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Emilio Muñoz en Pamplona

Para cualquier aficionado cabal, o para cualquier espectador con una sensibilidad mínima Emilio Muñoz ha sido durante casi un cuarto de siglo el matador de toros que devolvía a Pamplona la esperanza de aquello que llaman ver torear. Siempre fiel a sí mismo Pamplona fue una de sus plazas, y en su público obtuvo mas respeto que en ningún otro lugar . Como todo torero que haya calado en el público pamplonés se despidió de la de la plaza bajo una sonora bronca en una triste tarde de dos mil.

Quién mejor supo captar ese momento, no podía ser de otra forma, fue Carlos Polite . Esta crónica resume muchos sentimientos…y no poca admiración y valentía , mientras otros se dedicaban a hacer leña del árbol caído:

El trianero recibió bronca épica, lírica y dramática

Emilio Muñoz (foto: Jhon Dimis, Sanfermin.com)

Emilio Muñoz (foto: Jhon Dimis, Sanfermin.com)

DÍAS pasados comenté en una tertulia taurina presanferminera que Emilio Muñoz, salvando distancias entre norte y sur, era, dentro de un orden, nuestro Curro Romero local. Tal aserto se acogió con comentarios la mar de variopintos. Esto quiere decir que hubo división de opiniones. Pero a la vista de lo acontecido en la despedida irreversible del maestro de Triana, creo que di en el clavo. La reacción unánime del coro pamplonés asentado en los tendidos, gradas y andanadas del círculo mágico, fue idéntica a la del público de la Maestranza en las tardes aciagas de Curro Romero. Me explicaré. Cuando el veterano maestro de Camas la caga, recibe pitos en cantidades industriales. A renglón seguido se aplaude el arrastre de sus enemigos, hayan servido o no, para joderle la manta. Y cuando abandona el coso en compañía de sus tres banderilleros, la lluvia de almohadillas es la consecuencia directa del pésimo comportamiento del torero. También en estos casos interviene la fuerza pública, en el caso que nos ocupa los forales, para proteger la integridad física del interfecto. Lo que diferencia a Pamplona de Sevilla es que Emilio Muñoz jamás volverá vestido de luces a nuestra ciudad, y el ínclito Curro repetirá en la Maestranza mientras el cuerpo aguante. O sea, mientras viva.
Las dos broncas que soportó Emilio Muñoz fueron épicas por sus dimensiones casi telúricas, líricas porque lamentablemente fueron muy sentidas, y dramáticas porque pueden suponer el final de la carrera de un torero de dimensiones colosales. El maestro de Triana siempre ha manifestado que, además de su Sevilla, la plaza de sus amores es Pamplona. Recuerda perfectamente éxitos de apoteosis y dos toros de Fermín Bohórquez que lo retiraron temporalmente en una época tenebrosa de su existencia. Volvió con los bríos renovados, y siempre quedará para el recuerdo su concepción del toreo eterno. Sus medias belmontinas, sus inicios de trasteo andándole a los toros desde los terrenos de adentro hacia los medios, su fastuoso toreo al natural jugando con la espiral centrípeta en los terrenos de los bureles, abrochado con el ya inexistente pase de pecho de cuerna a penca, han sido la realidad más ajustada al arte de birlibirloque acuñado por el señor Bergamín. Pura percepción subliminal, oigan.
Con todo esto quiero decir que el toreo con aires de soleá trianera de Emilio Muñoz, duerme ya el sueño eterno. A pesar de todo, hasta siempre maestro.

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