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El Patio de Caballos

José María Iribarren

Año 1951

Una hora antes de la corrida, cuando las terrazas de los cafés hierven de animación, de forasteros y de gordos con puro; cuando en su triste cuarto del hotel los matadores, pálidos de angustia, comienzan a vestirse, rodeados de tres o cuatro amigos, el patio de caballos está casi desierto, amo­dorrado bajo el bárbaro sol que destella en la cal de los muros con un brillo ofuscante.

Plaza de Toros de Pamplona, años 50 (foto: Cartier Bresson)

Plaza de Toros de Pamplona, años 50 (foto: Cartier Bresson)

-Buenas tardes, señores.

-Buenas las tenga usté.

A la sombra de un viejo parral, dos civiles fuman senta­dos aburridamente, con el máuser en la entrepierna, junto al conserje y su mujer que hablan con el conocedor de la ganadería, un tipo amojamado y oliveño, de chaquetilla blanca y cordobés.

Las tapias encaladas, la higuera que derrama su follaje sobre el abrevadero centelleante, esta pareja de la Benemé­rita y el dolondón de unos cencerros en el corral del fondo, dan al lugar un aire de cortijo andaluz, con olor de vacada y de campo.

-iVaya calor! -dice el conserje, enjugándose el sudor del pescuezo.

—Er día ze laz trae —corrobora el conocedor.

—Tarde de toros —dogmatiza el más viejo de los guar-diaciviles.

Y la palabra toros, alusiva a las víctimas, borra todo recuerdo cortijero, volviéndome a la cruda realidad del patio de caballos antes de la corrida.
Tras de esa tapia -pienso- estarán ahora los seis bureles, encerrados cada uno en la tiniebla de su chiquero, oxeándose las moscas, rumiando adormecidos, sin saber que esta tarde, uno tras otro, irremisiblemente…
A lo hondo del túnel de la puerta de arrastre, el amarillo de la arena arde de sol con un relumbre que hace daño a la vista. Me asomo al redondel.

¡ Qué alto parece el coso desde aquí y qué imponente en su rotunda soledad!

Tres operarios arrastran por el ruedo una especie de bas­tidor con diez escobas en hilera, girando lentamente, en cír­culos exactos, a cordel, mientras algunos areneros de blusa azul vierten tierra en los hoyos y raen el piso con rastrillos y allegaderas.
Ya han debido de abrir las puertas de la plaza, pero aún no se ve a nadie en los grádenos. ¿Quién llegará el prime­ro?, me pregunto. ¿Habrá gentes que vengan a los toros con una hora de anticipación; que sean capaces de aguantar una espera tan larga?
Como en respuesta a mi curiosidad, el encanto de la pla­za vacía acaba de romperse ante mis ojos. Dos soldados pri­meros espectadores! se asoman al anillo como a un cráter desde la última fila de palco, y ríen, embobados de verse solos y haberse adelantado a todo el mundo.
Ya se han metido los de las escobas y salen ahora los regadores, arrastrando el rojizo culebrón de la manga.
El agua, deshecha en polvo de arco iris, cae sobre la are­na llameante, poniendo el ruedo de color canela y avivando como un barniz el rojo sangre de las vallas y los paneles numerados del callejón.
Cuando regreso al patio, ya han comenzado los prepa­rativos.
Alineados contra la tapia blanca del corral, a pleno sol, siete rocines deplorables: tres desnudos, y cuatro aparejados con las colchas rojizas, baten sus lacias colas o cocean débil­mente, pateando sus propios excrementos.
A uno de ellos el mozo de la cuadra le está enjugando unas desolladuras que le sangran sobre la rabadilla.
-Pero eso ¿es de cornada? —le pregunto.
—¡Qué va! De Palos. Esta mañana le hemos dao una soba de miedo. Mire qué manso se ha quedao. Ahora no tie­ne ganas de cocear.
Ante la puerta de la caballeriza hay un montón de petos, resudados, mugrientos, llenos de parches, remostados de sangres viejas, con jirones de guata en las destripaduras de la lona.
Y a la derecha del abrevadero, en la puerta del corrali-llo, cuelgan, sujetos a un alambre, trapos de color vino para tapar los ojos de las víctimas, agujas gordas enhebradas en liz, varias hebras de estopa, un acial y una lavativa.
¡ He aquí todo el quirófano de los pobres caballos! Sobre este suelo que ahora piso ¡cuánta escena de horror y de san­gre en los tiempos recientes, cuando no había petos!
Aquí, cuando llegaba el jaco herido, andando a trancos, tiritando de susto y de hemorragia, colgándole brazadas de intestinos calientes, le retorcían el morro con el garrote del acial, le ataban con un lazo corredizo los corvejones, lo tum­baban en el suelo a traición y, una vez inmovilizado, le metían el bandullo a manotazos, como quien mete ropa en un morral, le tapaban las brechas con estopas empapadas en árnica, le jeringaban los mondongos para que no le entrase la infección, y le zurcían el pellejo con agujas de coser bastes.
Luego lo alzaban, arrojándole cubos de agua helada, y le limpiaban los manchones de sangre con mazos de arpillera. Y si el dolor le hacía enloquecer o cocear, la inyección de morfina en el cuello o el corte a punta de navaja en el fondo del ojo para dejarlo ciego y… ¡a la plaza otra vez!, porque la plaza reclamaba ¡ caballos! ¡ caballos! ¡ caballos! con rugidos de fiera.
En la cuadra sombría, llena de un tufo acre de ganado, de estiércol y alfalfa, catorce bestias trasijadas parecen dor­mitar a lo largo de los pesebres.
Hay dos o tres rocines blancos, de un blanco sucio, ama­rillento, con chafarrinones de color mosto en el pálido vien­tre. Los hay heridos, con las ancas llenas de brechas rezu­mantes que les chupan las moscas. Los hay enfermos, de ojos turbios, febriles, que están inmóviles, acochinados, como si barruntasen lo que les espera.
Un monosabio chato y mongoloide, cuya camisa roja parece hecha con muletas del tiempo de Cuchares, da vuel­tas a un canelo cojitranco que apenas puede posar en tie­rra una de sus pezuñas. Trata —según me dicen— de calen­tarle la pata herida. Me parece imposible que este pobre animal que anda sobre tres remos, estremeciéndose a cada paso, pueda salir al redondel y soportar sobre sus vértebras la humanidad del picador. Pero resulta que el caballo heri­do es el mejor para picar; el que prefieren los picadores, porque está acostumbrado a la embestida y la sabe aguantar sin derrumbarse.
Al fondo de la cuadra suenan palos y maldiciones. La luz de un ventanuco pone tintas de aguafuerte goyesco a una escena brutal.
Tres monosabios sin entrañas tratan de alzar del suelo a un rocín blanco y espectral, que me recuerda al que pintó Zuloaga en «La víctima de la fiesta». El jaco se resiste, se hace el muerto por temor de que lo aparejen, y ellos le hun­den sus varas en la ijada, le apalean las orejas, le retuercen la cola como las lavanderas cuando escurren camisas. Al fin, tratan de auparlo por la tremenda.
¡A… una! —gritan.

