Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Francisco Ruiz Miguel

Según informa Fernando Pérez Ollo , Francisco Ruiz Miguel es el torero que mas veces ha actuado en Pamplona: Realizó 35 paseillos en la Feria del Toro. Desde su presentación en 1974 estoqueó ¡12 ! corridas de Miura , 4 de Murteira Grave , 4 del Marqués de Domecq ,3 de Salvador Guardiola , 2 de Pabloromero , 2 de Martínez Elizondo, y una de Fermín Bohórquez, Martín Berrocal, Benítez Cubero , Antonio Pérez de San Fernando, Dolores Aguirre , Albaserrada ,Hernández Barrera y José Ortega. Cosechó once orejas y sus faenas de mayor éxito terminaron con pinchazo.

Francisco Ruiz Miguel citando a un Miura

Ruiz Miguel ante un toro de Miura (Foto "6 toros 6")

En el día de su penúltima despedida , el 14 de Julio del 89 , Juan Posada escribió en “Diario de Navarra”:

“La ovación grande y sincera , emocionó al diestro y a este que escribe. Fué un homenaje merecidísimo a una labor de muchos años realizada con valor, honradez y dignidad. Ruiz Miguel se mereció eso y mucho más. Pero ha sido en Pamplona donde más y mejor se lo han manifestado, ya que en otras plazas en las que ha actuado por última vez no le demostraron tanto cariño ni tanto ardor”

Su antepenúltimo toro lo brindó a Marcelino Jiménez Elizagaray, intentando hacer posible que la cabeza de aquel Miura, Fragata,  llegase desorejada al Museo Taurino de la Estafeta.

Años después en el diario salmantino “Tribuna” , Francisco José Sánchez publicó el siguiente artículo:

Ruiz Miguel: Un héroe incomprendido

Francisco J. sánchez

Hace unos días pasó por Salamanca un viejo león, de incomprendidas hazañas, poseedor de una intachable ‘hoja de servicios’, y al que la gran masa trata de olvidar, ignorando su leyenda, conseguida con auténticos golpes de ‘sangre y valor’. Pero para los cabales, Paco Ruiz Miguel no necesita presentación, y además es de San Fernando, la villa gaditana, famosa por sus salinas; cuna de ilustres cantaores, artistas y toreros geniales, como lo es Rafael Ortega.

Su paso por los toros fue como para asustar al más pintado, cada año tenía que ‘hacerse cargo’ de la camada de Miura, Victorino, Palha, Pablo Romero… y así siempre. Fue el clásico aliado de esos terroríficos astados, ¿cuánto miedo y satisfacciones aguantó su menudo cuerpo?
Luego, después de deambular por las plazas en plan gladiador y cuando estaba reconocido como una figura,
pidió justicia para formar parte de los carteles comerciales; quería matar las corridas de Jandilla, Juan Pedro y Atanasio. Algún empresario le abrió las puertas, y lo que era un premio merecido se convirtió en fracaso.
Su sitio en la profesión era otro, y ese lugar estaba reservado para Robles, Manzanares, Ojeda, ‘Espartaco’, Ortega Cano…, con los que fue incapaz de competir, regresando con vergüenza y dignidad a su legítimo puesto, entre el respeto de la afición y los profesionales, que veían en el de San Fernando el prototipo de la honradez a carta cabal, donde se mantuvo con firmeza, hasta que le llegó la hora de la retirada.

Despedida en Madrid

Cuando tuvo que decir adiós, lo hizo en la plaza que más le había dado, Madrid. Era el final de la temporada de 1989, la última que Chopera regentó Las Ventas. Ruiz Miguel se encerró con seis toros en la más exitosa feria de Otoño que se recuerda. La tarde anterior, Julio Robles había salido a hombros, mientras que dos días antes era Curro Vázquez el que atravesaba el emblemático marco, como también lo había hecho el jienense Fernando Cámara.
En su postrera comparecencia le sonrió la suerte, se la jugó de veras, y al final logró su sueño de atravesar en olor de multitud la Puerta Grande. Esa tarde se sintió el hombre más feliz de la tierra. Por la noche, se emborrachó con ‘su’ gente, entre la que sobresalía el obeso banderillero Juan Luis de los Ríos ‘El Formidable’, junto al picador de toda la vida, Martín Toro, que, retirado el año antes en Zaragoza, no quiso perderse el acontecimiento. Su postrera e inesperada gesta se produjo la mañana siguiente, poco después de romper el alba, cuando cantaba por soleares en una churrería de la Gran Vía y su presencia ‘paró’ el
tráfico en el corazón madrileño. Pronto se corrió la voz: “En la churrería de Callao está el torero que se retiró ayer”, y todos los ‘currantes’, que se desperezaban del sueño para ir al ‘tajo’ quisieron saludar al ídolo, que los invitaba a chocolate y aguardiente, hasta que poco después, de manera espontánea era izado a hombros por los sorprendidos aficionados, entre gritos de ¡torero, torero!, mientras los taxistas tocaban el claxon y algún despistado mañanero que pasaba por allí decía, “pues vaya ‘turra’
que le deben haber dado, como lleven por ahí toda la noche con él”. Pero el torero era feliz, y ante tanto reconocimiento, con lágrimas en los ojos, se acordó de su difícil infancia, cuando trabajaba de sol a sol en una lechería (como le pasó a Dámaso González); o aquella mañana que, al abandonar el sanatorio, emocionado, enseñaba orgulloso a sus amigos la cicatriz de la primera cornada, hasta que la vio el maestro Rafael Ortega y le contestó: “Eso es un arañazo”, y el viejo torero, bajito, gordo y calvo, pero que toreaba como no lo ha hecho nadie, por más mitos que busquen, le enseñó sus destrozadas piernas. Entonces el joven matador avergonzado tuvo que dejar de presumir, “lo suyo sí que tiene verdad, maestro”, y se marchó a entrenar con los
torerillos de la isla.

Descanso

Después de retirado se marchó a vivir a Algeciras, junto a su familia. En la ciudad portuaria encontró el
ambiente ideal entre los viejos toreros, pues allí reside entre otros ‘Miguelín’, Miguel Márquez, además de
otros modestos. Era el descanso del guerrero, después de ganar tantas batallas y poseer las condecoraciones con
que sueña cualquier coletudo. Pero poco duró la tranquilidad que se esperaba. A pesar
de casarse con una rica ganadera y ganar mucho dinero (aunque menos del que merecía), la caja no estaba
sobrada de caudales, por lo que hubo de volver a vestirse de luces, y aquí fue donde se fraguó el
fracaso. No era el mismo y, después de un San Isidro anodino y vulgar, le cerraron las puertas, excepto
Pamplona y poco más.
Con la tristeza del inesperado revés tuvo que volver a casa, siempre con la incertidumbre de un futuro que no se presentaba halagüeño, hasta que fue nombrado director de la Escuela de Algeciras, y eso lo motivó de nuevo al seguir en lo suyo y contar con una garantía económica. Y ahí sigue este personaje, que apenas se deja ver por las grandes ferias, con la excepción de San Isidro, San Fermín y la Semana Grande bilbaína, a las que acude a añorar las muchas tardes de gloria que vivió en esas
ciudades, en las que cuenta con una legión de amigos, que no dejan de abrazarlo y agasajarlo en sus visitas.

Son quizás las únicas ‘plazas’ donde comprendieron a este legendario rey, que merecía mejor suerte y más reconocimiento popular, pero como no era guapo, ni simpático… lo olvidaron.
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© 1996 Eurart, Servicios de Información de Valor
Añadido de Europa Artes Gráficas, S.A. y Tribuna
de Salamanca

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