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Antonio Ordóñez en los sanfermines

Michael Wigram

Publicado en “6 toros 6” nº 7, 1992

Se sabe que Antonio Ordóñez detentó el record de actuaciones en los Sanfermines hasta que Ruiz Miguel lo superó en 1989. Se sabe también que el maestro cuajó muchos toros importantes en Pamplona, y que su buena o mala suerte en los Sanfermines influyó no pocas veces en su carrera. Hay la creencia, muy extendida, de que su súbita retirada en agosto de 1971 se debió, en gran parte, a su desafortunada actuación en Pamplona, unas semanas antes. Pero detrás de este hecho, y de los vagos conocimientos que, por lo general, alimentan la leyenda hay una fascinante historia que merece la pena explorar.

UN PRÓLOGO FELIZ

Antonio Ordóñez y Luis Miguel con los niños de la Casa de Misericordia (foto Archivo del Museo Taurino "La Estafeta")

Antonio Ordóñez y Luis Miguel con los niños de la Casa de Misericordia (foto Archivo del Museo Taurino "La Estafeta")

Como en las novelas de antaño, hay un prólogo, señalados capítulos y un epílogo. El prólogo se refiere a su única actuación como novillero, en los Sanfermines de 1949. Cortó una oreja a su primer novillo, y aquella tarde fue el augurio de las grandes cosas que estaban por venir. Aunque no llegaron inmediatamente, porque al año siguiente, Litri y Aparicio, los novilleros de moda, fueron, con Isidro Marín, el novillero regional, los espadas elegidos para la novillada de la feria.

Se quedó también fuera de los carteles pamplonicas durante los dos años siguientes. Y no hizo su presentación como matador de toros en Pamplona hasta 1952, año en el que empieza el primer capítulo de su historia sanferminera.

PRIMEROS TRIUNFOS Y DISGUSTOS

Actúa dos veces en el 52. Cortó una oreja en su primera corrida, y perdió la Puerta Grande en su segunda tarde, por pinchar cuatro veces. Actuó también el día 11 en un festival y cortó las dos orejas a un novillo de Martínez Elizondo. Toreó con el clásico atuendo pamplónica, con camisa y pantalón blanco, y pañuelo y faja roja, indentificándose así con los mozos con quienes corría los encierros.

En 1953 también actuó dos veces y cortó nada menos que siete orejas de sus cuatro toros. Hace casi cuarenta años, el toro de Pamplona era muy distinto. En su primera corrida, ninguno de los seis “Átanasios” dio el peso reglamentario, y sin embargo se lidiaron todos. Los que correspondieron a Ordóñez pesaban 410 y 405 kilos en bruto (el más chico de la corrida sólo alcanzó 389 kilos). Pero casi todos derribaron en varas y hasta metieron a un picador en el callejón. Los “Cobaledas” de su segunda tarde pesaron algo más, 464 y 487 kg., y también derribaron lo suyo. El toreo ordoñista de aquellos días era una mezcla de lo más clásico y puro, y de otras cosas que hacía para la galería. Lo mejor, su torero con el capote y sus naturales, pero estos los pimentaba con manoletinas, molinetes y desplantes. También tuvo suerte con la espada y fue el triunfador indiscutible de la feria del 53.

En la salida de las peñas

En la salida de las peñas

Le contrataron tres veces en 1954, su última tarde para torear los “Miuras”, que volvían a Pamplona por primera vez desde 1925, cuando los lidiaron Marcial Lalanda, Antonio Márquez y Martín Agüero.

Antonio cortó la oreja a un pequeño “Sepúlveda”, su primero de la tarde, el cual, sin embargo, tomó tres varas y derribó al picador de reserva. Estuvo conservador en la corrida de Fermín Bohorquez. La misma tarde en que César Girón cortó un rabo a su primero y escuchó los tres avisos en su segundo. Y llegó la miurada.