Pero el caballo, apenas puesto en pie, se les derrumba catastróficamente.
—¿Qué pasa allí? —le digo a un mozo de blusilla azul que sale ahora de vestirse.
—¡Qué va a pasar I; que lleva ya picaos veintitrés toros, y el tío sabe demasiao.
Luego, previendo que acabarán por darle la puntilla, añade:
—Ahí donde usté lo ve, ése y éste eran los mejores. Y me señala un alazán huesudo y gigantesco que a mí me da la sensación de que no puede sostenerse.
—¿Con esas patas?
—Sí señor. ¿A que no sabusté en qué se conoce el caba­llo que es bueno pa picar?
—¿En qué?
—En que cuando está quieto, junta las corvas de las patas traseras. Como ése.
Los monos han dejado por imposible al blanco y ahora le están poniendo los colchones del peto a las ruinas de un percherón.
—Parece un buen caballo…
—Ya lo creo. Como que a ése sólo lo sacan pal desfile.
Sanguinoso y tripón, mascando un «Paria», entra en la cuadra el contratista.
—¿Qué pasa con el blanco? —pregunta.
-Que en cuanto vamos a ponerle el peto, se tira al suelo y no hay quien lo levante.
-Dejarlo de mi cuenta. ¿Hais erráu a éste? (señalando al canelo).
-No señor.
—Pues llamar a Julián.
Y el canelo sigue cojeando lastimosamente, con un cha­coloteo de herraduras sueltas que resuenan en las losas, amarillas de estiércol y orines.

