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Esplá, amor y desamor

Carlos Polite

Diario de Noticias, suplemento San Fermín, 5 julio 2009

Luis Francisco Esplá se va del mundo de los toros. Después de 33 años en activo ha decidido que ya está bien y con 51 calendarios en su haber, una retirada digna puede ser el perfecto colofón a su dilatada vida profesional.

Esplá con Chivito (foto: archivo Navarra Hoy)

Esplá con Chivito (foto: archivo Navarra Hoy)

Nadie criticaría al torero si desde la apoteosis de Las Ventas decidiera cortar de cuajo su temporada por cierre del negocio. ¡Vaya tarde la de aquel día en Madrid! Jamás Esplá toreó con tal cadencia y profundidad. Eclosionó su torería y, tal como ocurrió en la tarde pamplonesa del 9 de julio de 1985, enardeció a las masas y dos plazas monumentales de distinto signo se rindieron a la concepción de un toreo, por lo espectacular, irrepetible.

Luis Francisco Esplá nace en Alicante el 19 de mayo de 1958. Recibió lecciones de Tauromaquia de un progenitor muy aficionado y propietario de una placita de toros muy apta para la enseñanza. Su afición fue precoz y con 15 años se dedicó a la lidia de añojos y erales por la zona del Levante, hasta debutar con los del castoreño en una novillada celebrada el día de Navidad de 1974 en Tenerife. Pásmense. Después de una meteórica carrera como lidiador de utreros y en la cima del escalafón, se decide y se licencia como matador de cuatreños en el coso de Pignatelli, en Zaragoza, el 23 de mayo de 1976. Le apadrinó Paco Camino y actuó de testigo Niño de la Capea. Los toros eran de un tal Manuel Benítez. No hubo pronunciamientos dignos de mención, salvo un espectacular tercio de banderillas.

El 19 de mayo de 1977 confirmó en Madrid a manos de Curro Romero y Paco Alcalde. Y a renglón seguido, a debutar en los Sanfermines. En la soleada tarde del 9 de julio, Luis Francisco se paseó desmonterado por el coso pamplonés flanqueado por el azteca Curro Rivera y el manchego Dámaso González. Se lidiarían cinco bureles de Pablo Romero y un sobrero de Martín Berrocal.

Los toros de La Herrería, en Sanlúcar La Mayor, eran guapos y bien armados, pero les dio por gandulear y embestir al paso. Sus parientes del año 1957 se llevaron el premio gordo de la Feria. ¡Qué vaivenes, Señor! El mejicano ni se enteró y suspenso total. El de Albacete ya templaba que era un primor y a su primero le cortó la orejita de rigor. El toricantano la lio con los garapullos y eso fue todo. Demostró carencias ostensibles con la muleta y su premio fue el silencio.
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Estampa del toro de Pablo Romero lidiado el 11 de julio de 1987.

1978

Genial en San Fermín Txikito

En 1978 nos masacraron las Fiestas y recuperamos el tono en las calendas equinocciales del martirologio del Patrón. Fueron tres días entrañables, irrepetibles. El día 25 de septiembre se lidiaron bureles murubeños de Campos Peña. Es una lástima que la encastada ganadería no retornara a Pamplona. Con lleno atosigante y tarde con cielo nítido y de azul cobalto, Ortega Cano, Esplá y Palomar nos ofrecieron una tarde soberbia. Los tres cortaron orejas y los tres se llevaron un recado de los pitones de los toros. Esplá enloqueció a las masas. El idilio había comenzado.

El día 7 de julio de 1979 el ambiente se cortaba con faca albaceteña. El paseíllo, con los toreros al descubierto por la muerte de un ganadero único que en vida atendía por Felipe Pablo Romero. Las Peñas rindieron homenaje a Luis Francisco Esplá y cuando el alcalde demócrata Julián Balduz accedió al ruedo para entregarle una efigie de San Fermín al torero, el grito clamoroso de ¡San Fermín, San Fermín! coreado por 20.000 gargantas era el ruego atormentado para que en jamás de los jamases nadie reventara la Fiesta conceptual del orbe, léase del mundo mundial. El que suscribe, fue uno de los muchos que lloró. Que conste en acta.

Se lidiaron hermosos morlacos de Pablo Romero para los espadas Palomo Linares, Julio Robles y Esplá. Los toros empujaron al penco, pero se aplomaron un tanto en el último tercio. El Palomo, encimista y con recursos. Se le aplaudió. El malogrado Julio Robles demostró su enorme clase con el capote, pero su eclosión como maestro en Tauromaquia estaba a la espera. El alicantino demostró que los terrenos y las distancias eran ya pan comido. Colocó banderillas de poder a poder, al cuarteo, a topacarnero y nos sorprendió con un par al quiebro descomunal. Pueden figurarse la reacción del personal santo. Con la pañosa no emocionó y tal como el mismo matador declaró, mató como un pinchauvas. Todo se quedó en ovaciones.