Hubo pocos corredores en el encierro. Era un mañana de lluvia fina y resbalaron varios toro Pesaron poco. 440 kg. el que menos y 502 kg. el qu más, tuvieron “poca carne y mucha alzada, y to presentaban buenas defensas”. Salieron difícile Rafael Ortega, un gran experto en la divisa, fue pitado. El primer “Miura” de Ordóñez era manso y aún dio rápidamente. Le toreó muy bien con el capotí pero poco pudo hace con la muleta, y tambié^ le pitaron. Su segundo el más grande, fue nob y flojo, y Ordóñez ; cuidó durante los do primeros tercios. Se fu al centro para brindarla] al público y los del se rechazaron el brindis contrariados quizá la decepción que estab provocando la miurada De todas formas fue un señal que marcaba un cierto divorcio entre Ordeñe y las peñas de Pamplona. El maestro desistió, pero en esta ocasión sin enfadarse, como lo haría otra veces, con menos razón, a lo largo de su carrera. Hizo una buena faena, pero la estocada cayó un poquito baja. Le ovacionó la sombra y le pitó el sol, una división que luego sería característica en esta plaza. Con aquella miurada terminó el primer capítulo ordoñista en Pamplona. Antonio se ausentó de los sanfermines hasta 1957: Por su servicio militar en 1955 , y por su grave cogida en Las Ventas, en junio del año siguiente. Guillermo Sureda, al escribir sobre el tema en el invierno de 1954, consideró a Ordóñez como “un grandioso torero perdido”, por la falta de “un valor constante” y por no entender su propio quehacer: “Le da lo mismo ejecutar unos naturales portentosos que una serie de manoletinas. ¡ Sureda Molina no era el único en mantener esta opinión. Se decía entonces que Antonio Ordóñez era un torero con garbo, pero que le faltaba entrega.

LA CONQUISTA INCOMPLETA

Ordóñez en un pase de pecho

Ordóñez en un pase de pecho

Pero cuando regresó a Pamplona, casi exactamente tres años después, su toreo había madurado. Durante la temporada anterior, es decir en 1956, su toreo había evidenciado un poderío y una pasión insospechados. En 1957 fue la base de los carteles pamplonicas, con cuatro corridas. Hizo una gran feria cortó cinco orejas. Su memorable faena a un toro de Arranz, el primer día, consistió en “cuatro ayudados por alto y uno por bajo. Una serie de cinco naturales, rematada con un pase de pecho, y otra de cuatro. con el mismo final. Dos series de tres pases en redondo y cambio de mano unido a un pase de pecho, y cuatro giraldillas. Es decir, una faena mucho mas austera que las de su primer capítulo, a pesar de una leve concesión final.

Empató al día siguiente, al menos desde el punto de vista técnico, frente al difícil “Galache”. Escribía un crítico que “En el toreo la maestría lleva el nombre de Antonio Ordóñez”. Por otra parte, sus problemas con las peñas continuaban en pie. Le pitaron con cualquier excusa. Como por ejemplo, por brindar un toro a una peña que le había dado un homenaje, y no a todas.

En 1958, Antonio Ordóñez estaba en el momento cumbre de su carrera. Toreó 78 corridas (perdió 7 por cogidas), cortó 120 orejas, 26 rabos y 7 patas. Sureda Molina ya había cambiado totalmente de opinión: “Creo que Antonio Ordóñez quedará como uno de los grandes toreros de todas las épocas. En la actual, no tiene rival. Desde el punto de vista estético ningún torero puede comparársele, y desde el punto de vista técnico no admite tampoco parangón. Hoy es único, el mejor, el más artista, el más técnico”.

Sureda Molina aún le criticaba por lo que él llamaba “la comodidad”. Otros se mostraron reticentes por sus concesiones al público. Ninguno tenía en cuenta que Ordóñez tenía “raza de figura”, que no le dejaba satisfecho complacer sólo a los puristas, que buscaba el triunfo frente a todos los públicos, que tenía demasiado temperamento para mirar cómo otros salían a hombros por la Puerta Grande, mientras esperaba la salida del toro apto para una lidia rigurosamente clásica. En eso se parecía a Juan Belmente, el cual, según Cossío, hasta dio puñetazos al toro.

