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La gran fiesta del Dios Toro

Publicado en el Especial 50º de la feria del Toro Aplausos 29 junio 2009

Barquerito

Un asilo de ancianos, la Casa de Misericordia de Pamplona, promueve, organiza y gestiona las fiestas taurinas más cosmopolitas y universales de cuantas hay: los encierros y las corridas de San Fermín. Se trata de la primitiva fórmula: la de que los ingresos reportados por las fiestas de toros repercutieran en entidades benéficas y al servicio de la comunidad. Hospitales, casas de acogida, asilos, orfanatos.
Tres siglos de existencia ha cumplido ya la Casa de Misericordia de Pamplona, cuyo papel social de beneficencia sirve de modelo para todas sus pares en Europa. Más de medio millar de ancianos en situación delicada –de exclusión, dependencia, marginación o enfermedad- conviven ejemplarmente atendidos y acogidos en la Casa.
La construcción y compra en 1921 de una plaza de toros “monumental”, en pie después de tres reformas sucesivas y capaz ahora para 20.000 almas, fue la decisión que cambió la historia del negocio del toro en Pamplona. En 1959, la creación o refundación intencionada de una Feria del Toro acentuó el carácter de gestión directa, transparente e independiente de la Casa de Misericordia y supuso un nuevo vuelco.
En Pamplona se tributa desde entonces a los toros honores de dios pagano. El dios toro. Cincuenta años después, la Feria, por todo distinta a todas, se conserva viva. Como siempre o más que nunca. La Feria casa tradición y modernidad, y renueva año tras año su éxito. Un disciplinado ejercito de empleados –pastores, dobladores, carpinteros, porteros, carniceros, taquilleros, areneros, taquilleros, músicos, areneros, mulilleros… –trabaja durante más de una semana con puntualidad y rigor impecables. A plaza llena a diario, en fragoroso ambiente, la fiesta estalla de nuevo en Pamplona como si fuera un rito de la Naturaleza.

Salida de un toro de "El Ventorrillo" (Silvia Ollo)

Salida de un toro de "El Ventorrillo" (Silvia Ollo)

PAMPLONA O EL FUEGO SAGRADO

La idea de transformar nominalmente en 1959 las corridas de las fiestas de San Fermín en una Feria del Toro fue audaz, original y rara. Medio siglo más tarde, cuesta ponderar su audacia y su rareza. No fue un mero cambio de nombre. La idea, revolucionaria a su manera, consistió en dar la vuelta a la tortilla: en invertir el orden de interés e importancia de las cosas.

Sebastián San Martín

Sebastián San Martín

Para las fiestas del 59 se decidió comprar primero los toros, y anunciar las ganaderías, y contratar los toreros cinco o seis meses después. Muy sencillo. Sólo que eso llevaba sin hacerse en Pamplona más de medio siglo. Volver a hacerlo al cabo del tiempo sonó a desafío. Con él se dejó abierta una vía que no se ha cerrado desde aquella fecha. En Madrid, Sevilla o Bilbao el negocio taurino estaba entonces instalado en los términos contrarios. Primero, los toreros, con sus precios y sus pretensiones; después, los toros, con el visto bueno y condicionado de los toreros. En Pamplona se buscó un raro equilibrio entre toreros, toros y gustos de un público mixto y diverso.

La idea tuvo dos padres: un benefactor de la ciudad y un taurino de talento. Sebastián San Martín y Miguel Criado alias El Potra. El benefactor: San Martín, próspero empresario, voz cantante de la comisión taurina de la Casa de Misericordia, que era y es propietaria de la plaza de toros. La Casa de Misericordia, la Meca en el habla de Pamplona. El ingeniero: Miguel Criado, veedor de la empresa de la plaza de Madrid. Hombre de campo y ciudad a la vez, lo que no era especie común. Conocedor de las ganaderías andaluzas de fama, taurino introducido dentro del círculo íntimo del mundillo.

DIOS PAGANO

San Martín dio impulso, carácter, poder y crédito a la comisión taurina, hizo que el negocio taurino de Pamplona rompiera la barrera regional y dejó sentadas las líneas de un criterio que al cabo de los años permanece claro y fresco. De todas las ferias taurinas conocidas antes, hoy y nunca, la de Pamplona es la más cosmopolita y universal. La que mejor rinde al toro culto como de gran dios pagano. La fiesta urbana es un vertiginoso carnaval de compañía. La gran orgía se representa en la función de toros. Que son dos funciones en realidad: el encierro de la mañana y la corrida de la tarde. Death in the afternoon.