En un cuartucho paredaño a la cuadra se están vistiendo los reservas. Quiero charlar con estos infelices que por cin­cuenta duros aguantan las primeras embestidas del toro y sufren las caídas más atroces. Siempre me dieron pena estos parias de la corrida, cosidos a cornadas, tullidos a golpazos, que pasan solos la hora del miedo, sin que nadie se les acer­que a darles un pitillo ni les eche la mano al hombro deseándoles buena suerte.
La exigua estancia, llena de trastos, ropas y chirimbolos, tiene cierto pintoresquismo. Colgando en la pared se ven blusas azules y camisolas rojas de monosabio, dos castore­ños y un par de chaquetillas de picador oxidadas, plomizas. Por el suelo, maletas viejas, capas, arneses, dos botijos, una mona de acero ¡qué sé yo! Y al fondo, en la penumbra, un tabladucho que hace las veces de camastro, con jergones y mantas en burdo revoltijo.
El más viejo de los reservas está sentado, «espatarrao», al borde de su piltra. Tiene el perfil de cabra, la piel costrosa, llena de arrugas como cuchillazos, y unos ojos azules de mendigo. Taciturno, con la colilla pegada al belfo, se abro­cha filosóficamente el calzón de gamuza sobre la ortopedia de su pierna derecha, blindada con la mona de acero, pesa­da y reluciente.
—Gracias; pa luego —dice con gesto estupefacto cuando le alargo un puro, que se apresura a hundir entre la ropa sucia de un maletón.
El otro, que es un tipo rebajete, chatazo, de tez color acelga y una cara de bruto aterradora, se sujeta al estómago la calzona amarilla y, ayudado por un mozo de cuadra que tira del extremo de la faja, empieza a darse vueltas sobre sí mismo, para liársela, muy prieta, a los ríñones.
—Pónmela igualada —le advierte al mozo.
—Igualada, provincia de Barcelona —bromea éste con aire desganado.
—¿Hay miedo? —le pregunto.
—Usté verá —dice bajando un párpado y alzando la otra ceja con un gesto definitivo-. Eso es cosa que nunca falta, sobre todo a estas horas… ¿Tié usté un cigarro?… Gracias… (Lo enciende y reanuda la conversación). Lo que pasa es que cá uno lo disimula como puede. Y eso que, al fin y al cabo, nosotros, si no queremos ir pal toro, nos echamos pa atrás y ¡ya nos cogerán de la barrera! En cambio, los toreros tién que aguantar quieras que no. ¡Esos van daos de todas todas!
—Vamos; que ustedes ya se llevan buenos porrazos. Ayer un picador se partió dos costillas…
—¿Dos? —interrumpe el viejo—. Cuatro me partí yo con­tra el estribo. En la plaza de Zaragoza, cuando no había petos, i Aquello era picar y aquello eran caídas! ¡Mi madre; las que yo me habré llevao!… Pues ¿y la gente? ¡Casi na! Había plazas que le teníamos más miedo al público que al toro. ¿Qué sabe usté? Si yo fuera a contar sucedidos, habría pa escribir una novela más grande que el Quijote.
Tira el cigarro, coge el botijo y, tras de echar un trago, continúa:
—A mí por esas plazas me han tirao de tó lo tirable: panes, cazuelas, botijos, garrafones… ¡Pa poner una tienda! Una vez, no me acuerdo si fue en Alíaro o en Tarazona, me arrearon en mita de la oreja con un pimiento colorao ¡así se muera el que lo tiró! que estuve un mes oyendo el tren, con un zumbió y unos dolores… Trenta duros me gasté en la bo­tica.
—¿Por un pimiento?
—Sí señó. Lo que pasa es que estaba relleno. (Y cierra el puño para darme idea de la piedra que le habían metido).
—La verdá que el oficio de ustedes tiene lo suyo.
—¡Qué quié usté!; lo cochina af’isión —explica el cnato.
-La afición y el cocido -corrige el viejo. Y en seguida, dirigiéndose al mozo:
—Alcánzame el dedil.
Se sujeta el dedil de badana, atándose las cintas a la muñeca; hunde los brazos en un chaleco de seda verde con lentejuelas de azabache, y se echa a las espaldas una chaquetilla tan vieja y herrumbrosa que parece sacada del Ras­tro o de un Museo Taurino.
—I Rediez; cómo pesa estol
Se cala el castoreño; se ajusta el barboquejo al maxilar, y me alarga una mano crustácea, dura como una garra.
—Que haya suerte —le digo.
—Gracias; a disponer.
Y sale del cuartucho, esparrancado, con las zancas entre paréntesis, bandeándose como un curda.
—¿Cuál es el mío?
—¿Cuál va a ser?; el canelo.
—Pero ¡me caso en mi alma!, si no se pué tener…
—Calle, abuelo, que ya lo he calentao y le han puesto herraduras. Se lleva usté una bestia guapa y la que más sabe de toros —le aplaca el mono chato, guiñándonos furtiva­mente el ojo, con la picara guasa de un chalán.
Nada más asomarse al sol del patio, llegan los picadores de las cuadrillas.
No vienen cabalgando, con el mono a la grupa, como era lo castizo. Vienen juntos, en un prosaico ómnibus de hotel, y entran dándose pisto, patizambos y torpes, un poco pálidos de miedo, pero diciendo chirigotas para disimular.
—¿Qué vida, Antonio?
—Ya lo ves. Por aquí, a pasar la tarde —responde el pica­dor con desgaire flamenco.
A tres de ellos los han alzado sobre sus monturas, y están dándoles vueltas, acostumbrándolas al freno, gol­peándoles el vientre con los estribos que hacen un ruido de latas viejas.
-¡Arsa pilili! -ha gritado un guasón al tiempo que seis manos se hundían en la popa de un picador, recio como un tonel, para izarlo sobre la silla.
—¡Pobre caballo! Le ha tocao el gordo —dice alguien junto a mí.
Replegados en las proximidades del desolladero, char­lan y fuman viejos aficionados, de los que nunca faltan a este rito preliminar, de los que antes de empezar la corrida entrarán a la cuadra «a cambiarles el agua a los garbanzos» y a echar una ojeada sobre el ganao.
—Qué; ¿viendo el jálenlo?
—Sí señor; en la salsa. Yo nunca me pierdo esto.
Se les distingue bien de los amigos del contratista o de los picadores: gente de tifus que se coló de gorra y que verán la lidia en la meseta de toriles, donde se pueda ¡a ver qué vida!
Mientras tanto, la plaza va llenándose con un rumor lejano y sordo de muchedumbre en movimiento. Grupos de espectadores, desde las galerías exteriores del edificio, con­templan el jaleo del patio, esperando poder ver a los dies­tros.
¡Apartarse! Las puertas de la calle se han abierto de par en par. No son los matadores. Son los alguacilillos, con sus fúnebres ropas -el ferreruelo volado atrás y el sombrero de teja empenachado de fatuas plumas— que vienen prece­diendo a las dos trincas de mulillas.
Las muías entran fanfarronas, con un sonar de cascabe­les y un flamear de banderitas, llenas de borlas y jaeces, arrastrando a sus conductores, que van echados hacia atrás, con las manos aferradas al balancín.
Los mulilleros han dejado sus bestias a la sombra, junto a las jacas de los alguacilillos que, en contraste feroz con los caballos de los picadores, lucen su piel brillante, sus nalgas gordas, desvergonzadas, y sus gualdrapas de terciopelo gra­na, con galones de oro.
Ya sólo faltan los toreros para que el patio de caballos colme su estampa pintoresca. Porque el patio es ahora un revoltijo de hombres y cuadrúpedos, donde los personajes y comparsas de la corrida: picadores y mulilleros, guardias y alguacilillos, monosabios, empleados y espectadores, se confunden en democrática mescolanza.
¡Fijaos! Ahora sale de la capilla el capellán, acompaña­do de otro sacerdote que porta en un estuche los Santos Óleos. Acaba de encender las dos candelas que arderán, hasta el fin de la corrida, ante la imagen de la Dolorosa.
Ese de chaquetilla clara y de sombrero cordobés que se detiene a saludar al contratista de caballos, es —ya os lo figuráis— el mayoral de la ganadería, que va a entregar al encargado de toriles las divisas de los morlacos.
Esos dos son los médicos de la plaza, y aquel de más allá… ¡Paso; que mancho!… Un mozo corre entre los grupos con un fajo de picas al hombro para depositarlas en el armero del callejón.
Y cuando falta un cuarto de hora escaso… ¡Ya están ahí! La gente se remueve, puestos los ojos en la puerta, ante la cual se ha detenido el automóvil de la primera cuadrilla.
La llegada del matador constituye un momento de emo­ción y un motivo de estudio para el que esté un poco metido en los secretos de la fiesta y en la psicología, de los lidiado­res.
Primero entra el «ayuda», llevando a las espaldas el pesado esportón de los capotes. Luego, el mozo de estoques, con el fundón de cuero y el botijo de rociar las muletas. Y, junto a sus tres peones, el matador, con el bordado capotillo plegado al brazo.
¡Miradle bien, amigos, porque es éste para él un momento terrible! La montera ajustada le acusa el pliegue del entrecejo, contraído por la emoción. Tiene el color terro­so, los ojos turbios, empequeñecidos, y aprieta la quijada, reprimiendo su angustia.
Es un héroe popular, aplaudido, envidiado, famoso, y sin embargo, aquí, todos le miran compadeciéndole como a una víctima. Muchos le dan la mano, le palmean sobre la
espalda, y él corresponde a los saludos con una mueca hela­da, triste, con la sonrisa meramente dental de quien va aje­no a todo, pendiente sólo de su propia tragedia.

