Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Feria del Toro, marca registrada

Fernando Pérez Ollo

Diario de Navarra, Suplemento especial San Fermín, 5 julio 2009

Cuando a finales de junio Adrián L. Quiles arrima a los corrales del Gas su primer camión, aquí, de repente, entiende de toros quien no va nunca a un festejo  -y menos previo paso por taquilla- y pontifica sobre la calidad de un cartel  hasta el que no distingue un berrendo de un burraco.

ALGO ASÍ sucede con la Feria de Toro, ahora en su primer medio siglo, cuya historia se suele hacer con recuerdos personales, estadísticas y opinión, mucha, muchísima opinión -y también impunes tijeras anónimas, mediante el agotador esfuerzo informático de cortar y pegar-, pero sin documentos, imprescindibles en cualquier trabajo con pujos históricos. Ya el zuberotarra A. Oihénart en su colección de refranes, publicada en 1657, recoge uno incontestable, el número 475 en la edición de J-B. Orpustan: Ustea ezta jakitea, opinar no es saber.

Personaje e ideas

Eduardo Miura embarcando una corrida con Miguel Criado (archivo Diario de Navarra)

Eduardo Miura embarcando una corrida con Miguel Criado (archivo Diario de Navarra)

La idea de convertir en Feria del Toro los pluriseculares festejos taurinos de San Fermín la tuvo Sebastián San Martín Iribarren (Oroz-Betelu, 1904-Pamplona 1969), vocal de la Casa de Misericordia y miembro de su Comisión Taurina. San Martín ingresó en la Junta de la Meca el 17 de julio de 1951, a propuesta de Julián Gárriz Goñi (1892-1969), bancario de La Vasconia y vocal mecoso desde 1927.Ese día, la Junta, según el acta de la habitual sesión postsanferminera, felicitó a Gárriz por los resultados “tan halagüeños de la Feria” -514.129,82 pesetas sobre un gasto total de 3.095.511,41, un 73,56% de beneficio más que el año anterior, 1950- y acordó un voto de gracias a la Comisión Taurina “y muy especialmente al Sr.Gárriz, quien, sin perdonarse sacrificios, ha llevado el mayor peso en la organización de las corridas de toros”. Gárriz agradeció las palabras, pero explicó “su cansancio en las tareas de organización de las corridas cada día más trabajosas y difíciles,” asumidas veintisiete años atrás, “primero en un segundo plano y posteriormente cargando con la mayor responsabilidad”. Añadió que se necesitaba “gente joven con ilusión y entusiasmo” y puso sobre la mesa el nombre de Sebastián San Martín, de quien hizo cálidos elogios, para que en unión de los vocales Toribio López Sellés y Miguel María Azcárate Irurita, “ya muy enterados de todo lo referente a la organización de nuestras corridas de ferias y que le han prestado en todo momento eficaz colaboración, venga a cubrir su puesto en la Comisión Taurina”.

En la Junta de la Casa de Misericordia ha habido Comisión Taurina desde el 3 de abril de 1924. Entonces la formaron Melchor Lacabe, Víctor Eúsa, Marcelino Jiménez Gredilla, Pedro Mayo Biardeau y Juan Sagüés Apesteguía. (Aquel día ocurrió algo histórico. Manuel Vilella Argáin (1862-1929),pamplonés, soltero e ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, ingresó como vocal y dimitió por su oposición a las corridas de toros.) Gárriz entró como vocal el 2 de diciembre de 1927 y quedó adscrito a la Taurina, junto a Juan Sagüés, Leandro Nagore Nagore, Joaquín Echarte y Manuel Mañeru, más los citados Eúsa y Mayo.

Erraba, pues, Gárriz en el número de años, pero no exageraba demasiado cuando en 1951 invocaba los muchos en que fue responsable de los carteles taurinos. Miguel Azcárate Irurita (1903-1975) había sido designado vocal en febrero de 1932. Toribio López Sellés (1902-1962) entró en la Junta y en la Comisión Taurina en enero de 1948. En cuanto a la necesidad de “gente joven”, aducida por Gárriz y aplaudida por Azcárate y López Sellés, da un poco de risa: San Martín se llevaba muy corta diferencia de años con los dos vocales veteranos, que apoyaron la propuesta de Gárriz, cuya fatiga admitían y comprendían, “pero no así su desgaste” y le pidieron que siguiera en la comisión, “aunque ceda un poco en su trabajo organizador”. Así se aprobó. Gárriz renunció definitivamente a la Taurina en 1954.