La presencia de las fiestas y los toros de Pamplona en tres piezas mayores de la obra literaria de Ernest Hemingway propició una popularidad desbordante. La última visita de Hemingway a Pamplona coincidió con el estreno de la Feria del Toro. Ya era premio Nobel en ejercicio. Personaje del todo ilustre. El valor de Hemingway como reclamo ha resultado fortísimo, perdurable, trascendental. Las dimensiones taurinas de Pamplona, sin embargo, son en el fondo ajenas a la aportación tan generosa y sincera de Hemingway. La primera plaza estable de Pamplona se había quedado vieja y pequeña un año antes de la primera aparición de Hemingway por la ciudad. En 1922 tuvo que construirse una nueva. “Monumental”, según perecedero epíteto. Capaz para 12.000 espectadores.

Panorámica de la Plaza de Toros de Pamplona (Dani Cardona, Reuters)

Panorámica de la Plaza de Toros de Pamplona (Dani Cardona, Reuters)

LLENOS Y RELLENOS

Sólo tres años después de haberse puesto en marcha la Feria del Toro, con sus siete u ocho funciones de abono, los índices de ocupación superaban el 90 por ciento del aforo. Sin presencia masiva y accidental de turistas traídos o convocados por la resaca en onda de Hemingway. En 1967 se inauguró una sustancial ampliación de la plaza. De 6.500 localidades. Es el volumen de ahora mismo, 19.600 espectadores. Se ganó un pequeño extra de capacidad tras una reforma de 2005 que recortó el perímetro del ruedo y adecuó la plaza a normas nuevas de seguridad. Los índices de ocupación se han mantenido en máximos insuperables. Los llenos reventones de Pamplona. Llena, parece plaza mucho más llena que cualquier otra. Será la impresión óptica y acústica que proyectan sus andanadas rampantes, aconchadas, pinas y cubiertas. Las remodelaciones apenas han alterado el paisaje de entorno de la plaza, que parece, en días de fiesta, mágico epicentro de un seísmo.

Quienes tomaron en su día el relevo de Sebastián San Martín –Usechi, Redón, Cía, De Andrés, Lostao, Salinas, Arraiza, Marco…- fueron puliendo y redondeando la idea primicia. Suavizándola para que de Pamplona no faltaran nunca las figuras del toreo y para que las figuras se sintieran atraídas por el raro magnetismo de la plaza de toros. Ordóñez, Ostos, los hermanos Girón, Miguelín, Puerta, Camino, Mondeño, El Viti, Andrés Vázquez, Fuentes, Paquirri, Márquez, Palomo, Dámaso, Teruel, Manolo Cortés, Ruiz Miguel, Capea, Manzanares, Galán, Roberto Domínguez, Robles, Esplá, Emilio Muñoz, Espartaco, José Antonio y Tomás Campuzano, Ortega Cano, Víctor Mendes, Yiyo, Juan Mora, Rincón, El Fundi, Ponce, Litri, Liria, Jesulín, Rivera Ordóñez, José Tomás, Morante, Padilla, El Juli, El Fandi, Ferrera, Castella, El Cid, Salvador Cortés, Perera. Todos ellos son historias dentro de la historia de una feria cincuentenaria que ha dado toreros de sol y toreros de sombra, toreros de todos o de inmensas mayorías o de minorías selectas. Y donde se cuentan casi con los dedos de una mano los nombres de los que renunciaron, o no quisieron, o no se acoplaron o se estrellaron o simplemente se negaron a ir: Chenel, Curro Romero, Paula, El Cordobés, Ojeda, Joselito, Julio Aparicio y Cayetano, todavía inéditos éstos dos. . .

EJE Y SECRETO

Sensible a los vaivenes del mercado de los toros y a sus signos, la Casa de Misericordia se abrió a la televisión cuando lo estimó oportuno. Las corridas primero, los encierros después, las dos cosas juntas luego. Los toros son la imagen de Pamplona y la idea capital de una fiesta que no tiene par. Por proyección internacional pero, sobre todo, por su propio carácter. La fiesta, que parece desatarse, desencadenarse, estallar y reventar sin apenas tregua durante ocho días y medio, es de todos, y ése es su secreto, ésa su razón de ser. El eje de todo es el toro. Por tanto, el encierro, penúltimo secreto del otro gran secreto encerrado, resulta baza mayor: el triunfo que arrastra y puede con los demás palos. Pero los toros son de la Casa de Misericordia. Sin toros no hay fiesta. Y por eso se dio un día con la audaz idea de volver las tornas del negocio para equilibrarlas.