Cuando llega a la zona iluminada por el sol y se siente flechado por un centenar de ojos, se engalla, estira el cuello, y se alza de hombros en un falso ademán de indiferencia, que no es otro que el de encoger la espalda para ajustarse la chaquetilla.
Y es aquí, cara a cara, a pleno sol y en contraste con los paisanos que le rodean, cuando el torero se me ofrece a la vista de una manera inédita. Por un momento me parece ver, no al matador, sino a un ser estrambótico, tal como debe verlo un extranjero que lo contemple por vez primera.
Veo un pobre hombre, demudado, descolorido, envuelto en oro y seda, con una chaquetilla centelleante como un ascua, cuajada de caireles, bombones y alamares. Le veo con su absurda montera y su impúdica taleguilla que le marca el trasero y los muslos; con medias de mujer y zapatillas de azafata, llevando al brazo un capotillo recamado y litúrgico.
Visto así, con mirada de inglés, el torero, vestido con el traje más barroco y suntuoso del mundo, tiene mucho de ídolo oriental, de personaje exótico y ambiguo, mezcla de macho y hembra, de sacerdote y de danzarina.
Cuando el motor de un automóvil anuncia la llegada de un nuevo diestro, corro a verle al portón. En la calle, dos filas de curiosos le abren un cauce de miradas ansiosas.
El matador baja del auto como el reo de muerte baja del coche celular, y su entrada en el patio, pasando entre los dos guardias civiles que custodian la puerta, debe de ser bastan­te parecida a la del condenado a muerte que llega al patio de la cárcel donde se alza el garrote.
—Grasia; veremo a vé —dice maquinalmente, correspon­diendo a los que le saludan y le animan.
-¡A ver qué hacemos hoy! —le ha dicho un guaja, así, en plural, como si él también fuese a jugarse la vida ante el toro.
Luego le han rodeado unos cuantos amigos que le hablan; ¿para qué? Le veo contestar con monosílabos, con gestos evasivos. No se entera de nada. Está a cien leguas de lo que le dicen.
(Sería interesante preguntarles a los toreros, una hora después de la corrida, con quién y de qué hablaron en el patio en esos diez minutos crueles que preceden el paseíllo).
Al llegar el tercero de los espadas (siempre el mejor sue­le llegar el último), la expectación del público es tan grande, que, sin querer, resulta depresiva para los otros dos. Los partidarios del recién llegado se echan sobre él; le acosan, adulándole:
—¡Tú, el amo; el mejor!
-¡Dales el baño a todos!
Y en su rostro, la misma mueca helada, la misma trágica sonrisa, el mismo gesto ausente y preocupado de sus prede­cesores.
¡No es exageración, amigos! si queréis ver el miedo reflejado en la cara de un hombre, venid al patio de caballos y contemplad en él a los toreros. Cierto que unos lo disimu­lan mejor que otros. Hay a quien se le nota extraordinaria­mente, y a quien apenas se le trasluce. Cuestión de nervios. O cuestión de tez. Pero en todos, por dentro, la procesión del miedo: un miedo inconfesable a ser heridos, a quedar mal, a no poder rendir todo lo que la gente les exige.
(Belmonte, que ha descrito mejor que nadie esta angus­tia profesional y ha hecho la aguda observación de que «en los días de corrida crece mucho la barba», confiesa en sus Memorias que fue en el patio de caballos donde, más de una vez, sintió la tentación de romper su contrato y escapar­se al hotel).
Con la llegada de las cuadrillas, el patio alcanza su momento de plenitud, su sazón de interés y de colorido.
Es el momento en que los matadores están rodeados de conocidos que les hablan por presumir de que los conocen; de pelmazos que no los conocen y les alargan sus estilográfi­cas para que estampen un autógrafo; de mulilleros que se apiñan tras ellos cuando el fotógrafo de turno (Por favor; un momento) adopta una ridicula postura, y guiña el ojo sobre el visor. (Gracias).
Apartados del matador, los peones fuman y se dan importancia, tratando de infundir a sus rostros ramplones un aire señorial; contestando con vagas muecas o con acres sonrisas al palique de los paisanos.
Un picador, con jeta de bandido, al que acaban de alzar sobre la silla, pregunta:
—¿Está domao?
—Sí; pruébalo —responde el contratista.
El jinete se ajuste al barboquejo; le sacude al rocín dos espolazos criminales, y simula ponerlo en suerte, haciéndo­le avanzar algunos pasos. Lo detiene con un brusco tirón, echándose hacia atrás. Luego, le obliga a recular, a la mane­ra clásica en ellos: levantando la brida con la izquierda y ayudándole en la maniobra con un leve balanceo de torso.
—Ta güeno —dice satisfecho.
—Cuídamelo, José, que me costó cuatro billetes —le suplica en voz baja el dueño de la bestia.
—¡Sagerao!
—Mi palabra.
Llega un «mono» con un par de bramantes y le ata al jaco las orejas, después de taponárselas con estopa.
Los demás picadores siguen paseando a sus cabalgadu­ras, cerciorándose de ellas, embebidos en su quehacer.

