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Armónica bravura

Juan Posada

Publicada en Diario de Navarra el 12 julio 1984

MARAVILLOSA belleza la de un toro bravo arrancándose al caballo desde larga distancia. El tranco del animal, sólo

Vuelta al ruedo Yiyo (foto: Mena)

Vuelta al ruedo de "Yiyo" (foto: Mena)

comparable con el del caballo de carreras, por rítmico, y con la gracilidad de la gacela, cuando salta libre y despreocupada, concentra en sí potencia, fuerza y valentía, bravura en definitiva. Hasta el peligro de sus pitones se endulza porque presagia nobles embestidas, que harán soñar al torero que le tocara en suerte, nunca mejor dicho, torearlo y, la única pena, matarlo.

Dos de los toros de Fermín Bohórquez lidiados ayer primero y segundo, tuvieron esas característi

cas en su totalidad y otros, tercero y sexto, en parte.

Lo único que hizo bien Emilio Muñoz -muy en baja- fue colocar al primero deja tarde en el sitio justo, donde los toros bravos demuestran que lo son: casi en el centro del ruedo. Muñoz, seguro estoy, se dejó llevar por su afición y quiso recrearse paladeando el sabor inigualable que proporciona tan insólito, por infrecuente, espectáculo. Lo malo fue que Yiyo y Durán se empeñaron, influenciados por la monotonía insistente que padecemos en la fiesta, en dejar a los toros prácticamente debajo del peto.

La armonía musculada mostrada por esos dos toros bravíos es uno de los muchos elementos que han logrado que esta ancestral costumbre española de «jugar con el toro) cause asombro entre los que nos visitan, que no pueden suponer que un animal, un bruto, sea capaz de componer y ejecutar un ballet telúrico, tan hermoso. El placer sensual de gozar de semejante disfrute, bien merece asistir a una’ corrida de toros, aunque estos eventos no se prodiguen.

Si en la plaza hubiera habido un componente de la Protectora de Animales, que lo dudo mucho, estoy seguro que quedaría admirado. Porque, pregunto: ¿Verdad que merece la pena criar a un ani mal en libertad para darle la oportunidad de mostrar su belleza física y síquica? Sí, por supuesto. Hasta el hecho de clavarle la puya parece, como ocurrió ayer, menos cruel que en otras ocasiones. Además, ¿se fijaron con el cuidado con que el picador posó el castigo en el morrillo? No era para menos, ya que la mayoría de estos hombres de la pica fueron hechos en el campo, en lo alto de un potro y rodeados de toros por todas palles. Ellos conocen la comunicación íntima que existe entre el toro y sus amigos camperos, que, desgraciada o afortunadamente, se materializa en el ruedo, con la muerte como máxima jerarquía. Esos •dos toros de Bohórquez no causaron tristeza al morir, porque cumplieron un destino inexorable, razón de su propia existencia. Sin ese final, arrastra do por mulillas entre ovaciones del hermano hombre, hubieran sido sacrificados tres años antes, cuando comenzaban a rumiar el primer biberón de yerba, en cualquier olvidado matadero.

Lo peor fue que los dos toros gloriosos se fueron sin haber percibido siquiera el olor fresco y embriagador que produce una genial faena. Ambos, el primero bastante más que el segundo, vieron desperdiciadas sus cualidades extremas y no gozaron del embeleso que debe producirle al bravo seguir una muleta, templada cual guitarra y amorosa cual eralita virgen.

Yiyo, que no supo emborracharse, hasta el hartazgo de arte, al menos se «alegró» un tanto. Fue lástima porque en la juventud es cuando los placeres de la vida saben más, no mejor. Ya se estará acordando con nostalgia de la ocasión que ese segundo toro le proporcionó. Eso, a su edad, es un pecado capital. Malditos sean los convencionalismos mercantiles imperantes, que hacen que los toreros jóvenes de ahora sean incapaces de soltar las amarras de la fantasía y crear arte y sentirse superhombres. Claro, que eso no les conviene a los empresarios monopolistas.

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