San Fermín, a bordo del toro
Chapu Apaolaza
Revista “Club Taurino de Pamplona”, nº 22, año 2001
La Fiesta de San Fermín y todo su conglomerado socio-festivo reposan en uno de los principales sustratos de nuestra tierra: el toro. De sol a sol, Pamplona y medio mundo se aferran a este tótem que los lleva por derroteros emocionales únicos.
Como reza el cartel, desde el 6 al 14 de julio son nueve días a bordo durante los cuales lo táurico se siente por todos los rincones, pero en la Monumental de pamplona la comunión entre fiesta y toro se hace más patente. La tarde comienza en el paseíllo de las mulillas, cuando las gorras de plato de La Pamplonesa asoman por Mercaderes detrás del penacho y los cascabeles. Suena de fondo lo que un sanferminero maravilloso buatizó como “la banda sonora de la gloria” en forma de partitura de Martín Agüero. Bajo un sol limpio que es luz de domingo, se presiente la corrida y, paso corto o paso largo, los aficionados, siempre toreros y rumbosos, llegan a los aledaños de la plaza donde el pasodoble se funde con el estruendo de las peñas.
A las seis y media de la tarde y con el ruedo despejado de cintas al viento, en los tendidos de la plaza de toros se funden los elementos de la fiesta y se produce una situación única entre todos los cosos del mundo.
Allá, en una parrilla de sol y viandas se sientan las peñas que, entre blusas, cánticos y meriendas forman el caos más absoluto e ingenioso, representado perfectamente por la chistera glamurosa y el frac de pantalón corto del Alcalde de Sol o las pamelas de playa y el delicioso cava del 6. Los tendidos de sol se ponen por sombrero el sopor de algunas tardes con la licencia que les otorga haberse pasado por la camisa las astas que, en ese mismo instante, amenazan la femoral de los matadores.
Diametralmente opuesta, la sombra derrama imaginación culinaria, atención y blancura impoluta. Sin desmerecer a las demás, destaca la grada 3, la “Grada de los Diabéticos”, la del saber taurino, la de la merienda exquisita y golosa, la de los abrazos sinceros y los recuerdos de infancia sanferminera de un servidor.
El sol y la sombra se complementan para provocar la mayor catarsis festiva del día y en el ruedo entre los dos, de nuevo el toro. Digan lo que digan, la Plaza de Pamplona atiende a razones y es que un solo natural o un toro arrancándose de largo al caballo sientan de golpe al sol y centran la atención en la arena. La verdad del toro, una vez más, pone a todo el mundo en su sitio porque lo que allí ocurre se sigue llamando Feria del Toro, aunque cada vez se presienta más descafeinada.
Al acabar la corrida, las charangas de las peñas vuelven a relativizar el triunfo o el fracaso con su estruendo en espera del encierro del día siguiente, que brindará al pueblo durante ocho mañanas de julio, soleadas pero frescas, la oportunidad de sentir el aliento de la manada en la espalda.
Todo está a punto. Solamente nos queda dejarnos llevar a lomos del toro más festivo. Sólo queda disfrutar, romper con la rutina y ponernos en el gorro las cerezas de la alegría. Llega San Fermín, lo estábamos esperando.
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Remember!! Gracias por la cita Mariano!