Y hay uno que me atrae la atención. Está inmóvil, macizo, lleno de adusta seriedad. La colilla del puro en la boca, el brazo izquierdo sobre el vientre, sujetando la brida, y el otro en jarras, con el puño pegado a la cadera, se diría un emperador que estuviera posando para su estatua ecues­tre.
El vocerío de las gradas entra en el patio a borbotones. Se adivina la plaza, ardiente como un horno, hirviendo de gentío, de calor y color. «La fiera de las diez mil cabezas»
rebulle en su cubil, relamiéndose de apetito, esperando que sea ésta esa tarde de toros con la que sueña todo aficionado al dejar su almohadilla sobre el asiento.
¡ Ay Dios, qué poco debe de faltar! Se nota en el crecien­te bullicio de la plaza, en la ansiedad y expectación que electrizan el aire. Se les nota a los matadores en su impa­ciencia por escapar del patio, por huir del asedio de las gen­tes, para sumirse en el umbral de junto al ruedo y quedarse allí, a solas con sus nervios crispados, junto a los peones de su cuadrilla.
Cuando llega este instante, los toreros, como obedientes a una voz misteriosa, se echan al hombro izquierdo el capo­tillo, pliegan sus bordes con primor para liárselo a la cintu­ra, y «se van pa la puerta», atraídos irresistiblemente por el sol cegador de la plaza y el hervidero de la multitud, deseando que acabe la tensión de la espera y que empiece la cosa cuanto antes.
Con el repliegue de las cuadrillas coincide la dispersión de los curiosos, de los gorrones y de los viejos aficionados, que escapan a ocupar sus localidades «no perderse nada» de la fiesta.
Los amigos despiden a los diestros —el «buena suerte» y la palmada tienen mucho de pésame- y el patio vuelve a quedar vacío, replegado en su intimidad. No queda en él más que la retaguardia del desfile, las dos trincas de arrastre, porque, a partir de este momento, la atención general se concentra en la plaza y en lo que empezará dentro de unos minutos.
Me dicen que es ahora cuando al toro le ponen la divisa, y no quiero perderme la escena.
Sorteando mulillas y caballos de picador; pasando ante unos peones que, aculados contra el muro del túnel, fuman el último cigarro y se ríen entre ellos de no se sabe qué, de puro nerviosismo, me cuelo en un pasillo y, al final de dos tramos de escalones, me paro ante una puerta, con un letre­ro, «Enfermería», que huele a éter, a yodo, y a cornada en la femoral.
La enfermería, blanca, casi a oscuras, en una fúnebre penumbra de postigos entornados, estremece con su frío silencio de panteón, con sus mesas en esqueleto, relucientes de níquel, con sus vitrinas llenas de instrumental, de botes de algodón, de frascos e inyectables. Al fondo, como un pálido espectro, el practicante se abotona la bata.
—Me hace favor; ¿a los toriles?
—Siga por ahí; a la derecha verá la puerta.
Cruzando un pasadizo que es como un puente sobre el lugar donde se encuentran las cuadrillas, llego al toril. Una estancia sombría, con el suelo enrejado de tablas. Hacia el centro, un boquete rectangular protegido por barandillas. Y abajo, el toro en su mazmorra, oliendo a estiércol y a dehesa lejana.
Acaban de pasarlo del chiquero, y está inquieto por la bulla de los tendidos, replegado en el fondo de su cárcel.
—¿Quiere ponerle la divisa? —me brinda el encargado. Y me da una garrocha, en cuyo extremo está clavado floja­mente el arponcillo, con las cintas sujetas al palo por un anillo de goma.
—No sé si lo haré bien.