El día 11 disfrutamos de un corridón del Conde la Corte, pero con la mala fortuna de que al finalizar la lidia del cuarto una tormenta de tamaño natural provocó la suspensión del festejo. ¡Vaya manera de caer pañí, oigan! A pesar de las condiciones del arenal, Esplá colocó tres pares arrebatadores. Toreó con emoción y al terminar el trasteo cogió su corbatín y lo anudó en el pitón izquierdo del noble burel. La plaza era un manicomio.

La Feria se estrenó con un guapo sexteto de Los Bolsicos. El paseíllo lo realizaron el torero de Embajadores, Ángel Teruel, Esplá y el debutante Paco Ojeda. Teruel estaba en plan Guadiana y de vuelta. Pero como el que tuvo retuvo, nos deleitó con pinceladas de toreo caro. Ojeda obsequió con su encimismo al coro, que le regaló con su indiferencia. Todavía no era el figurón posterior. Esplá se puso en plan demagogo y realizó un brindis que a parte del personal le sentó como una perdigonada de sal en el culo. Porfió lo suyo con la pañosa, mató con decoro y cortó una oreja. Esplá traicionó a los de sombra, pero mantuvo los cariños incondicionales de la solanera y zonas aledañas.

En la tarde del 8 de julio se lidiaron toros del ganadero navarro César Moreno Erro. Los pasaportaron José Luis Galloso, del Puerto de Santa María, Luis Francisco Esplá y el trianero de la calle Pureza, Emilio Muñoz. Fue una tarde amarga para el criador, ya que los bureles le agradecieron la buena crianza durante 4 años con actitudes innobles. Esplá es un consumado actor, pero tiene ya a la plaza dividida. Mas no importa. A su primero le enjaretó garapullos en corto y por derecho, ya que el zaíno huidizo no estaba para florituras. Se fajó con la muleta, mató con donosura y a pesar de algún gesto ful de las zonas umbrías, se llevó una oreja al morral.

1983

Maestro en la lidia

Por si las moscas, la Meca no volvió a contratar al alicantino hasta el año 1983. Se le esperaba en Pamplona con expectación inusitada, pero en la tarde del 11 de julio se lidiaron toros de Los Guateles, purito Domecq, presumo que de lo chungo. Esplá se sentía ya cómodo con hierros encastados y las borricas, que fueron de Baltasar Ibán, eran a contraestilo del alicantino. Le acompañaron en el desastre el entonces figurón Paco Ojeda y un Espartaco que no pasaba por su mejor momento. Doy por hecho que en la inclusión de semejante materia prima, el apoderado de Ojeda, José Luis Marca, algo tendría que ver.

Esplá se llevó una orejita, mientras Ojeda fracasaba con estrépito y el de Espartinas ídem. Dos horas y media duró el festejo y los que pagaron la desaforada reventa saldrían finos.

El día 13 debutaron los toros de Celestino Cuadri Vides en los Sanfermines. Lidiaron Esplá, Emilio Muñoz y el mocetón Tomás Campuzano. Luis Francisco es el director de lidia perfecto. Exige que todo el personal ocupe el lugar adecuado durante la lidia, reacciona como un rayo si algún colega se ve a merced del toro cuando le corresponde lidiar, respeta al burel y lo deja ver delante del penco. Nadie, excepto el alicantino, practica la ortodoxia de la lidia. Algunos ignorantes le dicen chufla. ¡Qué sabrán!

Con el cuarto ocurrió que las peñas, a voz tronante, pidieron un cuarto par al torero. Ni corto ni perezoso, Esplá le endilgó al cuadri un encuentro hacia los adentros que nos dejó a todos alucinados. Esplá no cortó orejas porque se comportó como un pinchaúvas, pero se le despidió entre ovaciones.

El trianero Muñoz cortó dos orejas al quinto regalándonos dos series de naturales marca de la casa. Más adelante los mejoraría. Y el simpático Tomás se despidió con la orejita de rigor y bondadosa.

1985

La apoteosis

Había que esperar a 1985 para ser testigos de la apoteosis de Luis Francisco Esplá en la Feria del Toro. El día 9 de julio se lidió un sexteto precioso de hechuras de José Luis Osborne Vázquez, del Puerto de Santa María en la finca Bolaños.

El tempero era soberbio, los reventas se habían puesto las botas porque el trío protagonista de la tarde era de lujo, como dirían los aficionados cursis. Nada menos que José Mari Manzanares, Luis Francisco Esplá y Juan Antonio Ruiz Espartaco . El de Espartinas venía de salir a hombros por la Puerta del Príncipe de La Maestranza y se adueñó del cetro del toreo hasta su retirada por una estúpida y letal lesión de rodilla jugando al fútbol.

