Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Luis Miguel en Pamplona

Capdevila, Diaro “Arriba

Pamplona el 9 de julio de 1947,  toros de Mª Teresa Oliveira, Andaluz, Luis Miguel y Parrita

“Esta tarde, por fin, se ha roto el hielo. El hielo de este frío pamplonés que aquí vamos sufriendo-¡oh, Madrid de los fuegos estivales! – , y el hielo taurino que estaba cuajando la feria. Esta tarde se han roto esos hielos. Los ha roto un torero, Luis Miguel Dominguín, del que, por cierto, a mí me gustaría que se abreviase el nombre. ¿Cómo? No lo sé. Lo que sé es que en los toros han quedado muchos nombres escritos sin necesidad de más, ni de apellidos vagos, ni de motes confusos: Pepe-Hillo, Paquiro, Currito, Frascuelo, y luego Joselito, y luego Marcial… Claro que fue cada torero el que ilustró su nombre, y no el nombre el que hizo a su torero, porque el nombre no hace al caso. Pero es que en este caso el torero y el nombre se están haciendo juntos. Y el torero y el nombre -todo junto- a mí me parece que son, a secas, así: Luis Miguel, sin rodeos ni añadidos.

Con la advertencia de que ha sido-para la mayoría del público-por una sola faena, cuando ha debido ser, y para algunos habrá sido, no sólo por ésa, sino también por la otra. Dos faenas toreras esta tarde, de las de primera fuerza. […].

Ha habido una actuación descolorida de Parrita, que empezó en su primero con mucho valor; pero sin acertar la muerte, y que ya, a fin de tarde, se tropezó -sin gusto- con una res muy incómoda. Ahora bien: si se salva ese pasaje, lo restante ha tenido, repito, profundo interés. Claro está que con base en los toros. […]

Los toros de Oliveira, salvo un par de ellos manejables, han sido difíciles: han hecho cosas feas de continuo; han venido apretados -y, dentro de eso, desiguales-, con la tuerza y dureza que esto lleva siempre en sí, y, sobre todos sus defectos, se han aquerenciado mucho en los portones y en las tablas, que por la mañana aprenden en los encierros pamplonicas.

En eso ha estado el éxito que los toreros han tenido, y digo los toreros porque, además de Luis Miguel, ha estado bien el Andaluz. Para la gente, sólo en el primero. Para mi gusto, en los dos suyos. y esto, por lo mismo que digo de Luis Miguel. Porque hoy -y creo que siempre- lo importante no era el que saliese más lucido, sino que él fuera más difícil. A Manuel le lució la labor del primero -brindado a la alegría de los chiquillos de la «Meca»- , al que además mató de manera excelente, aunque no fue premiado por Pamplona: doblándose sobre el pitón, con la entrega con que se dobla siempre el Andaluz. Pero el cuarto era un toro cuajado, asperísimo, y toda la faena fue de lucha, como tenía que ser. Pamplona lo vio menos todavía, y aunque Andaluz se haya marchado, quizás, dolorido de eso, no debe preocuparle. Que lo importante para él es lo hecho que está: lo que llena las ferias y lo gallardamente que las llena. Lo demás, el jaleo del momento, lo equivoca la gente a cada paso.

Pues, ¿no lo equivocó con Luis Miguel? ¡Claro que sí! Al salir de la plaza he escuchado en cien bocas: Luis Miguel, Luis Miguel, Luis Miguel. Lo decía la gente así: a secas. Y lo decía por la faena del quinto de la tarde: el de la oreja, única que hasta ahora se ha dado en la feria. Había sido un toro un poco tardo, un poco bronco, que solamente a fuerza de consentirlo mucho tomaba la suerte. Luis Miguel no cejó ni un instante en el empeño y en el logro de «sacarle faena». Y la consiguió cumplida, cumplidísima; la remota «mojándose las uñas» por dos razones de esas de 18 kilates taurinos: porque es de los privilegiados, muy poquitos, que pueden embarcarse -y desembarcar con éxito- en una empresa así con ese toro, y por su rebeldía juvenil, cimera rebeldía, a salir de la feria en entredicho.

Sin embargo, no había entredicho siquiera. Ni podía ya haberlo, creo yo, para el aficionado inteligente, después de la faena del segundo de lidia. Este sí que fue un toro de prueba para un torero nuevo, una piedra de toque para una inteligencia taurina juvenil. Y ésta sí que fue faena madura para una experiencia larguísima. Cambiados los terrenos, el Delfín del Toreo -que es Luis Miguel- se encadenó con su enemigo, lo acorraló contra las tablas, lo castigó implaca­ble y, sin dejarlo irse, le detuvo, por fin, entregado. El toreo está ahí. Y de ahí, para arriba. Sin bajar una línea -ni un minuto- jamás.

Si a aquel largo milagro hubiera que ponerle alguna tilde, yo le diría a Luis Miguel que mató a su enemigo en mal sitio. Pero fue una impaciencia tan sólo. Por lo demás, faena de un inmenso horizonte. Y el que no lo captara peor para él. Para el del éxito -el quinto-, el cimiento de una fecha máxima para un torero joven. Lo inicial de una órbita incalculable. […]

Con el nombre ya escrito -simplificado- de este espada se podría escribir: «Luis Miguel en sus primeros años».

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