En su historia de la plaza de toros de Pamplona, Fernando Pérez Ollo subraya que la revolución del 59 fue “una huida hacia adelante”. Como la de la estampida de los toros del encierro. Una huida, dice Pérez Ollo, “consciente, lúcida y calculada”. Los beneficios de la Meca y la calidad del espectáculo dependían en exceso de la voluntad o las imposiciones de los toreros y de sus representantes. El giro torista de San Fermín fue en principio más formal que de fondo. Diplomático, sin escándalo. Pero supuso romper con aquella vieja dependencia.

El cambio vino servido por un ingenio elemental: el de plasmar el título nuevo de Feria del Toro en un cartel encargado específicamente para ese anuncio. Un cartel donde figuraban no los nombres de los matadores sino sólo los de las ganaderías o los ganaderos. Y junto a ellos, por delante o por encima, y como emblema de marca, su hierro. La relevancia que el cartel taurino de San Fermín ha ido ganando con el paso de los años se ha mantenido acorde con los principios fundamentales: los hierros y los ganaderos, sí. También el nombre de la ciudad y del santo, las fechas y las tres palabras del conjuro mágico: feria-del-toro. Pero no los nombres de los matadores de toros.

ARTISTAS POR LA CAUSA

Cartel de la Feria del Toro 1964, (Rafael Martínez de León)

Cartel de la Feria del Toro 1964, (Rafael Martínez de León)

La colección de carteles de la Feria, muy convencionales en sus arranques, destaca por su carácter rompedor e innovador a partir de 1967. Vanguardia de la cartelería taurina en España, respetuosa de los clásicos a pesar de su voluntad constante de cambio, abierta gentilmente a contribuciones destacadas de artistas navarros, la colección es todo un símbolo. En él se representan el sentido y el sesgo de la aventura de 1959. Juan Barjola, Fernando Botero, Luis García Campos, Ricardo Cadenas, Álvaro Delgado, Eduardo Úrculo, José Antonio Eslava, Remigio Mendiburu, Edith Hultzsch, Robert Llimós, César Oroz, Cruz Novillo, Gino y Jim Hollander, Faustino Aizkorbe, Luis Pinto Coelho…

No llegó, ¡ay!, a fraguar la invitación cursada a Picasso o a Francis Bacon para encarecer la historia. Casi una cincuentena de creadores plásticos: pintores, fotógrafos, grafistas, arquitectos, escultores, diseñadores, dibujantes, creadores plásticos que aceptaron unir su nombre al de la causa. El arte al servicio y amparo de la causa de los toros, sin los cuales no se entendería la existencia de las fiestas seculares de Pamplona. Sin los toros de Pamplona no se entendería una parte no menor de la historia del toreo. Los toros de antes de la invención de 1959 y los de después.

El antes de la Feria del Toro es denso, completo. Todos los que son están. Estuvieron. La “Historia taurina de Pamplona en el siglo XX” de Koldo Larrea recoge evidencias mayores en minuciosas estadísticas: Mazzantini, Fuentes, Machaquito, Bombita, Pastor, Gaona, Cocherito, El Gallo, Gallito, Belmonte, Granero, Marcial, Márquez, Chicuelo, Niño de la Palma, Cagancho, Agüero, Armillita, Barrera, Domingo Ortega, La Serna , Manolo Bienvenida, Garza, El Estudiante, Pepe Luis Vázquez, Manolete, Luis Miguel, Antonio Bienvenida, Pepín Martín Vázquez, Rafael Ortega… Y los nombres de Veragua, Murube, Palha, Vicente Martínez, Miura, Parladé, Concha y Sierra, Saltillo, Santa Coloma…

Lo difícil fue dar en 1960 la vuelta de tuerca que devolviera al toro la importancia que, según testigos de la época, parecía en irreversible cuarto menguante. Incluso en tierra tan del toro como Pamplona y Navarra. La vuelta de tuerca no fue fácil. El primer año de Feria del Toro no llegaron a arreglarse la Meca y el torero mayor de su tiempo: Antonio Ordóñez. El torero favorito de Pamplona. Lo sigue siendo todavía en la memoria común. Como el mito que alimenta parte del fuego sagrado. La fotogenia de Pamplona es Antonio Ordóñez. La idea de la torería. Tanta torería como la de Manolete, que fue en Pamplona como un dios.