La Feria del Toro fue, dentro de la Comisión Taurina -formalmente acéfala, sin presidente-, iniciativa personal de San Martín. La expresión “Feria del Toro” aparece por primera vez en las actas de la Meca pasada la Feria de 1959, y luego en noviembre, cuando la Junta acuerda encargar al sevillano Martínez de León el cuadro que, como aquel año,serviría de cartel para la Feria de 1960. Pero el móvil esencial de San Martín no fue sólo taurino. Los aficionados suelen pecar de románticos y recrearse en la utopía de que, por el bien de la Fiesta, otros deben jugarse el dinero y, si lo pierden, allá ellos, mala suerte, ya escampará. Pocos demuestran conocer, ni siquiera para criticarlo, “El negocio de los toros”, de Enrique Vila, publicado en 1945. También sostienen, como observó Peña y Goñi en el siglo XIX, que los mejores toreros son algunos ya retirados, si no fallecidos, y con frecuencia predican la teoría arcangelical de que los cabezas de escalafón deben apuntarse a los hierros más ásperos y duros. La historia enseña que -gestos personales aparte, marca ocasional de las grandes figuras de época-, los diestros mejor situados han solido preferir, si no imponer, ganado pastueño, que, por supuesto, siempre tiene cuernos y puede propinar una cogida mortal. Más aún, en la práctica, con todos los matices que se quiera, hasta el observador más lerdo sabe qué divisas no quiere torear Fulano y qué toreros encajan con tal ganadería. Lo que no se entiende bien es el juego de quienes saben esto de sobra, pero insisten año tras año en la ilusión de que los toreros de relumbrón lidien el ganado reservado a “penitentes”. “Un toro cornicorto, paticorto, cuerpicorto, noblicorto, es el bello ideal de un matador de cartel”, según Paco Media-Luna en su “Diccionario cómico taurino”(1883).

Sebastián San Martín era un aficionado de largo recorrido, pero también empresario (Construcciones San Martín y SAIDE). En 1958, la habitual Junta después de Sanfermines, presidida el 23 de julio por el alcalde de la ciudad, Miguel Javier Urmeneta, acordó felicitar a la Comisión Taurina por el buen resultado: 2.554.519,50 pesetas sobre un gasto de 8.066.584,28, el 52,22% de beneficio más que en 1957. Pero la Comisión anuló el incienso con un informe de cuatro puntos: había bajado “considerablemente el número de espectadores extranjeros, particularmente franceses”, por la tensión política internacional -la cuestión de Argelia-, las dificultades de pasaportes y divisas y “una saturación de corridas de toros en Francia”. Venían más espectadores españoles, pero exigían “carteles de primerísima categoría y es por esto por lo que cree esta Comisión que hay que ir revalorizando la fiesta taurina y procurar confeccionar combinaciones del más alto rango, huyendo a ser posible de toreros de segunda y tercera categoría”. Para ello era imprescindible la ayuda económica del Ayuntamiento, “que se verá recompensada con creces en el desarrollo de la Feria”. Aquel año se estudió una corrida fuera de abono el lunes 14 de julio, posible, arguyó don Sebastián, si el Ayuntamiento hubiera acordado una subvención: los 60.000 duros que esa tarde se habría llevado de Impuestos. No fue así y no hubo festejo. Tenía esecaso sentido que con carteles de primera categoría, el Ayuntamiento ingresara 300.000 pesetas por corrida y que a la Casa le quedaran limpias 160.000. Leído el informe, San Martín pidió la palabra para remachar que no se trataba de ganar más dinero, sino de mejorar los carteles sin perder dinero, porque “a todos interesa sostener el prestigio de las fiestas”.

De entrada, sorprende la cortés valentía de plantear la cuestión ante el alcalde-presidente. No resulta habitual y menos, si tres semanas antes la Corporación municipal acuerda, como había acordado, “una subvención del 50% de los arbitrios el día de menor taquilla”. Tampoco es baladí poner el interés de los Sanfermines por encima de un espectáculo, aun esencial como los toros. Urmeneta “recogió con interés las ideas apuntadas por los miembros de la Comisión y les rogó que, llegado el momento oportuno, se reunieran con él para estudiarlas con todo detenimiento”. Bellas palabras. No hubo más.Cuatro meses después, San Martín comprobó que su intención de huir de “toreros de segunda y tercera categoría” no se haría realidad.

Toros más que toreros

Encontró muy severas dificultades en la contratación de las figuras del momento, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez -éste, el mejor pagado de los nueve actuantes en 1958 había cobrado por cuatro tardes 604.000 pesetas- y salvó el escollo con un golpe de imaginación: hacer de los hierros el factor fundamental y anunciar los toros medio año antes que los toreros. Es decir,planteó la Feria de 1959 con una intención explícita: potenciar la verdad del ganado. Y si era imposible cambiar de un año para otro la realidad de las dehesas, se podía premiar el rigor selectivo. Así, las ganaderías contratadas en 1959 no eran nuevas en a plaza, pero la Junta manejó precios extraordinarios. Los ganaderos -Miura, Pablo Romero, Garcigrande, Juan Pedro Domecq, Álvaro Domecq (que sustituyó a Núñez) y Ángel Peralta (en lugar de Benítez Cubero)- cobraron todos lo mismo, 250.000 pesetas -el 16,28% más que en 1958- excepto Miura, que facturó 333.333,33 pesetas, el 55,04% más que sus reses del año anterior. La seriedad del ganado se demostró en el trapío y el peso. El promedio de las corridas en canal fue 311 kg., unos 518 en vivo. En el quinquenio anterior, el promedio de los pesos en vivo fue de 466 kg.