-Es muy fácil. Téngala así. Y cuando el bicho esté deba­jo, ¡duro!
Me siento rejoneador. Pero el toro no se me pone a los alcances.
—¡Toro; huéi; toro! —le grita el encargado.
—Baje usté más el palo. Muévalo, a ver si acude.
Le cito; embiste resoplando, y cuando me lo veo en la vertical, hundo el extremo de la pértiga en su morillo pol­voriento.
Al sentir el pinchazo, bufa, tiembla de furia y se revuel­ve, punteando de cornadas el aire. |Qué precioso animal! Luego mira a lo alto, como indagando: ¿Quién ha sido? |Ay de mí si pudiera cogerme!
Un apagón de luz lo inmoviliza y lo sosiega. Sólo se oye su resuello profundo. Ha vuelto a refugiarse en el fondo de su cubil, y no distingo de él en las tinieblas más que el brillo de su ojo que me sigue acechando y dos hilos de baba que le cuelgan del morro como dos hebras de cristal.
Y como es ya la hora de empezar la corrida, corro al pasillo que atraviesa el túnel de la puerta de arrastre, para ver el desfile al revés.
Apenas llego a mi observatorio, salen al trote los algua­cilillos y los tres matadores avanzan unos pasos, hasta ponerse en fila al borde mismo del redondel.
Me gustaría poder verles las caras, porque es éste el momento terrible en que sienten el miedo como una garra que les aprieta el hígado y les afloja el vientre y las rodillas.
Sólo me es dado ver sus gestos: esa serie de gestos maquinales, nerviosos, que aceché tantas veces desde el tendido: ladear la quijada para aliviarse la opresión del cue­llo; encasquetarse la montera con la palma de la mano derecha; alzarse de hombros, ajustándose a las espaldas el capotillo; arquear las piernas y bascular el cuerpo para ceñirse bien a la ingle la costura del pantalón.
(Belmonte cuenta que en este trance de pisar la arena, sacudía su miedo atroz bostezando desesperadamente y golpeándose con la diestra la mano que sujeta el capotillo). !• Cuando llegan las jacas al galope para ponerse al frente del desfile y la música inicia el pasodoble, los matadores vuelven la cara hacia sus subalternos, como queriendo cer­ciorarse de que están todos; uno de ellos dice el clásico «¡Vámonol», con un arranque entre resuelto y resignado, y echan a andar hacia lo irremediable. Hay quien en este crí­tico momento del primer paso cierra los ojos o se santigua; quien sale dando una zancada supersticiosa para pisar el redondel con el pie izquierdo…
Les veo alejarse bajo el sol que arranca chispas a sus hombreras de oro y arrastra por el suelo sus sombras verdia­zules, con el brazo derecho encogido, la vista en tierra, y ese su andar con las rodillas flojas, a descompás del pasodoble, que me recuerda la tremenda frase de un viejo matador:
«Si los toreros, al hacer el paseíllo, llevasen cascabeles en las piernas, no se oiría la música».
El caballo canelo que montaba el reserva de la cara de cabra tuvo un final inesperado que presencié, subido a un escalón, en la puerta de arrastre.
El toro, en su impetuosa arremetida, lo lanzó contra la barrera, y se cebó en su cuerpo miserable. El infeliz jamelgo coceaba y volvía su cuello, tratando de morder a su agre­sor. Cuando, a puro de palos y empellones, consiguieron ponerlo en pie, arrojaba tales chorros de sangre, que hubo necesidad de rematarlo.
El mandamás de los monosabios le agarró del flequillo, le agachó la cerviz y le hundió la puntilla entre las orejas.
Se desplomó súbitamente, como un montón de ropa puesto a secar al que hubieran cortado el alambre.
Le puso luego la rodilla en un ojo y le hurgó en la sesera con el pincho. La infeliz bestia se estremeció a calambres, como bajo el efecto de una descarga eléctrica, y sacudió las patas en agónica convulsión.
Quedó con las extremidades rígidas, engarrotadas, y con la boca abierta en una risa trágica de dientes amarillos.
Antes de que acabara de morir, los mozos se lanzaron a desnudarlo. Le quitaron la silla; le soltaron las correas del peto; le dieron vuelta para íácilitar la operación y, una vez despojado de sus arneses, lo cubrieron con una arpillera y le ataron las patas de atrás, dejándolo dispuesto para el arras­tre.
No acabó en esto su tragedia. El toro, a la salida de un par de banderillas, se fue derecho a él y, después de olis­quear su cuerpo muerto, le hundió el asta en el vientre, sacándole las tripas al sol.
Sin terminar el segundo tercio, el encargado del toril pasó al bicho siguiente, le clavó la divisa y le apagó la luz para que no se enfureciese.
El patio estaba en sombra, y por su suelo recién regado tres picadores de áurea chaquetilla y el más joven de los reservas maniobraban con sus monturas. Dos monosabios descargaron junto a la puerta de la cuadra los colchonajes y aparejos sangrientos del jaco al que acababan de apuntillar.
En el desolladero, los matarifes afilaban sus enormes cuchillos, frotándolos el uno contra el otro, y en un rincón, una tripera gorda se descalzó, se alzó las sayas y se quitó las medias, disponiéndose a trabajar.
Del cráter de la plaza, los aplausos subían al cielo de la tarde en oleadas estrepitosas.
El toro muerto llegó al patio entre galope, polvo, latiga­zos, y un tronar de colleras que resonó terriblemente al paso de la trinca por el túnel. Venía con los ojos abiertos, los ija-\ res hundidos y el vientre palpitante como un odre lleno de I vino. Cataratas de sangre coagulada cubrían su morrillo, ,, donde las puyas, las banderillas y el estoque habían hecho una carnicería.
—¡Buen bicho! —sentenció un mulillero, dándole una i palmada en el lomo.
—Este ya pesa arrobas —le dijo un monosabio al matari­fe.
Poco después volvieron las mulillas remolcando al caballo. Daba horror. Iba hundido, aplastado como un aba­dejo, en una macilenta desnudez. Su cuello flácido parecía de gelatina por lo estirado y lo blanduzco. Arrastraba por tierras los morros largos y la lengua morada. Del vientre, abierto por el cornalón, le salía una sarta de tripas nausea­bundas y polvorientas.
Lo metieron en el corralillo, y allí quedó, lleno de mos­cas, despanzurrado y trágico, con su ojo turbio desmesura­damente abierto y su risa fatal.
El reserva de la cara feroche y de la tez color acelga se despidió de mí. Le tocaba su turno.
—¡Vamo par toro! —dijo arrugando media cara con aire resignado.
—Que haya suerte —le dije.
Se alejó hacia la puerta de arrastre y agachó el torso para no tropezar con la soga que el empleado alzó, dándole paso.
Poco después salió a la plaza el picador de tanda. Y un tercer picador quedó a la espera. Empinándose sobre los estribos, miraba por encima del portalón las fatigas y tale­gazos de sus compinches.
Me recordaba a don Quijote cuando, jinete sobre Roci­nante y asomado a las bardas del corral de la venta, vio cómo los arrieros manteaban a Sancho.
No había visto nunca descuartizar a un toro, pero quedé pasmado ante la rapidez y la destreza con que operaban los carniceros.
A golpes de hacha le quitaron los cuernos, la cabeza y las patas. Luego lo alzaron con la polea. Un matarife le hun­dió el cuchillo en medio de las nalgas, y con tajos profundos lo fue abriendo en canal.
Prorrumpió de la raja del vientre un tumulto de entra­ñas rojas, anacaradas, amarillentas v verdosas.
Catorce manos se hundieron ávidas en la brecha, repar­tiéndose los despojos, y las visceras fueron sembrando el suelo, convertido en un charco de sangre, espesa y roja como un óleo de bermellón.
—¡Qué hermoso toro! —comentó un matarife.
—¡Vaya sebo tan rico! Este será tan tierno como un cebón —vaticinó una mondonguera, mientras le abría la panza, llena de una papilla verde y fétida.
La visión de las visceras, el olor fofo de la sangre, y aquella furia carnicera de jiferos en ristre me hizo sentir en el estómago un amago de náusea.
En la plaza se había armado bronca. Oída desde el fon­do del patio, una bronca resulta algo imponente. El circo hace de embudo, y la grita de miles de gargantes sube, den­sa y compacta, formando un alarido descomunal.
Me íiguré que la protesta iría enderezada contra algún picador. Sólo uno de ellos podía concitar el odio de la masa en forma tan violenta. Habría barrenado; se habría encarni­zado con el toro y… ¡lo que pasa!
Como ya barrunté, un picador era el causante del tumulto. Se abrió el portón de arrastre casi a la vez que abrían la puerta de la valla. Se vio un trozo de ruedo, amari­llo de sol. Rodó un objeto por la arena. El picador en retirada debia de encontrarse muy próximo a la puerta, porque muchos de los espectadores del tendido se asomaron a un lado y otro del callejón del túnel, y volcaban su busto fuera del barandal, para verle pasar y poder injuriarle más de cerca.
Apareció primero el monosabio, arrastrando de la brida al jamelgo. El picador venía encogido, sin sombrero, con la barba en el esternón y el codo alzado, protegiéndose la ca­beza.
Apenas penetró en el callejón, los insultos de ¡morral! ¡ bandido I ¡criminal! y ¡me caso en tu padre! llovieron sobre él, entremezclados con algún pan, alguna fruta, y una almo­hadilla, disparada de cerca, que le dio en el cogote y que arrancó a la plebe un bramido de aprobación.
Se apeó; dio un traspiés de borracho, y se mesó las gre­ñas con las manos crispadas de furia. Estaba como loco.
-¡Así les den morcilla a tos! —rugió, lanzando hacia los graderíos una mirada relampagueante. Luego se echó la mano a las espaldas con gesto dolorido.
—¿Te han dado? —le dijo un compañero.
—No; é un porraso —contestó retorciéndose.
La tramó contra el toro, tratando de justificarse:
—¿Ha visto tú marrajo iguá? ¡Mardita sea la vaca perra que lo parió! ¡Má querío matar! ¡venía por mí!… ahora que yo ¡le he dao lo suyo!
Terminada la fiesta, los toreros cruzaron el patio tan aprisa como quien huye de un lugar funesto o como quien acaba de delinquir.
—A cobrar —dijo un mono filosóficamente.
El patio iba llenándose de público, y en el desolladero despellejaban y destripaban al sexto toro.
Esperé a que la gente abandonase sus localidades, y cuando el último espectador había desaparecido, me asomé a ver la plaza desde el ruedo.

