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Carácter de Juan del Álamo, finura de Diego Silveti

Novillada muy desigual en todo del Marqués de Domecq. El torero de Ciudad Rodrigo no remata con la espada dos trasteos de poder, saber, querer y mucha emoción

Pamplona. 5 jul. (COLPISA, Barquerito)

  • Pamplona. 1ª de San Fermín. Un tercio de entrada. Nocturna. Ventoso, fresquito.Seis novillos de “Ganadería Marqués de Domecq” (Fernando Domecq López de Carrizosa). El quinto, sobrero. Cristián Escribano, de rosa palo y oro, silencio tras aviso en los dos. Juan del Álamo, de blanco y azabache, saludos y silencio tras un aviso. Diego Silveti, de verde manzana y oro, silencio en los dos.
Diego Silveti

Diego Silveti (foto Dianstía Silveti)

No salió propicia la novillada del Marqués de Domecq. O por falta de fuerza: se derrumbó el tercero, se rebrincó y apoyó en las manos sin brío el cuarto. O por falta de formalidad: irregular el aire de quinto y sexto, que se distraían como deslumbrados y no llegaron a fijarse ni meterse en los engaños.

Con su tranco mansote y mal cabalgado, el primero, corretón de salida, fue después de todo el de mejor juego. El segundo, muy de huirse, fue el único que, una vez sujeto, metió la cara y pareció emplearse. Hubo un toro en el limbo, un serio quinto que se estampanó de salida contra un burladero –galope desatado desde la puerta del toril al burladero justamente opuesto-, quedó lastimado y perdió la coordinación motora. Y por eso lo devolvieron.

Cuajo y remate fueron muy distintos: lindas las hechuras de un segundo castaño y engatillado, armónico; paletón, blancas las palas del colorado tercero; muy ofensivos por veletos cuarto y quinto; gacho el primero; seriecito el sexto. A dos puyazos por cabeza, empujando más o menos, pero sin irse ninguno. Ni pelear.

Eran debutantes en Pamplona los tres novilleros. Cristián Escribano, de la Escuela de Madrid; el salmantino Juan del Álamo, que es primero del escalafón; y el mexicano Diego Silveti, que en apenas estas tres semanas primeras de verano se ha presentado en Sevilla, Barcelona y ahora Pamplona. Escribano y Del Álamo rivalizaron en quites con el primer toro. Silveti, por libre, firmó con calidad toreo de capa a pies juntos del repertorio mexicano. Sin rematar un quite por gaoneras clásicas, pero precioso el apunte.

Escribano se fue de tiempo en una primera faena de apostar muy poco, de abrirse tanto que hasta se le metió por un hueco el novillo y lo prendió pero no hirió. Trabajo de acompañar, agarrotado, de apilar tandas. “Amontonado”. Al cuarto, la seria cara arriba siempre, lo manejó con oficio suficiente. Con la espada no pasó en ninguno de los turnos.

Del Álamo le hizo al segundo una faena de conocimientos y de expresión a la vez. De saber sujetar en los medios al toro que pretendió huirse, de obligarlo a base ganarle pasos, de templarse con él en muletazos de mano baja, de taparlo. La faena fue ganado intensidad y adeptos. Con todo en la mano, falló la espada: tres pinchazos, una entera en los blandos. Disposición, determinación, entrega, el corazón arrojado del torero de Ciudad Rodrigo. Novillero a la antigua manera. Por alto el arranque de faena con el quinto, al que midió mal las fuerzas, pues, venido arriba, el toro sacó insolente temperamento.

El viento, molesto enemigo durante toda la tarde-noche, no dejó a Juan poder con la mano abajo. Trabajo de gran carácter: a todo volumen el ataque de tubas, trompas y trompetas en un pasodoble frenético; a corazón abierto el torero, puesto por las dos manos, improvisando en molinetes, faroles, sin retroceder, todo seguido, cara a cara, cuerpo a cuerpo y hasta a cara de perro después de una cogida sin consecuencias. No templados ni los músicos ni Juan. Y una terrible estocada atravesada que asomaba más de dos palmos, necesitó el refrendo de tres ataques más y dejó sin premio la cosa.

Silveti: finura de alta escuela. La manera de estar y ponerse, su encaje de relajada firmeza, el juego de brazos, la voluntad seria de torear a cámara lenta, y tan despacio que estuvo a punto de costarle una cornada. Resignación cuando vio que el tercero, inválido, sólo hacía que perder las manos; inspiración y compás pese a que el brusco sexto no regalaba flores.

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