Cebada Gago, en conjunto, no fue un dechado de virtudes. Pastueño, flojo y espléndido de trapío, el primero; y manso y con genio el que cerró plaza. Fueron los dos extremos, no sólo por colocación en el cartel sino por comportamiento en la lidia.

Entre medias, la buena casta del tercero por los dos pitones, y el resto tres mansos de distinta condición. Una corrida sin brillos cuyo exponente más deslucido fue el quinto. Cebada Gago ha pasado por Pamplona sin gloria y sin los verdaderos atributos del toro de lidia.

Y los tres toreros, pese a la oreja de Barrera y la vuelta al ruedo de Sergio Aguilar, en la misma línea de los toros poco más o menos. Francisco Marco estuvo a punto de llevarse la cornada de un zombi sin resuello; Marco se metió entre los pitones, se arrodilló y, al final, pasó apuros incomprensibles. Fue una muestra de lo que puede hacer la necesidad de triunfo y la falta de contratos.

Barrera se templó muy bien con el noble primero y anduvo incómodo con el deslucido cuarto. Y Sergio Aguilar dejó escapar con las orejas puestas el mejor toro de la tarde, el tercero; el sexto que derribó con poder y malas artes lo llevó por el camino de la amargura.

No hubo, pues, ni grandes toros ni grandes faenas, pero Pamplona tiene memoria. Aquí en esta plaza se han visto faenas memorables y reses con todos sus atributos de toros de lidia. Pamplona tiene otras cosas, pero tiene, sobre todo memoria taurina.

Eduardo Mateo, por ejemplo, que ha trabajado el exilio de los niños de la guerra en México, me recordaba ayer camino de la plaza al Tomás grande de hace años; y al César Rincón memorable. Despídanse; mientras las cosas sigan así, si don Salvador Boix no dice lo contrario, Tomás no volverá a estas tierras sanfermineras; César Rincón tampoco, aunque de esto no tiene la culpa ningún Salvador Boix, sino la inexorable exigencia de la edad y el retiro.

Me recordaba ayer Eduardo Mateo y su cuadrilla dos crónicas de memorables tardes, una José Tomás sumo sacerdote del toreo y otra César Rincón, el torero de los cojones de hierro. Para gestas tales, y para escribir con el entusiasmo de aquellos días se necesitaban, naturalmente, toros; cosa que, en términos estrictos no puede decirse de los cebadagagos de ayer.

Puede que César Rincón y José Tomás se les hubiesen montado encima; pero eso nunca será demostrable. Y puede que al músico o periodista, no lo sé, esas crónicas antiguas le parezcan collonadas; a la afición pamplonesa, de buena memoria, y a mí, de buena melancolía, nos valen. Y nos redimen de tardes con poca historia como la de ayer. De tardes así, reconociendo esa oreja honrada y una vuelta al ruedo, nos salva la memoria de otras tardes.

Confieso que esos recordatorios me han confortado en la idéntica medida en que me conforta la hostilidad de toreros y apoderados; cuando los veo distantes y resignados, cuando no me critican o me insultan pienso que estoy fueracacho.

Por eso el inocente arreón que me pegó en la entrega del Premio Paquiro José Tomás, me produjo un subidón de autoestima. No fue un estoconazo en las agujas, como fantasmagóricamente lo vieron algunos y algunas, sino un derrote al bulto; o en todo caso, un pinchazo en hueso.

Lo de don Salvador Boix fue otra historia: mala hostia torpe y soez. Ignoro lo que don Salvador hizo como músico o periodista; pero sé lo que está haciendo como apoderado del torero más venerado de los últimos tiempos: un ausente de las primeras plazas de España, entre ellas la de Pamplona, y que empieza a caer antipático a sus mejores públicos.

En resumen, como antídoto de tardes plúmbeas como la de ayer, me conforto a mí mismo con el recuerdo de viejas crónicas: José Tomás, sumo sacerdote del toreo. Con permiso del músico don Salvador.

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