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Memoria, Paco Romera

Paco Romera

POSEÍA Joaquín Pascal una memoria casi tan privilegiada como su hombría de bien. Pese a su cabeza de matemático, no era posible mantener con él una conversación abstracta sin que se le entrometieran en la boca nombres, fechas, lugares y genealogías pasadas. Fue su forma de ordenar ese mundo que a todos se nos desvanece cada vez más en sombras de olvido. Joaquín era un risueño memorioso que se ha llevado consigo la historia grande y menuda de unas generaciones de lotófagos para quienes olvidar es a veces una necesidad y a veces un mal hábito.

Pero nunca le vi hacer un uso arrojadizo de la memoria. Recordaba por placer, no por despecho. Barajaba los recuerdos como el coleccionista que sabe encontrar en los objetos atesorados ese destello de color que los hace humanos. Cuando se mencionaba de pasada a alguien, soltaba un eureka de científico regocijado y desgranaba la vida y milagros del aludido desde la cuna hasta la parentela. Solía ocurrir entonces que esos túneles iluminados por su memoria abrían paso a otros, y éstos a otros, hasta que todo cuadraba en un teorema de situaciones compartidas donde irremediablemente quedabas atrapado. Hablando con Joaquín uno se daba cuenta de que efectivamente el mundo es un pañuelo y de que todos estamos en el mismo barco.

Comíamos un día de mayo un profesor de Alcalá y yo cuando llegó Joaquín a los postres para hacer tertulia. Al poco rato ya habíamos dejado de hablar de literatura porque ellos dos cayeron en la cuenta de que pocos días atrás habían visto en Las Ventas una memorable faena de José Tomás. Era un verdadero espectáculo verles gesticular recreando naturales y pases de pecho mientras sus voces subían de volumen y se llenaban de castizas exclamaciones. Por fortuna el restaurante estaba casi vacío. Pero en la otra esquina de la sala se sentaba un viejecillo de aspecto señorial a quien yo miraba de reojo temiendo que le perturbara aquel exceso de erudición ruidosa. De pronto el anciano se levantó de la mesa, se acercó a la nuestra y dijo: “Disculpen, pero no he podido evitar oírles. Yo también estaba en la plaza esa tarde”. Excuso decir la que se montó allí. Otro festival de coincidencias para la colección de Joaquín. Era, ya digo, su forma de ordenar el mundo en un álgebra de cordialidad a la que resultaba imposible sustraerse. Joaquín amaba las matemáticas, los toros, la enseñanza, el arte, la libertad, su ciudad, los encierros y la amistad. Y amaba la vida, que ha sido tan desleal con él: por quitárnoslo antes de tiempo y por llevarse con sus cenizas ese archivo de signos que nunca recuperaremos. Ahora, como dijo el poeta, “de toda la memoria sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños”.

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