Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Germiniano Moncayola, José María Iribarren

Este pastor, chaparro y corajudo, tenía forzosamente que ser de la Ribera. Su nombre huele -como un tomillo- a sotos y a Bardena, y a ese afán mujeriego -tan de Tafalla bajo- de buscar en el Santoral los nombres más barrocos para los hijos.
Esa color madura de su rostro, signado por cicatrices de asta, se le curtió bajo el solazo de la Bardena, cara a la giba dromedaria del Moncayo, en los sotos inmensos, macerados por la pezuña de las reses, de esos toricos majos, rojos y escuetos, nietos de aquellos Carriquiris cuyas astas eran navajas en el vientre de los caballos.

Germiniano Moncayola

Germiniano Moncayola

Cuando él era mocete soñaría en la plaza de Arguedas -moscas y sol- con ser pastor de toros y dibujar a fuego sobre un cuerno grafías de Museo Etnográfico. y en recortar a cuerpo limpio -un clavel en la boca- las vacas royas de las capeas. En ser un mayoral de la Ribera, de los que el Guerra había dicho en Pamplona, junto a Pepito Goicoechea, que trabajaban con los riñones.
Tenía que haber nacido en la Ribera este pastor de toros, recio, moreno de sol bardenero, templado de nervios como una guitarra de jota, al que tantas tardes hemos visto junto a la carretera alborotada de automóviles, recortando su estampa ancestral sobre el soto bordeado de tamarices, cuando la tarde cae desmayada en el lomo áspero de los toros y una luna taurina asoma por el ruedo del cielo sus dos astas de estaño.
Este mayoral treintañero cuya camisa blanca reluce entre los cuernos, tras la riada de los valientes, en las mañanas ungidas de emoción, de los encierros de Pamplona.
Con su blusica negra al brazo y su palo en la diestra; jugándose la vida a cuerpo limpio, con la sonrisa a flor de labios de quien no da importancia a lo que hace.
Que hace seis días, cuando la tragedia signaba de emoción los Sanfermines, robó al toro su presa, coleándole, y lo tumbó sobre la arena removida del callejón con la bravura de un Urso de epopeya y la belleza arcaica de un bajorrelieve celtíbero. Que cuando el toro alzóse, se lo llevó a la plaza prendido en los vuelillos de su blusa, indiferente al clamoreo que levantó su hazaña, como diciendo a todo aquel gentío: «Así hacemos las cosas allá abajo».

Germiniano Moncayola

Germiniano Moncayola

Y una mañana, cuando las gentes, desde Biarritz hasta Sevilla, se hacían cruces de su valor, Germiniano Moncayola se vino a la Ribera entre un clamor campestre de esquilones, con los mansos de Alaiza: con el negro, con el mogón y con el jabonero de los encierros. A abrazar a su esposa, a besar a sus hijos, y a seguir, bajo el sol de Murillo, cuidando de los toros hasta que una luna torera apunta sobre el ruedo del cielo sus dos astas de estaño.

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