En 1958, en sus cuatro corridas, Ordóñez intentó complacer a todos. En la primera cortó la oreja de un “Arranz”, por una faena en la que mezcló la pureza y el adorno. En la segunda cortó dos orejas a un “Garcigrande”, y el sol protestó la concesión de la segunda. Luego, “escuchando la voz de su conciencia de lidiador profundo”, reaccionó con una segunda faena “para aficionados muy exigentes”, que sólo mereció los aplausos de la sombra. Siguió obedeciendo a la voz de su conciencia durante su tercera tarde, y mereció el agradecimiento de Antonio Díaz Cañábate, mientras las peñas lo pitaban. En su última corrida Ordóñez quiso complacer a todos los pamplónicas. Se olvidó del rigor, hasta quitó por chicuelinas, “hizo el poste” con la muleta, y terminó con manoletinas, giraldillas y desplantes. Perdió las orejas con la espada, pero se reconcilió con las peñas. Y esta interesante feria dio final al segundo capítulo de Ordóñez en los Sanfermines.

MAS ÉXITOS Y EL ODIO

El año 1959 pasó a la historia de la tauromaquia como la temporada de la competencia entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín. Según Corrochano fue una competencia fabricada, pero captó la imaginación del público y Ordóñez salió vencedor. Durante aquel verano clave en su carrera, no fue a los Sanfermines. Pero se tomó una pequeña vacación y asistió como participante a los encierros y a los bailes callejeros.

El tercer tramo de Ordóñez en los Sanfermines comienza en la feria de 1960 con el corte de dos orejas a un toro de Juan Pedro

Busto de ordóñez en la penumbra

Busto de ordóñez en la penumbra

Domecq. Dio una serie de nueve naturales en la que demostró “la bella armonía del pase natural, largo, hondo, profundo, ligado sin esfuerzo”. (En aquella corrida. Curro Romero también toreó muy bien al natural, aunque entonces a nadie se le ocurría comparalo con Ordóñez). Al año siguiente también cortó dos orejas en su primera corrida, esta vez a uno de Garcigrande, de nombre “Mimosa”, que pesó 490 kilos y tomó tres varas. En esta ocasión dio una tanda de ocho naturales “insuperables”. Las dos faenas tuvieron, sin embargo, la inevitable concesión de las manoletinas o la demagogia de los circulares.

Durante estas dos ferias, Ordóñez no se encontró con toros tan propicios como los mencionados, pero siempre hizo cosas estimables, especialmente con el capote. Y fue muy injustamente tratado por el público de sol. Cualquier excusa era válida para protestar, si el toro era pequeño o si la estocada había caído algo baja, lo que, sin embargo, perdonaban a otros toreros con los que compartía cartel, aunque sus toros fueran más chicos y sus estocadas cayeran más abajo. Con su último toro de la feria del 61, Ordóñez hizo un gran esfuerzo. Era manso y soso, y le hizo una faena que el toro no tenía, pero las peñas protestaron ferozmente la oreja concedida

Durante el invierno siguiente, Ordóñez sufrió una de las cornadas más graves de su vida, en Tijuana (México). La herida, en el muslo derecho, tenía cuatro trayectorias y se curó muy despacio. Lógicamente, repercutió en la temporada española de 1962. Se le vio apático en su primera tarde de los Sanfermines, y toda la plaza le abroncó con razón.

Su segunda actuación, con toros de Ricardo Arellano, tuvo lugar en una corrida memorable. Paco Camino cortó cuatro orejas, y El Viti, el rabo de su segundo toro. Los dos hicieron el toreo grande. Pero, para muchos, Antonio Ordóñez hizo lo más meritorio de la tarde. Su única recompensa fue una oreja muy protestada, en su segundo. Pero toreó aún mejor a su primero, en el que fue pitado por las peñas.

Antonio Díaz-Cañabate, en una crónica que tituló “Mozos, los de Navarra”, les preguntó: “¿Os ha hecho algo el gran torero?”, y continuaba, “la faena de Ordóñez al primero fue admirable. ¿No visteis el reposo, la armonía, la elegancia con que se sucedían los pases? ¿No visteis aquellos soberbios pases iniciales por bajo? ¿No visteis, luego, cómo en los naturales y en los redondos, la muleta iba cerca, lenta, como impulsada por un aire suave, y cómo el toro no podía abandonarla, porque iba fascinado tras ella? Sí, lo visteis; estoy seguro. Pero no aplaudisteis con el entusiasmo que prodigáis a otros toreros, porque os cegaba la pasión. ¿Tan enconado es el resquemor que tenéis con el gran torero? Yo os digo: Bien está la pasión; no la confundáis con la injusticia”. Y Cañábate terminó: “Adiós, mozos los de Navarra. A San Fermín le pido que os libre de la injusticia y que os conserve la pasión”.

