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Barquerito, amigo

Juan Posada

Publicado en Diario de Navarra el 14 de julio de 1991.
En el encierro del 13 de julio Ignacio Álvarez Vara “Barquerito”, resultaba cogido por un toro del Marqués de Domecq

NADA más verte encogido entre los pitones del toro del Marqués me estremecí. Me vinieron a la memoria otras ocasiones en las que sentí el mismo pánico doloroso y perplejo que tú experimentaste ayer tempranito, a las ocho y algo más de la mañana. Me dije: Pobre, sin estar preparado para ello. ¿Qué sentiría- con las prisas de los facultativos desgarrándole las vestimentas; el dolor físico, que ahoga, y la vergüenza que te incita a callar, no gritar, – mirar, con los ojos fuera de las órbitas a los que te rodean; como diciéndoles: «Que no -es nada, que yo soy un tío. -Que me muero de miedo». ‘Madre mía! Estoy seguro-que la película de tu vida pasó rabiosamente por tu mente; que mil faenas de grandes toreros -unas imaginadas y otras vividas- vinieron a confortarte. «Yo, Barquerito, cronista taurino, no puedo estar en este quirófano. ¡Qué limpio está todo! ¿Por qué? Me duele; es una mano negra la que me aprieta las entrañas: No, no puede ser; los toros son algo distinto. No, claro, es una fiesta bonita, ¡arte puro! No me quiero quedar dormido. – Puedo morirme. – Que me hagan lo que quieran pero, por Dios, que no me duerman. Tengo miedo a la anestesia, mucho miedo.

Cogida en el encierro, tramo de Santo Domingo,  en el antiguo Hospital Militar. Años 60. (Alojada en  Sanferminencierro.com)

Cogida en el encierro, tramo de Santo Domingo, en el antiguo Hospital Militar. Años 60. (Alojada en Sanferminencierro.com)

Ya no hay nada, sólo paz. Tranquilidad y leves dolores que aprietan en las tinieblas de la subconsciencia. Ahora lo recuerdo bien: estaba en mi lugar en la Cuesta de Santo Domingo, acurrucado en mi rincón, donde -veía pasar a los toros muy cerca sin que ellos se percibieran. Pero ¿qué pasó? Lo vi venir. Cosa rara, no me fijé en los pitones, sino en sus ojos: grandes, negros e infinitos, como si no miraran, taladraran. ¡Cuánto valor tienen los toreros! ¡Ay! Pareció que no fue nada. Yo mismo grité para alentar a los que me atendían, aunque sabía que mi lamento entraba a sonido lento, distorsionado, en mi cerebro y, ¡ay Dios mío!, en mi alma.

Pena de vida, amigo Ignacio. Pero, me pregunto: A que ahora te sientes orgulloso de lo que te sucedió? Seguro que sí. También sabes que cuando tenemos que afrontar un dilema de vida o muerte sacamos raza de donde no podíamos imaginar que la hubiera y respondemos. Bueno, pues eso, querido Barquero es lo que experimentan los toreros en ese trance. Tú, ahora compañero de todos nosotros, los que conocemos el dolor y -la satisfacción de la cornada, sabes lo que es esto y, para que algunos rabien, te sentirás orgulloso. Pero, eso sí. Por favor,

El toreo, arte y dolor

No te coloques en un lugar tan peligroso para presenciar el encierro. Una vez es suficiente, dos sería una temeridad. Y ya sabes que los toros cuando cogen de verdad meten el pitón. No obstante, amigo, colega y compañero, desde esta sección te mando mi más sentida enhorabuena y, también, mi dolor por lo ocurrido, aunque en el fondo te envidie. -Hace tanto tiempo que me ocurrió a mí lo mismo. ¿Verdad que en la soledad de la habitación, gozando del frescor de las sábanas y percibiendo la admiración que provocas entre enfermeras, asistentes y visitantes, te sientes torero? Pues, sí, Barquero ya lo eres porque estuviste a punto de dejar la vida en el empeño. Enhorabuena, compañero.

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Una respuesta a “Barquerito, amigo”

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