La plaza estaba pálida, triste, en esa impresionante sole­dad de anfiteatro en que quedan las plazas de toros después de la corrida, y el redondel aparecía removido por pisadas y pezuñazos, marcado con la senda apisonada y reluciente que señala en la arena el arrastre del último toro.
En lo alto del tejado, sobre el palco presidencial, la ban­dera ondeaba lacia e inútilmente. El bochorno arrastraba papeles y prospectos por las gradas de los tendidos, donde los acomodadores se agachaban, recogiendo almohadillas que iban amontonando ante las bocas de las escaleras. Algunos mozalbetes desarrapados, que se colaron al salir la gente, iban de un lado para otro, rebuscando los cascos de botella, los mendrugos de pan, las colillas de puro que dejó como rastro la muchedumbre.
Aquella lamentable soledad de la plaza, llena, minutos antes, de vocerío y de animación; aquel vacío de muerte, dramatizado por la lívida lumbre del crepúsculo y los chilli­dos de unos vencejos que rayaban de rúbricas el aire, me llenó el alma de una vaga congoja.
En el centro del patio, grupos de viejos aficionados dis­cutían los detalles de la corrida sobre charcos de sangre todavía caliente, sacando a relucir todos los tópicos de la jerga taurina:
—¿Has visto. Pepe? ¡Qué naturales! Esos son naturales. Citando desde lejos; con la muleta cogida floja, por la mita, y corriendo la mano; mandando.
—Oye; ¡y que el toro era un galán de arrobas, con un par de pitones que ríete tú!
—¿Y en el último? ¿Qué me dices de la estocada? Por­que el tío ha entrao por uvas como los buenos.
—Y dejándose ver ¡sí señor!
Ante el desolladero se agolpaba la gente con la curiosi­dad de quien presencia un crimen.