HACIA EL TRIUNFO COMPLETO

Antonio Ordóñez frente a la estatua de Hemingway

Antonio Ordóñez frente a la estatua de Hemingway

Ordóñez se tomó un descanso de dos años. Un descanso necesario, que le permitió hacer una de sus mejores temporadas en su regreso de 1965. Pero se encontró con el fenómeno social de Manuel Benítez “El Cordobés”, que estaba en pleno auge. No aparecieron jamás juntos en el mismo cartel. Pero los empresarios confeccionaron normalmente sus programaciones alrededor de ambos. Y así sucedió en Pamplona, con Benítez ajustado el día 13 de julio y Ordóñez en la última tarde.

Se cuenta que a El Cordobés siempre le rechazó Pamplona. Pero en realidad Benítez no hizo mucho esfuerzo por triunfar allí. Fue aplaudido cuando hizo alguna cosa suya (cortó una oreja en Pamplona de novillero), aunque apenas se entregó. Provocó una bronca monumental aquel año cuando necesitó de doce descabellos con su último toro. Al día siguiente, Ordóñez lo tuvo más fácil, porque las peñas se habían desfogado el día anterior. Toreó muy bien a su primer toro, pero perdió las orejas por culpa de cinco pinchazos. Su segundo toro fue malo y en contra del reglamento, regaló un toro rechazado en el reconocimiento. Con este animal, pobre de trapío y cómodo de pitones, cortó las dos orejas, a pesar de una estocada baja. Y esta vez le perdonaron todo quizá en agradecimiento al regalo.

Pero al año siguiente, en ausencia de Benítez, Ordóñez fue otra vez la base de los carteles con tres corridas. Y le trataron de nuevo con el rigor de siempre. Como estuvo extraordinariamente bien con los “Juanpedros”, en su segunda tarde, sobre todo : el capote, no tuvieron más remedio que aplaudí Pero sus dos orejas, bien ganadas, al último toro la corrida concurso de ganaderías fueron fuertemente protestadas por los de siempre. “Antonio Ordóñez” lidió perfectamente. Fueron perfectas las verónicas de saludo, perfecto el colocar al toro en el primer •icio, perfecto el quite final, perfecta la faena y perfecta la estocada. ¿Qué falta, pues? Sobraba perfección. Un toro bravo frente a un torero clásico que le tace una gran faena y le mata de una estocada y parte del público arroja almohadillas. Es algo sorprendente. No tiene explicación”.

No vale la excusa que dieron los apologistas de las peñas en el sentido de que al toro le faltaba tra-pío. porque hubo otros con menos presencia lidiados en la misma feria, que pasaron sin comentario alguno y el toro de Alvaro Domecq fue bueno y bravo.

En 1967 Ordóñez firmó una sola tarde. Para él era un año raro. Después de sus grandes triunfos en las Fallas y en Sevilla, no fue a muchas ferias importantes por razones económicas, aunque mantuvo siempre un nivel admirable. En Pamplona toreó bien pero mató mal.

Durante la temporada del 68 siguió en la misma linea de toreo grande. Aquella fue, sin duda, una de las mejores temporadas de su

Antonio Ordóñez tras cortar un rabo

Antonio Ordóñez tras cortar un rabo

larga historia como matador de toros. Tuvo dos tardes en Pamplona. El da 11 de julio con toros de Carlos Urquijo y el día 13 de julio con toros de Fermín Bohorquez. El primer “Urquijo” no le gustó, pero cortó una oreja, protestada, del segundo. Hizo una gran faena pero matóen “su” rincón. Con el primer “Bohorquez” estuvo muy bien, aunque oyó algunos pitos en la vuelta al ruedo.

Llegó su segundo “Bohórquez”. Era el cuarto de la tarde, y fue el toro de su triunfo más completo de las treinta y tres corridas que toreó en esta plaza.

Era el toro de más trapío de la corrida, con 563 kilos de peso. El presidente cambió el tercio antes de tiempo, cuando sólo le habían puesto una vara. Llegó a la muleta casi crudo y con la cara alta. Antonio Ordóñez le dominó a lo largo de una faena en la que mostró la plenitud de su valor, de su técnica, de su arte. Y esta vez no hubo discrepancias cuando el presidente le concedió las dos orejas y el rabo.

