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Las alas de “El Cid”

La trastienda
Publicado en Diario de Navarra el 10 julio 2009.
El Cid es trasladado a la enfermería (foto: Jesús Diges, EFE)

El Cid es trasladado a la enfermería (foto: Javier Sesma, Diario de Navarra)

A finales de los sesenta Rafael Moneo ganó el concurso para ampliar la Plaza de Toros de Pamplona. La andanada y sus llamativas columnas en forma de costilla, son cosa de Moneo. Al presentar ante la Meca el proyecto lo llamó “Dédalo”. Si acudiésemos a la mitología griega veríamos que Dédalo fue el arquitecto del laberinto de Creta, ése que encerraba al minotauro.
Los matadores de toros siempre han tenido algo de mitológico. Pasan de lo humano a lo heroico con extrema rapidez, con la efímera rapidez  con que se desarrolla una corrida de toros. La carrera de un torero, larga o corta, encierra alegrías y también tragedias, que hubiesen entusiasmado a los griegos.

Ayer vivimos la parte trágica personificada en Manuel Jesús, “El Cid”. No tanto por la parte física reflejada en un frio parte médico (cornada en la cara interna del muslo derecho), como en la emocional. La tragedia vivida por quien quería enderezar su temporada en Pamplona.

Porque, si echamos unos años atrás, la carrera del Cid fue bastante complicada. Ni sus hechuras físicas, ni las plazas duras  donde tuvo que hacerse torero incitaban precisamente a la esperanza. Sin embargo lo consiguió, “pudo llegar”. Arrastró muchos años de infortunios en los ruedos. Muchos toros a los que pinchaba, y muchos triunfos que desaparecían en lo efímero de cada tarde.

Pero hubo un momento en que “El Cid” comenzó a matar. Dejó de ser un corista y más que escaparse echó a volar. Las alas de ese vuelo estaban construídas de voluntad, de profundidad y de mano izquierda. Fue padre, estabilizó a su familia, coleccionó puertas grandes. Se quedaba quieto en los sitios donde debía hacerlo, y en los otros conseguía pasar inadvertido. Se acercaba a la zona más alta, a la zona inaccesible donde habitan los que mandan, los que perduran en la memoria. Y entonces se fijó un reto. Un reto de héroes: matar seis victorinos en las Corridas Generales de Bilbao.

Esa tarde fue un hito, la mejor de su carrera. Resultó un gran éxito. Su carrera salía disparada ganando nombre y cartel. Lo dio todo y se vació. Y Tanto se vació, que su vuelo se acercó peligrosamente al sol.  Y entonces sus alas, como en el vuelo de Ícaro, comenzaron a derretirse al calor del triunfo.

Ícaro, en la mitología griega, era hijo de Dédalo. A Ícaro le hicieron unas alas para que volase, pero al volar demasiado alto cayó al mar. Cosas de la mitología.    Pero el toreo, no lo olvidemos, está realizado por hombres. Hombres valerosos, valientes y decididos que hacen lo que otros no podemos hacer. Y hoy, en una habitación de Virgen del Camino, hay un hombre con los muslos rotos y un nuevo proyecto en mente. El proyecto de venirse arriba como otro ser mitológico: el rehacerse como el Ave Fénix.

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2 respuestas a “Las alas de “El Cid””

  1. LuisMa dice:

    Es difícil describir mejor la caída del Cid,
    Chapeau, juntapalabras!!!!!

  2. Lady Trap (desde Barna¡!) dice:

    I agree… chapeeeau, juntapalabras!!!!!

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