Los giros de la revolución del 59 no tuvieron efectos inmediatos. Y por eso no fue propiamente una revolución. Tampoco latía la idea de regenerar la fiesta ni nada semejante. Si la idea de Pamplona se abrió camino y ganó adeptos fue precisamente por no ser nada dogmática. Puro pragmatismo, sentido común: la plaza era propiedad de una entidad benéfica y, por tanto, no tenía más fin que el de reportar beneficios.

Durante la década de los 60 el elogio y la censura del “toro nuevo” o del modelo de Pamplona –una autogestión moderna, sin intermediarios ni intereses espurios- alternaron más de lo que se imagina. La cita de Pamplona ha sido generosa con informadores y críticos sin distingos. Páginas magistrales de Cañabate, Gonzalo Carvajal, Navalón, Zabala, Georges Dubos, Joaquín Vidal. El fluido bien alimentado no ha llegado a interrumpirse nunca.

BANDERA ORDÓÑEZ

El propio Antonio Ordóñez, figura señera del cuadro de honor de Pamplona, fue el primero en tirar del carro. Corredor, pastor, doblador de los encierros. Estampa insuperable de figura del toreo. La década que abrió paso al nuevo modelo tuvo en realidad por protagonistas a los toreros más que a los ganaderos y hasta los toros. Ocho años después de instituida la Feria, la plaza hubo de ser ampliada en casi cinco mil localidades. De donde deriva la multiplicación del ruido que ha hecho seña de Pamplona. Un ruido ya mentado en las crónicas viejas y antiguas, redoblado con el paso de los años y al compás de una sociedad que parece sentir por el silencio pánico.

Antonio Ordóñez vino a ser abanderado de Pamplona y su nueva Feria, en la cual llegó a torear diecisiete tardes. Otras dieciséis llevaba sumadas en la propia Pamplona antes de la revolución. Hasta que Ruiz Miguel vino a destronarlo de la estadística en 1989. Treinta y cinco tardes toreó Ruiz Miguel en Pamplona. Más que nadie nunca. Y en loor de multitud. Héroe popular de dimensiones colosales, fantásticas.

La aparición de Ruiz Miguel en sanfermines coincidió en 1973 con la implantación obligatoria del guarismo de la edad en el herraje del toro. A partir de 1973, el tamaño y el trapío del toro de Pamplona vino a plantarse en una frontera nueva y en parte remota. Más toro todavía. Y todavía más leyenda. Miura, la ganadería de mayores volúmenes, sólo ha faltado a dos citas de sanfermines desde 1970.

Si se contabilizaran en detalle las sangres de manantial de todas las ganaderías que han lidiado en la Feria del Toro a lo largo de estos cincuenta años, vendría a descubrirse seguramente que la sangre dominante ha sido la del tronco Parladé-Tamarón-Domecq. Las proporciones imperantes del caudal Domecq son ahora mayores que nunca. Como en casi todas partes. Aunque se tenga la idea de que San Fermín es punto y aparte, la Feria del Toro se ha acoplado sutilmente a todos los cambios. Y cuando no los ha provocado, ha sabido asimilarlos. Eso ha sido garantía de su supervivencia.

Con la impagable pero bien remunerada contribución protagonista y estelar de quienes marcaron época, firmaron sublimes tardes y dejaron marcada la historia: Ordóñez con un toro de Bohórquez, faena que parece luminaria perpetua; El Viti y su gravedad majestuosa, caballeresca; Puerta y su arrebato contagioso; la sabiduría sin fondo ni techo de Camino; Galán y su estocada sin engaño en medio de un diluvio bíblico; la pasión de Ruiz Miguel; la faena del rabo de Esplá a un toro de Osborne; la fiebre mayúscula de Espartaco; la hondura cabal de Ortega Cano con toros imponentes de los Guardiola; tres memorables faenas del primer y el segundo José Tomás; el precoz primor de El Juli. Etcétera. Como un hierro candente.

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