El último capítulo de Antonio Ordóñez en los Sanfermines terminó como es de justicia que terminara, con los titulares de las peñas bajando al ruedo para ponerle sus respectivos pañuelos en el cuello y dar la vuelta al ruedo junto al héroe.

UN TRISTE EPILOGO

Después de un año de ausencia, Ordóñez volvió a Pamplona en 1970. Por lesión de Paco Camino lo hizo en un improvisado mano a mano con Miguel Márquez. El presidente le negó al oreja de su primer toro y la segunda oreja de su segundo toro, un manso que se refugió en tablas. El maestro dio la vuelta al ruedo con el toro durante la faena, y en cada cuadrante de la plaza le dio una tanda de inmensos muletazos. El público pidió las dos orejas con fuerza y abroncó al presidente. Pero cuando Ordóñez, en un gesto de mal humor, devolvió la única oreja que el presidente le había dado, el público reaccionó en su contra. El diestro no hizo nada en su último toro, y tampoco al día siguiente, con los dos del Conde de la Corte que le correspondieron.

En 1971 Ordóñez toreó siempre con Paco Camino. Hubo varios mano a mano, y uno de ellos se programó como la última corrida de los Sanfermines. Ordóñez llegó a Pamplona en un buen momento; había cortado ocho orejas y dos rabos en las tres corridas precedentes. Pero se encontró con una tarde de lluvia y un público hostil. Le pitaron desde los primeros pases de castigo a su primer toro. El rondeño se enfadó, se caló la montera y mató al toro por los sótanos. E hizo más o menos lo mismo en sus otros dos toros. Es decir, buscó el enfrentamiento y recibió tres de las broncas más fuertes de la historia de los Sanfermines.

LA MORAL DE LA HISTORIA

Así terminó el conflicto entre el torero y las peña de Pamplona. No creo que la última batalla de su larga carrera navarra influyera en su decisión de retirarse un mes más tarde en San Sebastián. Porque después de Pamplona fue a la feria de julio de Valencia, y cortó nada menos que seis orejas y un rabo en sus dos corridas, dos de ellas a un “Pablo Romero”. Estuvo enorme y en absoluto dio la impresión de un torero derrotado.

He oído una teoría, expuesta por un famoso corredor de los encierros, que argumentaba que Antonio Ordóñez personificaba la superioridad española a ojos de las peñas, en una época en que las oportunidades de protesta pública estaban muy limitadas. Su arrogancia taurina, su aparente facilidad, la demostrada perfección no les caía bien Según esta opinión, mientras mejor estaba peor le sentaba.

Por otra parte, las críticas que recibió de los puristas por tratar de complacer al gran público, es el eterno dilema en que se debaten los toreros clásicos; en este caso, un debate magnificado por la pasión que caracteriza a una plaza tan singular y tan importante y porque lo provocaba un torero que representa la más pura esencia del toreo. Claro que no fue el único diestro que, en aquellos años, tuvo que sufrirlo. Por ejemplo, en 1967, el crítico salmantino Alfonso Navalón censuró duramente, nada menos que al maestro Antonio Chenel “Antoñete” por su actuación en Pamplona. Le acusó de un grave pecado “dar un abominable pase circular”, entre otros crímenes taurinos. Pero si los toreros hicieran caso de los puristas y olvidaran al público desaparecería la fiesta nacional, sin ayuda de Bruselas ni de los verdes.

Antonio Ordóñez demostró en Pamplona no solo sus virtudes personales como torero y como hombre. Demostró también que un torero clásico puede triunfar en las circunstancias más adversas, si tiene técnica, valor y determinación. Toreros del corte de Paco Camino, El Viti, José María Manzanare Julio Robles, Roberto Domínguez y Ortega Cano entre otros, siguieron su ejemplo. No sirven las excusas. Si un diestro quiere ser considerado una auténtica figura del toreo tiene que triunfar en los Sanfermines, una condición “sine qua non” debida fundamentalmente a la dura y gloriosa historia de Antonio Ordóñez en Pamplona.

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Una respuesta a “Antonio Ordóñez en los sanfermines”

  1. […] saber reivindicarse con la muleta en la mano ¿ O va ser Usted menos que Pepín Martín Vázquez, Antonio Ordóñez o […]

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