Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Auctoritas y potestas

la trastienda
Publicado en Diario de Navarra el 14 julio 2009
Miguel Ángel Perera tras ser cogido (foto: Villar lópez, para la Agencia EFE)

Miguel Ángel Perera tras ser cogido (foto: Villar lópez, para la Agencia EFE)

Cuando a los iguales nos ungen con la autoridad nos transforman. Nos dan una silbato, una boina verde o un micrófono de colores y nos creemos los reyes del mambo. Tenemos poder sobre las demás personas, nuestras decisiones les influyen. La autoridad nos cambia. Va en nuestra condición de humanos.

En las plazas de toros hay muchas autoridades: unas con chaqué y chistera, otras de uniforme y algunas más de paisano. Los callejones suelen estar ferreamente vigilados. De manera formal por los alguacilillos y de forma efectiva por los delegados. Cuentan que en cierta ocasión a Miguel Ángel Perera, siendo un desconocido novillero, le pidieron la acreditación que no tenía. No era en Pamplona, era lejos.

Perera se vio contrariado. Obedeció al jefe de callejón y salió de forma disciplinada. Pero antes de marcharse le dijo al guarda que le había echado el alto: soy Miguel Ángel Perera, ahora soy novillero, pero algún día será usted quien me abra la puerta porque voy a ser figura del toreo.

En las plazas de toros quien primero tiene la auctoritas es el toro. Y la auctoritas para los romanos, era otra cosa. Era una legitimación social. Algo más profundo que la capacidad de imponerse,  hacer soplar un silbato o hablar por la radio.

Los matadores hacen el paseíllo cada tarde para ganársela. Para imponer ésa autoridad ante cada toro. Y mientras la imponen, que lo vea el público y llegar con ella al éxito.

Perera ayer se encontró ante un primer toro harto complicado. Un toro con raza y malas pulgas que debía ser domeñado. Y ahí se puso, erguida la planta, llevándose un terrible porrazo. Pero se levantó, que es algo que tiene la gente con casta, y se fue a la cara del cuatreño. A los minutos ni se le notaba conmocionado.

Tragó coladas en un palmo. Gañafones de bajos vuelos. Y se impuso al toro que terminó sometido y dejó al descubierto las carencias del astado. Incluso logró bajarle en algún momento la manos que es señal de manda de verdad. Se tiró a matarlo y le cortó un trofeo.

Y se puso a dar la vuelta al ruedo. Nadie podría decir a su paso que a Perera le aplaudiesen sólo por ir vestido de torero. Unos vaqueros tapaban su taleguilla remendada, dándole un aire entre adefesio y carnavalero. Porque el personal aplaudía la autoridad que había impuesto, la del torero triunfante frente a la fuerza del toro.

Aquel jefe de callejón que, a saber dónde, echó a Perera, igual hubiese distinguido al presenciar la escena la diferencia la entre auctoritas y potestas. Aunque quizá eso sea difícil. A los que nos ponen un silbato, una boina verde o un micrófono de colores somos gente por naturaleza dura de mollera.

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