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Todos a hombros

Generoso reparto de orejas: tres Sergio Galán, dos Bohórquez, otras dos Pablo Hermoso, que pudo haber cortado cuatro. Y dos toros de excelente nota de Bohórquez

Pamplona, 6 jul. (COLPISA, Barquerito)

  • Pamplona. 2ª de San Fermín. Lleno. Seis toros despuntados para rejones de Fermín Bohórquez. El segundo, en tipo Murube, pero flacote, tuvo calidad y fijeza notables, y el palco lo premió con la vuelta al ruedo. No se percataron los mulilleros y no se dio la vuelta. El cuarto fue excelente. Muy pobre el primero, frágil el segundo, se afligió el quinto, resistió el sexto.
    Fermín Bohórquez, saludos y dos orejas. Pablo Hermoso de Mendoza, dos orejas y ovación. Sergio Galán, una oreja y dos orejas.

Foto de Eduardo Buxens

PRIMERO, el paseíllo. En línea recta y expeditiva, y, por tanto, geometría esencial de Pamplona. Luego, se acompañó con cálidas palmas ese galope de costado en tablas y cara al tendido que es rito de las corridas de rejones. No sólo el rito que abre el apetito. Como las carnes de mostrador de los asadores. O el perfume del pescado fresco en tascas de puerto de mar. O más que eso. La gente llegó a ponerse de pie. Tanto quieren a Pablo Hermoso en su tierra.

De Pablo y su gente fue en su día la idea de anunciar con visibles cartelas los nombres de los caballos de su cuadra, los caballos que torean, y al cabo del tiempo se han hecho familiares. Caballos de familia. Por el nombre los conocen. Chenel, cuya presencia provoca temblor de tierras, se empleó en clavadas de frente en los medios, en embroques al pitón contrario y en galopes a dos pistas resueltos con entradas y salidas tan ajustadas a tablas que parecían desafiar las leyes del espacio.

No fue, sin embargo, la tarde de Chenel. Sino la de otro caballo, un Ícaro de dorada pinta, como de viejo latón cobrizo. Y este Ícaro hizo no de todo sino lo que convino hacer: citar en los medios, aguantar de costado, meterse a golpe de cuello en el cuello del toro por el pitón contrario, templarse en cada ataque. Hermoso lo tuvo en la mano todo: el toro en juego, ese bello caballo que, no siendo el más famoso de la cuadra, es seguramente el que mejor torea. Torear es cosa de ritmo y esa faena de Hermoso con Ícaro y el toro Jubiloso de Bohórquez fue puro compás. Dos orejas.

¿Orejas? Siete. Las daban sin regatear. La dos de un cuarto de corrida de espléndido galope, como no galopa ahora mismo ningún encaste: las dos para Bohórquez de un toro de su propio hierro muerto súbitamente de media medular, terminal y descordadora; las dos más por plebiscito que méritos para Sergio Galán de un sexto que tuvo corto aliento pero nobleza excepcional; una para el mismo Galán de un tercero de impresionante porte y que, derrengado de cuartos traseros, tuvo estilo mayor. Y las dos se habría llevado Pablo del quinto si no se enreda con el rejón de muerte. Un quinto toro que llegó a rodar desparramado del todo y a amagar con afligirse, pero que respiró con infinita nobleza.

Pintaron calva la ocasión: Bohórquez toreó en los medios en banderillas al cuarto con pureza: despacio, clavando arriba y a estribo, salida en rodeo. Pablo encontró toro en todas partes y suertes. En faenas desiguales, Galán quiso siempre torear de caras y sin ventajas. La gente se sintió bien pagada.

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