Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Un coladero

Joaquín Vidal

El País, 13 julio 1994 

Torrestrella / Muñoz, Mora, Chamaco

Toros de Torrestrella, con trapío y estampa aunque varios sospechosos de pitones, flojos excepto 6º -que derribó-, pastueños en general. Emilio Muñoz: estocada muy trasera caída (oreja con escasa petición); media estocada caída y rueda insistente de peones (oreja con mínima petición y también con protestas). Juan Mora: pinchazo y estocada caída (aplausos); estocada corta caída (dos orejas). Chamaco: cuatro pinchazos y estocada delantera caída (silencio); pinchazo bajo, otro pescuecero y otro hondo (silencio). Muñoz y Mora salieron a hombros por la puerta grande. Plaza de Pamplona, 12 de julio. 7ª corrida de feria. Lleno.
Brindis al Sol, (Foto: Eloy Alonso para Reuters)

Brindis al Sol, (Foto: Eloy Alonso para Reuters)

PAMPLONA-. Cuatro orejas se cortaron y Emilio Muñoz y Juan Mora salieron a hombros por la puerta grande, pero no en virtud del arte de torear excelso sino de la industria de una plaza que se ha convertido en el gran coladero. Para decirlo pronto: las faenas y las estocadas premiadas con orejas no valieron dos pesetas.Bueno, quizá valieron las dos pesetas, y unas cuantas más. Al fin y al cabo los diestros se tomaron la molestia de vestirse de luces, estar a la hora en punto en el portón de cuadrillas, ponerse delante de los toros, aguantar el ensordecedor griterío sanferminero como si fuera música celestial, trapacear por allí, pegar tirones, al rematar los pases salir corriendo, poner posturas, hacer gestos jactanciosos cual si acabaran de inventar el arte de Cúchares, sonreir al graderío…

Todo ese esfuerzo y algunos otros marginales tienen un precio y hay que pagarlo. O sea, más de dos pesetas valió aquello. Sin embargo las orejas poseen una simbología que va más allá de la materialidad del vil metal. Las orejas son trofeos que premian el arte y el valor y eso es lo que no se vio para nada en la corrida sanferminera, daba igual que se la mirara con lupa o a través del culo de una botella.

Nunca pretendió ser el coso pamplonés -con la afición que alberga- custodio de la inaprensible exquisitez, como La Maestranza de Sevilla, ni de la autenticidad escueta, como Las Ventas de Madrid, e incluso desde tiempo inmemorial le complacían y hasta colmaban los toreros bullidores, principalmente los tremendistas, cuyos alardes les ponían a los mozos el corazón en un puño.

Nunca fue el coso pamplonés, en cambio, la campa donde se va a merendar y a empinar el codo, un lugar en el sol, un coladero donde todo cuanto sucediese en el ruedo le trajera sin cuidado, y a madie le importara que allá ni siquiera sucediese absolutamente nada. Y resulta que así está la Pamplona taurina en este momento. Se salvan 73 aficionados de esos que están atentos a la lidia -eran 74, pero uno lo ingresaron ayer con una indigestión de pochas- y es difícil encontrar entre la multitud que abarrota la plaza alguien a quien le interesen el toro, el torero, el toreo, las orejas, el presidente y la buena madre que los trajo a todos al mundo.

Y así ocurrió que por esa indiferencia se colaron las faenas inexistentes, las suertes imaginarias, las estocadas ignotas, las orejas regaladas, las falsas apoteosis, las salidas triunfales por la puerta grande a hombros de unos costaleros a quienes hay que pagar a escote, pues sin cobrar no se dejan montar en la chepa ni una mosca; menudos son los costaleros.

Emilio Muñoz dio muchos pases de izquierda y de derecha a los dos nobles toros de su lote y ambos se le fueron sin torear, porque ni los templó ni les ligó los pases.

Juan Mora desaprovechó la inequívoca nobleza de su primer Torrestrella administrándole una inacabable y aburrida faena, y en el excepcional quinto cuidó la apostura, extremó la pinturería, y en realidad no consiguió templar los muletazos, que ejecutaba con abusiva utilización del pico de la muleta. Lo de Chamaco aún resultó peor, porque toreó sin ajuste, templanza, variación ni gusto.

El segundo toro de Chamaco -último de la tarde- pudo ofrecer gran espectáculo de haber tenido mejor lidia. Poderoso y posiblemente bravo, tumbó estrepitosamente el caballo y el individuo del castoreño que se encaramaba arriba y en los siguientes encuentros el derribado caballero se tomó cruel venganza convirtiéndole en hamburguesa los lomos y además tapándole la salida, de manera que no se pudo saber si el toro se recrecía al castigo confirmando su bravura o buscaba la huída cantando la gallina. Un sórdido suceso, por supuesto; una lamentable tropelía que puso de los nervios a los 73 aficionados (al 74º le subirá la fiebre, cuando se entere) mientras el resto de la multitud lo celebraba, y con atronador acorapañamiento de trompetas, atabales y bombos, coreó a, pleno pulmón: “¡Barça, Barça, Baaarça!”.

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2 respuestas a “Un coladero”

  1. […] encontrado por ahí una crónica suya de 1994, de San Fermín. Se titula “El coladero”. Es una crónica del jolgorio, la […]

  2. […] encontrado por ahí una crónica suya de 1994, de San Fermín. Se titula “El coladero”. Es una crónica del jolgorio, la […]

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