El total del capítulo ganadero -incluidos cuatro toros no lidiados, pero sacrificados, que montaron 157.000 pesetas- ascendió a 2.122.028,83 pesetas -el 22,40% más que la feria anterior-, mientras que el de toreros supuso 2.368.059, el 10,65% menos. A la cabeza de los diestros, Pepe Luis Vázquez, reaparecido a los 37 años de edad y casi 19 de alternativa, ingresó por una tarde 176.000 pesetas. Diego Puerta -dieciochoañero y gran triunfador en su presentación- fue el más barato: 182.000 por dos actuaciones. La otra novedad, “Miguelín”, doctorado diez meses antes, vino convaleciente a cuatro tardes, que le reportaron 505.000 pesetas. En toda la Feria se dejaron de vender 1.789 entradas, el 1,89% de las disponibles. El día más flojo, el 10: en sol, lleno todos los días, esa tarde quedaron en taquilla 29 barreras. El resultado económico de la Feria -las entradas mantuvieron los precios del año anterior- fue de 2.103.612,67 pesetas, un 17,65% menos que en 1958. Los impuestos rebañaron 2.124.434,38 pesetas. El Ayuntamiento concedió un donativo de 200.000, casi el doble del concedido el año anterior. No se logró el objetivo económico señalado por San Martín un año antes, ni la contratación de los figurones máximos. Pero triunfó una fórmula diferente.

El resumen de San Martín, defendido ante la Junta el 17 de julio de 1959, es tajante y bien conocido: se trataba de “montar una Feria a base de ganaderías de primera categoría y empezar a justipreciar el elemento toro en la feria de San Fermín (.) Resumiendo: toros excelentes de presentación y sin arreglo de pitones para los toreros valientes que deseen torearlos, y nada más”. Pero unos párrafos antes, San Martín confesaba que había potenciado el capítulo torista ante la insalvable dificultad económica de contratar toreros de máxima categoría. La idea de la Feria del Toro fue, pues, una lúcida y decisiva reacción, una providente huida hacia delante, la manera de concentrar la atención en el ganado y de cargar a los toreros su ausencia. Siete años después, San Martín hubo de leer en este periódico una carta al director, firmada por “Un pamplonés”, y titulada “Hay que revisar nuestra Feria del Toro”, tanto en el capítulo torista como en el torerista. Y una constante de la Feria es que, pese a su etiqueta -registrada por la Casa de Misericordia en la Oficina Española de Patentes y Marcas, clase 41, número 214438–, las críticas previas a los carteles de San Fermín se centran en las ausencias de este o aquel torero. Y a la vez, en los últimos tiempos, el fervor local exige paradójico la presencia de “coletudos” -palabra caída en desuso- paisanos, más bien rezagados en el escalafón.

Ordóñez y El Cordobés

Las figuras, ausentes en 1959, tragaron y volvieron al coso pamplonés -que nunca se ha llamado Monumental, por más que se empecinen dos o tres- y para toda una generación representan la cumbre de la tauromaquia en una época de alta calidad. Pero convendrá aportar alguna precisión. Ordóñez vino en 1960, así como Paco Camino y Curro Romero y Jaime Ostos. Ordóñez cobró 502.000 pesetas por dos tardes, Ostos 524.000 por cuatro,y por dos paseíllos Camino 282.000, Romero 242.000 y José Julio 232.000. En 1965, la presencia de El Cordobés hizo correr la noticia escandalosa de que cobraba 600.000 pesetas, cantadas en los tendidos con el soniquete de la Lotería de Navidad. No. El rumor se quedaba corto. El Cordobés, que fracasó chulángano con bronca memorable, se llevó 1.001.000 pesetasy fue el primer diestro que aquí cobró un millón de aquellas pesetas. Ese año, Ordóñez, Joselito Huerta y José Fuente,juntos,recibieron 1.177.000. En 1967, Ordóñez -el torero que más tardes había pisado el ruedo pamplonés,33, hasta que Ruiz Miguel sumó 35 en 1991- exigió 1.002.000 pesetas (igual que Paco Camino por dos tardes), pero, satisfecho su orgullo, fue caballeroso a la Meca y entendió un talón de 350.000 pesetas, asentadas como donativo en las cuentas de aquella Feria.

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