Esplá estaba eufórico y a su primero le endilgó un segundo tercio espectacular. Para los reaccionarios era un circo, para el pueblo gloria bendita. Voz del pueblo, voz de cielo, dice una taranta minera de La Unión. Yo la asumo.

Se le ovacionó por pinchar. Pero lo bueno estaba por llegar. Con el quinto consiguió fagocitar a romanos y cartagineses. Realizó la mejor faena en Pamplona y cuando observé la postura a la hora de despenar a su oponente, comenté: ¡Va a recibir! No puede ser, contestaron mi padre y mi hermano. Pudo ser. Y después de un pinchazo, volvió a realizar la suerte. Acertó de lleno y en los medios del coso. El bravo burel murió como fulminado por el rayo, el torero arrojó la muleta al cuerpo del bóvido y a renglón seguido la locura. Orejas, rabo y solomillo. Vuelta al toro, vuelta del Mayoral y la de Dios.

Espartaco cortó dos orejas y acompañó en triunfo a Esplá saliendo en volandas por la Puerta del Encierro. Manzanares se conformó con una. Así es la vida.

1987

La decepción

Vamos a 1987. La Meca contrató a Esplá para dos compromisos. El día del Patrón encabezaba la terna Julio Robles, acompañado por Esplá y el lusitano Victor Mendes. Julio estuvo decoroso con sus borregos, a la espera del dúo rehiletero. La puesta en escena estaba servida. Compartieron palitroques y yo por aquí y tu por allá. El personal, cachondo perdido. Para completar el trío de matadores banderilleros que abarrotaron cosos durante varios años, faltaba el fogoso Vicente Ruiz El Soro .

Y llegó el 11 de julio. En una tarde solariega se lidiaron toros de Pablo Romero para José Antonio Campuzano, Esplá y Lucio Sandín. Desde Partido de Resina, finca de los caminos del Rocío, Jaime de Pablo Romero envió un corridón con trapío esplendoroso. En general les dio por la bronquedad y la mansedumbre. Uno en particular, que atendía por Chivito , se lidió en segundo lugar y correspondió al torero alicantino. Era un torazo de capa negra y armado como un marine. Embistió a oleadas y en plan huidizo al capote del matador. Tomó el olivo, por fortuna en la zona de la solanera. Ya sabemos que el callejón de las zonas umbrías está abarrotado de especímenes de toda condición. El morlaco accedió al coso y en cuanto sintió la puya en su armoniosa anatomía tomó otra vez camino del callejón sin cambiar de terrenos, dándose un tortazo de los de aúpa. Llegamos a pensar que el morlaco se había descalabrado. Fue un craso error, pues el ladino asomó los belfos a través del portón y en cuanto observó al señor Cáneva sobre el zaldi a unos 40 metros galopó y atacó con saña y echándose a los lomos el cuerpo del picador. Le endilgó una cornada que no le mató de puro milagro. El canalla huyó como un cobarde cruzando el coso. Pero se encontró con el señor Cid, que a la altura del tendido 3 y delante de este menda le cazó con la carioca más preclara de la historia y le atizó la vara más salvaje que vieron los siglos. El noble picador se vengó por su colega, dando una lección del arte de la vara larga.

El manso salió a su aire sembrando el terror en el ruedo, pero bastante atemperado. Y cuando todos esperábamos con deleite el enfrentamiento de la fiera y el bípedo con los rehiletes, el maestro se negó y dejó el trabajo sucio a sus subalternos, que no habían colocado banderillas desde que toreaban con Esplá.

El estupor dio paso a la decepción y de ahí al cabreo de 20.000 personas. La bronca, mientras los despavoridos toreros de plata chapuceaban hasta límites patéticos, fue monumental. No perdonamos que el patrón deje el muerto a sus currelas, cuando él es capaz de solucionar la papeleta.

Al finalizar la pésima lidia, algún guasón pidió a la presidencia la vuelta al ruedo de Chivito. Y el torero, en plan chulesco insistió al presidente con la petición. Hubo aficionados dispuestos a bajar al ruedo y partirle la cara.

Durante la lidia del quinto un energúmeno le lanzó una botella de cava, que no le cazó de puro churro. Aquello fue el fin. El torero abandonó el ruedo entre lluvia de granizo con trapío de almohadillas y el idilio con Pamplona acabó en divorcio sañudo.

Anoto que volvió a los Sanfermines en un año del que no quiero acordarme y cuando le preguntaron el porqué de su regreso, contestó: Por el vil metal. Sin comentarios.

¿Será capaz de acompañar a su retoño Alejandro, que está anunciado en la novillada del día 5 de Julio?

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