—Apartarse, apartarse —suplicaba un guardia de Asalto, sin mucha convicción de que le obedecieran.
Vi cómo un matarife rajaba al toro en dos, partiéndole las vértebras a hachazos. Descalzas y de bruces sobre el pilón del fondo, las mondongueras lavaban largas ristras de intestinos en un agua viscosa y amarilla, mientras tres car­niceros de rojo mandilón se cubrieron la espalda y la cabeza con unos lienzos blancos, para cargar los cuartos de la res y llevarlos al camión de la carne.
—¿Quieren ustede ahueca de una vé? —volvió a rogar la fuerza pública a punto de amoscarse.
Del desolladero salía un tufo hediondo. En el suelo, la sangre espesa, humeante, brillaba entre excrementos y pil­trafas, y al fondo de unos cestos se veían las pezuñas, las entrañas, y los pellejos de las víctimas, húmedos y plegados como abrigos de prendería.
Desolladas, sin cuernos, y puestas en hilera contra el muro, las cabezas de los seis toros reían hacia arriba con una risa trágica y larga de máscara anatómica. Parecían brotar del suelo, todas iguales, en una imagen múltiple que recordaba las visiones de pesadilla o los juegos de espejos.
Los cronistas taurinos de la localidad anotaron el peso de las reses que les facilitó el veterinario, y el entendido que se apostó diez duros a que el segundo toro era el de más arrobas ganó o perdió su apuesta; ¡qué más da!
Cuando arrancó del patio el camión rojo del Matadero y los curiosos comenzaron a desfilar, entré a la cuadra. En la estancia contigua se estaban desnudando los monosabios. Disputaban:
—¿A que no sabes tú dónde tenía la ganadería Albase-rrada?
-Ni falta que me hace.
—¿Lo ves? El que sabe de toros ¡amos, anda!
—Puede que más que tú sin presumir tanto.
—¿De dónde? Si pa cuando empezaste a ver corridas yo estaba ya de vuelta. Yo, en la plaza de Zaragoza, desde los nueve años, pa que te enteres ¡nos ha jeringao éste! ¿Tú has visto torear a Machaco y al Bomba?… ¡Pues entonces!
En la caliente oscuridad de la caballeriza, los jamelgos, horas antes inmóviles, como sobrecogidos de terror, agita­ban sus colas, comían paja, y alguno de ellos resoplaba de cuando en cuando con un bufido de satisfacción.
Comprobé entonces lo que me habían dicho: que estos pobres caballos conocen, por instinto y por costumbre, cuándo termina la corrida.
Dos de ellos, uno rucio y otro alazán, que habían sopor­tado el peso de la lidia, estaban juntos, en lugar aparte, cala­dos de sudor. No les habían quitado las sillas para evitar que se enfriasen. Tenían buen cuidado en conservarlos vivos para el día siguiente.
Al alazán le dieron a beber en un pozal agua templada. Al otro le zurcieron burdamente un puntazo que rajaba su cuello, tras de haberle vaciado en la brecha una pera de goma cargada de zotal.
En el patio sólo quedaban tres o cuatro personas. Un monosabio en camiseta regaba el piso, y otro de ellos, con un cepillo mojado en agua, enjugaba la sangre de unos petos colgados de un alambre en la pared del corralillo, tras de la cual, como la más inadvertida víctima de la tarde, comenzaba a pudrirse, lleno de moscas, el caballo despan­zurrado.

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Una respuesta a “El Patio de Caballos”

  1. azael dice:

    una descripción casi poética de la crueldad que encierran las corridas de toros; todos los personajes que intervienen en estas diversiones tan inhumanas, pagarán con su salud o con cualquiera de sus bienes, estos imperdonables desafueros, por que la vida cobra y se recoge lo que se siembra. En mis 68 años sólo entré a una corrida de toros en bogotá, prestando servicio en mi condición de policía para la época. Las corridas de toros deben desaparecer para siempre. Salí en la tarde de la plaza de la Santamaría con un infinito vacío en el alma. Que legado tan cruento nos deja nuestra madre patria…

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